BAÑO DE HUMILDAD

 «No hay mal que por bien no venga».

Por J. J. García Pena

Los proverbios suelen ser sabiduría popular condensada. Si así fuese, la actual pandemia vírica una de las muchas que nos asolaron en el pasado y probablemente acechen a  nuestro porvenir, nos ofrece la oportunidad de asumir que el mundo dejó de ser «ancho y ajeno» para transformarse en estrecho y de todos. Sin dudas saldremos fortalecidos y un poco menos ignorantes de esta crisis,  verdaderamente global por primera vez.

Siempre lo hemos hecho. Desde antiguo nos acostumbramos a catalogar, falsamente,  a los grandes eventos como «mundiales». Al principio lo hicimos por ignorancia y luego por miopía ego y geocéntrica, cuando ya se sabía que muchos países, por suerte,  quedaban fuera de tal o cuál conflicto.

Así llamamos a algunos de ellos Guerras Mundiales y calificamos el desborde bíblico de los ríos Éufrates y Tigris como  «Diluvio Universal», cuando la colosal inundación afectó «solamente» al área de Mesopotamia. Claro está que, para los pobladores de entonces, la Mesopotamia  era todo «su» universo.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y la razón y el sentido común imponen otros criterios prácticos y  morales en nuestras modernas sociedades, cada vez más interconectadas y dependientes entre sí. 

Un nuevo pacto social,  basado en el respeto mutuo y una justicia de al menos ciertos ingresos mínimos asegurados,  se impone. De lo contrario, esta extraordinaria  sobreexposición  de bienes de consumo, a la que todos sin excepción estamos sometidos desde las pantallas, habrá de seguir alimentando un peligroso descontento en silencioso proceso de  crecimiento.

No es prudente agitar un trozo de carne frente a un león hambriento. Eso es, precisamente, lo que se está haciendo frente a millones de personas ajenas al festín de los más ricos.

Por ahora son brotes controlables, como toda enfermedad atajada a tiempo. Hemos avanzado. Y no poco. Ya no aceptamos, como una práctica moralizadora, el matar a pedradas a una mujer adúltera, como aconsejaban los viejos textos. Hoy abominamos de esa doctrina de tal suerte que, la mayoría, defenderíamos a cualquier  persona en trance de ser lapidada, aún a costa de  arriesgar nuestra propia integridad física en el intento.

 Los nuevos virus, si somos sensatos en nuestra apreciación,  nos dan la oportunidad de ser mejores personas, cuidando inteligente y amorosamente de los otros, del «prójimo, como de nosotros mismos», viejo anhelo aún incumplido.

Aprendamos con inteligente humildad. Antes,  los océanos, los ríos caudalosos, las cadenas montañosas, las distancias y los precarios – o inexistentes – medios de transporte masivo, oficiaban de «cortafuegos» naturales.

Así, durante milenios los indígenas americanos desconocieron la viruela, consecuencia mortal de uno de los tantos virus que la «civilización» puso a su alcance. Hoy, la multiplicidad de aviones y pasajeros, en viajes de ocio o de trabajo, hacen que un virus se propague con una velocidad desconocida hasta nuestros días.

Llegó el momento de comprender que los viejos límites de los mapas ya no nos defienden de los ejércitos más minúsculos del mundo. Así como la Gran Muralla china, o la desinflada Línea Maginot, sucumbieron víctimas de nuevas invenciones tecnológicas, también queda demostrado lo vulnerables que somos frente a organismos que ni siquiera podemos ver.

 Un invisible enemigo en común al que solo derrotaremos -o al menos mantendremos a raya-juntando la fuerza e inteligencia de todos los humanos.

No hay región, país, reinado, ni clase social que escape al influjo maligno de la enfermedad y la muerte contenida en el nanocorpúsculo de cualquier virus, fuese natural o de laboratorio. Tal vez estas neocrisis sanitarias, burladas todas las fronteras nacionales por un enemigo minúsculo y asesino,  tengan la virtud de revelarnos cuán vulnerables somos individualmente,  pero invencibles si nos unimos.

 Es probable que, si somos dignos de sobrevivir,  traigan consigo  la inaudita oportunidad de eliminar, también por primera vez, la pobreza extrema en el planeta.

Un día aún impensado, quemaremos  todas las banderas y alzaremos una nunca vista, que nos represente a todos los humanos. Ya aprendimos que no somos tan grandes como nos creíamos. Ya comprobamos que seguimos siendo tan frágiles como en Altamira. Ya aprendimos que lo que  no nos mata, nos apalea y el sufrimiento  nos hace parecer más fuertes.

Por lo demás, ¡ánimo! que, como todo en la vida, nada – ni siquiera el coronavirus- es para siempre.

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