ARCO Y FLECHA

Por Alberto Barciela

Llegué a las conclusiones que les propongo una tarde en la que acudí a la exposición sobre la sugestiva figura de Lina Bo Bardi (Roma, 1914 – São Paulo 1992) quien, formada como arquitecta en la Italia de los años treinta, llegó a Brasil en 1946 junto a su marido, el crítico y coleccionista de arte Pietro María Bardi, formando parte de la gran ola migratoria europea de la posguerra.

Ese día, llovía en Madrid. Escogí para mis reflexiones la cafetería marrón de la Fundación Juan March. El local tiene vocación de taquilla elegante en sus formas. La barra alta permite a los ojos ampliar la perspectiva en un espejo alargado situado tras botellas de alcoholes viejos, entre luces educadas. Un lugar insospechado para seguir articulando esa entrevista infinita con uno mismo que permite la soledad. Un camarero clásico, insustancial por correcto, sospechoso de nada, y su compañera mesera, Dalia, de Santo Domingo, mayor de edad en España, en donde reside desde hace 18 años, permanecen en silencio, tras servirme un gin tonic desmedido, con ginebra suficiente para ahogarse en el cuadro espléndido de Joaquín Vaquero Turcios, una colosal obra de la antesala del centro de conferencias de la Fundación Juan March.

El valor del arte no siempre se subscribe por la relevancia de la trayectoria del artista, su verificación profesional, el reconocimiento de la crítica especializada, la adscripción a colecciones de reconocido prestigio -singularmente las de los grandes museos-, la realización de grandes exposiciones, la pertenencia a galerías de reconocido prestigio. Todo ello parece relegado al precio alcanzado por una determinada firma en una subasta internacional, como si la obra artística fuera mercancía vulgar.

Con la irrupción en el mercado internacional de las economías emergentes del sudeste asiático -hoy afectadas por el coronavirus-, las colecciones de las grandes fortunas sudamericanas, el avance de Rusia, e incluso de África, la creación de espacios expositivos franquiciados de Museos Internacionales, el auge del turismo y de la economía en general, con sus fondos de inversiones, las redes sociales, etc., con todo eso, digo, el mundo del arte se ha visto distorsionado en sus planteamientos tradicionales, haciendo crecer el negocio de manera exponencial. Desde que Rubens, a quien se cita como el primer pintor que estableció la venta a domicilio; o desde Vang Gogh, “hábil comerciante”; o desde Andy Warhol, un multiplicador de ideas, el mercado del arte ha cambiado para situarse en reclamos irracionales nacidos de sus precios, por los que alcanza relevancia, y que no representan exactamente la valía o significación histórica de las piezas.

La notoriedad es uno de los grandes dramas para la comunicación, el arte, la economía y la propia sociedad. Lo que antes era importante en relación a unos parámetros más o menos aceptados, ahora se ha convertido en apreciable simplemente porque se reconoce en mitad de tanta oferta. La experiencia museística es un buen paradigma: la masa dice haber contemplado el Louvre porque ha visitado la atestada sala de La Gioconda; o que ha disfrutado del Prado tras pasar dos minutos entre multitudes ante Las Meninas; o que disfrutó el Reina Sofía tras hacerse una foto furtiva con un Guernica colmado de curiosos. Una vez revistadas de alguna forma estas importantes y famosas obras, el turista inexperto obvia el disfrute de miles de creaciones muy relevantes o de exposiciones temporales únicas u ofertas maravillosas que no sean excesivamente publicitadas. El círculo vicioso se reitera como en una rotonda que parece no tener salida.

El mundo está atravesando una prolongada crisis, con connotaciones esencialmente económicas, pero con reflejos en aspectos más profundos: la cultura; la identidad; los esquemas centenarios, que se ven superados por nuevos planteamientos globales, en los que es muy fácil reconocerse en lo inmediato pero que resultan difíciles de asumir como modelo de vida local y casi imposibles de mantener monetariamente; etc. Todo está afectado: la persona, su identidad, los egos, la familia, los saberes tradicionales, la empresa, las creencias, los referentes, las ambiciones, la economía, la esperanza basada en la religión, los esquemas morales. Todo se produce a velocidad de vértigo, sin capacidad de asimilación, sin formación para el porvenir, sin demasiadas alternativas. Y también el arte pierde su valor esencial, que no es el económico. Nada encuadra en esta subasta de aparentes oportunidades vitales que resultan carecer de valor.

El encumbramiento mercantil de la creación es un hecho. La gente piensa en lo reconocible, en su precio, y deja de percibir la obra y su esencia. Los grandes museos hacen grandes esfuerzos por poner en valor sus colecciones, pero el público se queda con muy pocas referencias. Hay que incidir en un camino de propuestas inteligentes para que se disfrute a Goya o a Rubens fuera de los aniversarios, o para que se entienda a Picasso en su inspiración, en cada una de sus épocas, a través de los bocetos o de los dibujos que le llevaron a una determinada propuesta en óleo sobre lienzo. Hay que entender a unos en la rapidez de su trazo, a otros en sus pausadas pinceladas, aceptar el contraste de los blancos y negros, del claroscuro, la profundidad, la luz, el color, el punto de fuga, la circunstancia histórica de la obra, contextualizar al autor, y todo ello con el afán del disfrute, por entender en un golpe de vista que en cada creación hay un misterio que se nos intenta revelar para rebelar nuestros instintos artísticos, nuestro afán de belleza, nuestra felicidad momentánea, la inspiración vital. ARCO y flecha deben apuntar en la misma dirección si queremos alcanzar una serena plenitud.

(4) Comentarios

  1. Hay buenos artistas pero una gran mayoría de esos modernos son unos jetas chupacuartos con la complicidad de Arco y de las galerías que concurren a la feria.

  2. Todo lo que rodea al arte moderno es puro negocio comenzando por los supuestos artistas y siguiendo por los galeristas que cuelan sus mierdas en el mercado.

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