BENIGNO Y LOS MITOS ERÓTICOS DE MIS 20

En el Ourense de mis años veinte, dos grandes mitos eróticos se pavoneaban por el Paseo: Vero Arce –dos pupitres de Instituto más arriba, en el lado de las Lolitas-; y la Viuda de Benigno, que por él –industrial de esta plaza-  y no por ella,  se le conocía a Marcela Ledo –de profesión sus labores-, “gente poco fina”,  que decían mis religiosas tías Rosita y Maruja.

Nunca paseaban juntas, recuerdo, pero se cruzaban y miraban a la altura del Miño donde yo acostumbraba a conversar con Julio Losada sobre la patria gallega y su futuro independiente. Y no sabría decirte cual de las dos era más bella…

Mi amigo Pepe Núñez y yo, que entonces le llamábamos joven a las noches de radio en “La Voz del Miño”, siempre teníamos la misma discusión…

 — Vero… Yo me quedo con Verónica.

La sentencia era de Pepe que,  te lo puedo jurar,  es un verdadero experto en belleza femenina… ¡Hasta fue jurado de Miss Galicia!

Pero para mí, quizás por el morbo de ser viuda a los veintiuno, me tenía encandilado Marcela, aunque para mis piadosas tías tenía fama de “haber traicionado a su marido, en vida, con muchos jóvenes… y ahora ejercía todas las noches de viuda alegre”.

Benigno Sousa era un buen hombre. Las “marías” del Parque de San Lázaro lo despellejaban a su paso, todas las tardes, como si hubiesen agotado todos los temas del día…

— Es un paleto que bajó de la montaña…

— Dicen que el origen de su fortuna no está claro…

— ¡Mira que casarse con una chiquilla!

Ya sabes que en la Galicia tradicional se le decía “pecadora y mala mujer” a la joven que se casaba con un hombre viejo; aunque lo de las “marías” –más viejas aún, feas y solteras- era, creo yo, pura envidia que despertaba la belleza incitante de Marcela y por el halo de aventurero que desprendía Benigno, de buen ver a sus sesenta confesados.

Efectivamente Benigno Sousa era de la montaña, de Manzaneda, que además de estación de esquí es pueblo al que hay que ir a propósito; y por eso solo vas, si vas, una vez en la vida.

A los dieciocho o quizá menos, se marchó a las Américas, como se decía entonces; porque ninguno de aquellos emigrantes de los cuarenta distinguía un país de otro,  sino que se iban al mismo lugar al que habían emigrado antes otros jóvenes de su pueblo.

Lo cierto es que a Benigno le tocó en suerte trabajar durísimo en el Brasil de la Amazonía, tras una muy corta estancia pasando hambre en las calles de Río de Janeiro, que las cosas no resultan tan fáciles, sobre todo si ignoras lo más elemental que debes de saber en la vida, como por ejemplo leer y escribir.

Trabajó de leñador como el cabrón que decían terminó siendo. De leñador pasó a capataz. Y de capataz a maderero, oficio al que ya aspiraba cuando llevaba las cabras a pastar en las estribaciones de la Cabeza Grande…

—- Aquí poderíanse plantar millóns de piñeiros…

Se lo decía a sí mismo de niño y lo refrendaba de viejo cuando le preguntaba al joven Nazario Villalba, el montañero, si habían crecido pinos en Manzaneda; a lo que Nazario siempre le contestaba:

—- Non Benigno, en Manzaneda creceron apartamentos…

Benigno aprendió a leer, pero sobre todo a sumar. Hizo media fortuna con la madera de la selva y otra media con los comestibles,  en la ciudad de Bahía. Y la culminó en Galicia con “Ultramarinos al por Mayor”, en la nueva capital de entonces, la que crecía desde la Avenida de La Habana hasta la Lonia, donde se ubica hoy el lujo universitario del que presumimos –no sé para qué- los ourensanos.

Su boda fue como la de un indiano. En la radio dijimos que:

“El “Pingallo” sirvió “seis platos de marisco traído de Vigo,  uno de merluza del pincho, otro de carne de Trives… y hasta seis postres diferentes, además de la tarta nupcial, vino como si fuera agua de la fuente, cafés, copas y puro. Y dicho banquete fue amenizado por la muy renombrada orquesta Continental de los Hermanos Cudeiro…”

A los dos años fallecía “de repente” Benigno Sousa y nacía la leyenda de Marcela Ledo, libre, joven, rica y bellísima

Aquella noche, una de las cantantes del “Auria” puso enfermo a Pepe Núñez y “La Noche es Joven” fue de lo más romántico, para mí… Abrí los teléfonos para complacer a los oyentes con su música… Se acaba de estrenar “El Graduado” y Simon and Garfunkel comenzaban a estar de moda…

—- Buenas noches, ¿Cómo te llamas?

—- Marcela…

—- ¿Y qué haces despierta a estas horas?

—- Esperar por ti… Quiero saber si la voz se corresponde con el cuerpo de hombre que imagino…

—- Mas o menos…

—- ¿Me podrías poner “Missis Robinson”?

—- Eso está hecho…

Aquella conversación terminó entre sábanas de seda, con su boca recorriendo por primera vez todo mi cuerpo y causando torbellinos de infinito placer…  Pero nunca más vi al desnudo la maravillosa beldad de la joven Marcela, a la que el cáncer puto se llevaría un año y pico más tarde al espacio… cuando mi voz ya sonaba a través de la Radio Popular de San Sebastián, por las mañanas.

Aquella vez,  sonó en su honor “The sound off silence”, ya sabes, la  de Simon and Garfunkel

(4) Comentarios

  1. Un relato bien contado de unos tiempos en los que seguramente todo tenía su secreto y su cotilleo. Las canciones de hoy ya no provocan.

  2. Ya me acuerdo yo de aquellos tiempos y de las miraditas pícaras de los chicos en la calle del Paseo… Era una de vuestras oyentes, me acuerdo perfectamente de «la noche es joven» y los vaciles que metíais… ¡Qué jóvenes éramos!

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