A CORUÑA, LA CIUDAD FASCINADA

Por Alberto Barciela

“Incomparable luz de La Coruña, que es como si los ojos pudiesen tocar seda”.

(Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 22 de diciembre de 1911- Vigo, 28 de febrero de 1981) novelista, poeta, dramaturgo, periodista y gastrónomo, en “Maravillas de España”)

Cuando el avión se aproxima a Alvedro, parece que va a posarse sobre una postal. La geografía se admira sobre un tapiz verde quebrado por lindes de piedra o cemento disimulado. Casas aisladas, urbanizaciones, pequeños bosques de pinos, iglesias escoltadas por minúsculos cementerios tapiados. Todo aparece alineado por el contorno de una costa irregular, serpenteante, como las sinuosas carreteras. Aquí se perciben suaves oteros, allá fértiles huertas, un trasatlántico a los lejos nos aproxima los nuevos bárbaros, cargados de dólares. En la proa del gigante se intuyen un gran petrolero y un barco de pesca. A unos cientos de pies de altura la ciudad aparenta su estampa más cosmopolita. El escenario parece diseñado por un belenista napolitano. Se aterriza sobre belleza.

A La Coruña también se puede llegar por mar. Siguiendo la Memoria realizada en 1909 por el Puerto: “En el extremo noroeste de la península Ibérica forma la costa un gran chaflán que, como en casi todo el litoral de Galicia, se presenta escarpada, oscura y acantilada, por más que en las inmediaciones de tierra despide algunos bajos y restingas. Una vez situado el barco entre Hércules y Prior, puede navegar por las Yacentes y el Cabanés y llegar al punto del fondeadero. Si la mar está algo picada, lo que no sucederá más que en los días siguientes a aquellos en que hubo N.O. duro, la dirección más segura es poner la proa a enfilar el castillo de San Diego por el Este del de San Antón”. El de La Coruña, que llegó a contar con un Juez de Arribadas, es muelle de pesca, mercancías, pasajeros.

Yo llegué a La Coruña desde Redondela en ferrobús, el primer tren de mi vida. Durante años soñé desde un balcón de la Calle Real, número10, con haberme criado en el mundo visible de la ciudad que admiraba, de la que fue mi primera urbe: escaparates inaugurales; cine de estreno en el Colón o en el Coruña o en el Paris; teatro en el Rosalía de Castro; navidades con luces de colores; los regalos de la abuela, como la bicicleta Rabasa Derbi. Bastaba bajar unos escalones, cruzar el estanco del rellano, y uno accedía a un mundo de posibilidades casi ilimitadas, al menos a los ojos de un niño nacido ante los horizontes de la Playa de Arealonga en Chapela. La vida era eso, lo otro, lo que yo descubría desde el saliente del comedor de la pensión de la madre de mi padre, paralela al callejón del angosto Cine París. Leía, fascinado, los sugerentes letreros, los nombres de las tiendas, pequeños comercios, entidades financieras, y las guías que encontraba en los muebles del largo pasillo de mi residencia ocasional.

Me gustaba aquella atmósfera elegante de luz en las plazas, en las calles. Ahora, la evocación es traidora. Trabuca ubicaciones, mezcla vivencias e información leída, y supone la exacta expresión de un mundo ya fenecido: La Fábrica de Tabacos, la Plaza de Toros, los canarios, los troles, los taxis de gasógeno, los barcos de Ferrol, la antigua estación con sus maleteros. Los críos de barbería, los dependientes de almacenes de menudeo, los elegantes camareros del Lardhy, el escaparate de El Rápido, los repartidores de carbón, los serenos, el Hotel La Ferrocarrilana, el Gran Hotel, la Pensión Colón, el Cine Coruña, Almacenes Barros, la voz de Pucho Boedo en Los Claveles, el lejano glamour del Náutico, el Quiosco hoy en Sada, Bonilla a la Vista. En todo caso, evoco memoria colectiva, la que pervive afortunadamente aún lejos de San Amaro, destino final y ahora turístico. La vocación del recuerdo es emocional y traidora, pero uno se instala a gusto en ellos.

Aquella Coruña de mi infancia se customizó en la ciudad actual, moderna, vanguardista, cosmopolita. Como por ensalmo surgió como una segunda piel rejuvenecida, con paseos interminables, escaparates de las grandes boutiques del mundo, un Distrito Picasso. Brotó una urbe con vocación universal dispuesta a ser compartida en sus detalles, en sus secretos, en sus enigmas, en sus historias. Permanecen inalteradas las calles que se espejan en sus vidrieras, encaje de cristal, blanco y azul reflejado, el aire húmedo fragante a mar, los jardines verdes con su reloj de flores, los paseos amplios y sus viandantes despaciados, con su ritmo formal, elegantes, disfrutando un espacio hecho para vivir con la cadencia de las mareas sobre las abigarradas playas de Riazor y Orzán en verano, los temporales de invierno, el murmullo del viento, el ver pasar a los delfines y calderones, el volar la patiamarilla, la sombría y la reidora -nombres de las gaviotas que acuden en bullicio a las dársenas-.

Existe un ritmo peculiar del batir de las olas, un sonido de ida y vuelta, como si quisiese componer una sinfonía homérica, con el tejer y el destejer de una vida que se sabe resuelta y voluble a la vez. El mar, como la ciudad, es movimiento, agitado o sereno, vital siempre, de él se nutre la mejor despensa, el pescado más fresco; de él surgen, como del vientre de una ballena, miles de turistas transportados en lujosos trasatlánticos; de él vinieron las grandes tragedias casi elevables a Ópera dramática: Urquiola, Mar Egeo, Prestige; y hacia él se desplazó el vertedero de Bens, como reivindicando su propia Pompeya en O Portiño, en él se instala el Puerto Exterior. Es la sinfonía inacabada de una ciudad que supo reconvertir sus tragedias en oportunidad y hacer de un basurero un jardín tan admirable como las zonas verdes de las que disfruta en abundancia.

Mitológicamente fundada por Hércules, fue colonizada por Roma, visitada por suevos, visigodos, vikingos. Alfonso X concedió a la villa la exclusividad de desembarcar y vender la sal sin pagar gravámenes, lo cual se traduce en una gran prosperidad económica.

Durante el reinado de Enrique III, en los últimos años del siglo XIV, se construyeron las murallas que protegían el recinto de la Ciudad Vieja. Ya en el siglo XV, concretamente en 1446, Juan II otorgó a La Coruña el título de ciudad. Carlos I celebró Cortes en ella, estableció la Casa de Contratación de Indias para la especiería y partió desde su puerto para ser coronado emperador en Alemania. La capital sufrió la campaña de Francis Drake conocida como La Invencible Inglesa o La Contraarmada. Carlos III le concedió privilegios comerciales. Fue desde el siglo XIX bastión del liberalismo y más tarde del republicanismo. Escenario de una gran batalla napoleónica, la de Elviña (1808).

A finales del Siglo XVI el núcleo herculino contaba con 1.100 almas, 26 zapateros, 133 artesanos, 15 sastres y una empresa de cerería. Hoy, están censados 244.810 habitantes.

La urbe parece levantarse cada día lozana, fresca, dispuesta a envejecer en segundos toda su historia, lo que contribuye a hacerla real, ruidosa, mística, deseable. La ciudad se disimula para renacer consecuente con su pasado: “Muy noble y muy leal ciudad de La Coruña, cabeza, guarda, llave, fuerza y antemural del Reino de Galicia”.

La Coruña es un lugar al margen del mundo de las prisas, un mirador en el que otear y ser apreciados, una torre, un espacio con el que identificarse mientras se pasea en elegancia por los cantones o las plazas o los jardines o la Real y sus adyacentes, entre teatros, Palacio de la Ópera y de congresos, salas de exposiciones, Aquarium, y museos: Bellas Artes, Arqueológico, la Casa de las Ciencias con su Planetario, la Casa del Hombre, conocida como Domus, el Museo de Arte Contemporáneo, el de Arte Sacro, el Militar, Casa Museo María Pita, Casa Museo Picasso, la Fundación María José Jove, la Fundación Abanca o la Luis Seoane, Casa Museo Casares Quiroga, el Museo de los Relojes, el Museo de la electricidad, el Museo de Emilia Pardo Bazán, el Museo Nacional de Ciencia y Tecnología de España o el Castro de Elviña. Existe la permanente posibilidad de admirar y conocer, para luego detenerse en una terraza a leer un excelente periódico, lo que se ve favorecido por las temperaturas suaves que el clima ofrece todo el año. La Coruña guarda la mejor memoria del arte gallego y de la imagen, en el CGAI.

La Ciudad de Cristal es agradecida y celebra todos los días su suerte venerando a la Virgen del Rosario y en fiestas como las de María Pita o San Juan. Luz y magia. Fue urbe murada, ahora es un destino codiciado, abierto a sus visitantes, que se afirma inagotable en su condición de anfitriona galante, como si se tratase de una metrópoli salón, predispuesta a ofrecer todas sus comodidades a cuantos la habitan, con múltiples y acogedores espacios esplendorosos.

La ciudad es un lenguaje para cuya edificación cada ser humano ha aportado sus palabras, sus significados, su acento, bien en la subasta de la lonja o en el Teatro Colón o en el Rosalía de Castro, incluso dispuesta a gozar casi en secreto de su río Monelos, para mejor lucir.

París, diseñada por el Barón Haussmann, responde a la grandeur del Segundo Imperio. Nueva York es creación del multiculturalismo. El poder frente a la masa culta. El racionalismo frente al cambio perpetuo. La Coruña tiene algo de ambas -el edificio del Banco Pastor fue el más alto de España hasta 1929- y, además, la capital suma ingredientes de La Habana y de Buenos Aires y de Londres, sincretiza lo bueno de tanto vagar entre avatares de historias no siempre confesables, de armadas vencidas por sus propios miedos, de reales fábricas de cristal y sombreros y manteles y tabacos de humos apurados.

En la ciudad existe la calle Puerta de Aires, metáfora acorde a una urbe anclada y atenta sobre el Atlántico, al albur de las brisas, de las corrientes, de los tiempos, de las aceptadas novedades, istmo sobre el mar, refugio de ires y venires, del saber de la costa, surgencia de la luz romana y socorrida de un faro, el más antiguo del mundo, Patrimonio de la Humanidad, tan luminoso como las corrientes del valor, pensar y hacer de sus hijos más lúcidos: Fernando de Andrade, María Pita, Sinforiano López, Díaz Porlier, Emilia Pardo Bazán, Aureliano Linares Rivas, Casares Quiroga y su hija María, Salvador de Madariaga, Otero Besteiro, Pablo Picasso, Alfonso Molina, Pedro Barrié, Fernando Rey, Paco Vázquez, Amancio Ortega, Manuel Jove, Roberto Tojeiro, los Rivera, Santiago Rey, Juan Carlos Rodríguez Cebrián, Tino Fernández… Abelardo Mato, padre e hijo, José Collazo, Manuel Freijeiro, Chano Vidán, Carlos Arenas -cito entre otros, con orgullo, a algunos de mis mejores amigos-. En La Coruña los personajes parecen salir de un callejero ilustre, aunque la realidad sea exactamente la contraria, y sume a empresarios de trascendencia mundial y amor local. La lista sería interminable.

El mundo y la historia parecen zarandearse con el reflujo de olas coruñesas, en ellas sobrenadan europeísmo y moda, y la ciudad se ensimisma con su verdad, su pasado y su presente, se fascina de sí misma, y deja transitar la luz de la vida, de los flujos vanguardistas, a través de sus acristaladas vidrieras, para refinarlos mientras se salea, bebe una Estrella de Galicia, fuma un Farias o un Celtas, se peina en Loida o Zamuz y exhala fragancias de frescor.

Álvaro Cunqueiro tuvo en “Faro de Vigo” una sección de adivinación de resultados de fútbol mediante cartas de Tarot, la dejó porque le salió que el Deportivo estaba embarazado. El hijo de aquel incipiente club fue el Superdepor.

Es sede del Tribunal Superior de Justicia de Galicia, de la Delegación del Gobierno en esta Comunidad y de la Real Academia Gallega desde su fundación, cuenta con su propia Universidad y con una espectacular Torre de Control Marítimo.

Hoy, mi balcón de la Calle Real parece como desaparecido, apenas se insinúa entre evoluciones arquitectónicas. La ciudad permanece fascinada de sí misma, para orgullo de sus habitantes y el placer de los que allí, en donde el mundo dio en llamarse La Coruña, no pueden sentirse forasteros.

Me interesan las ciudades, sus puzzles de cotidianidad. Me agrada edificar historias laberínticas. Y sé que, en La Coruña, la piedra se suma a la frágil emoción del cristal, y ambos se relajan en el mar con sus mareas, embravecido o calmo, extasiado de admiración y luz, tejiendo la vida y el mundo. Que nadie quiebre nunca las vidrieras de una ciudad a la que yo también amo.

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