BICHICOMES

¿Qué fue de nuestros niños, allende el mar?

Por J.J. García Pena

Apenas descendí del barco, en Montevideo, me rodearon sensaciones visuales, olfativas y auditivas desconocidas. Bichicome y Vintén fueron dos de las primeras en impactarme el oído. Pronto se incorporarían, junto con otras y sin pedirme permiso, a mi bagaje lexical.

El aspecto de los escasos  destinatarios del neo epíteto “Bichicome”, pronunciado con notorio desprecio, unido a mi total ignorancia del medio en que se pronunciaba, me hizo suponer que, el tal, “comía bichos”.

Ni pulpos “a féira”, ni “minchas”, ni centollas: bichos. Una repugnancia.

A veces  lo apocopaban en Bichi o Pichi.  Pero en la España que perdí,  un Pichi era una especie de carilindo, un fatuo, un cautivador de mujeres, un “chulo que castiga” y que bailaba chotis verbeneros.      

—- Hummm…

Pichi no cuadraba con el personaje desaliñado y sucio que oficiaba de bruto, arrastrando un carro con el porte de un deslucido trapero borracho… Debería tener otro significado eso de  “Bichicome”.

¡Qué extraño hablaban en Uruguay, en donde a los playeros de toda la vida le llamaban “championes”, a las chaquetas sacos, al parchís ludo,  al alcanfor naftalina y a la bencina Disán!  (Contracción de Dis.olvente An.cap, que, a su vez, está conformada por las iniciales de A.dministración N.acional de C.ombustibles, A.lcohol y P.ortland., a su vez, Portland. es el nombre genérico de todo cemento en polvo  usado en la argamasa de construcción, nombre que, a su vez, proviene de…)

—- ¡Anda la osa!   ¡Qué raro habláis los uruguaios ! –

—- Vó, gayego gil, desís que nosotros hablamos raro… ¿Y vos por qué repetís ,como un tarado, esa pavada de ¡Anda la osa! cada dos por tres?

Tenía razón. El que debía adaptarse era yo. Él estaba en su casa.

Quizás más adelante podría  interesarlo sobre mi tierra. Y así sería.

Preguntón hasta la irritación ajena, importuné a todo cristiano que me parecía que  podría explicarme, desde la raíz,  lo de Bichicome.

A los tres días de llegado me enteré que algo habían tenido que ver, en su origen, los “caminantes o  rastrilladores de playas” de principios del siglo XX que, terminada la temporada estival, “peinaban”  las doradas arenas orientales  en busca de objetos perdidos por los descuidados veraneantes. 

Recordemos que los bañistas del naciente siglo con frecuencia bajaban  a las playas vestidos de calle con trajes, sombreros Panamá, corbata, gemelos, anillos, pendientes, camafeos, collares  y relojes de bolsillo, lujosas pitilleras y  bastones de paseo con empuñadura de plata y marfil.  Y dinero.

La influencia inglesa, instalada en el Plata de la mano de la industria frigorífica, productora del mundialmente famoso Corned Beef, de la red de agua Montevideo Waterworks Co., y de las importaciones de ultramarinos británicos de todo tipo, ya imprescindibles ya suntuarios, iba imponiendo su lenguaje en distintos ámbitos sociales, desde los “caddies” de golf hasta en la terminología práctica y diaria.

La salita hogareña  se convirtió en living, el retrete en water y el vestíbulo en hall. El francés, cultivado solo por las clases altas, se rindió ante el avance del idioma inglés

Y así como las chabolas o grupos de ranchos infames, por arte de la ironía popular, darían en llamarse Cantegriles, los vagabundos costeros o hurgadores de playas y, por natural extensión, otros menesterosos callejeros, fueron rotulados como Beach Combers.  De ahí, a terminar en Bichicomes, fue cosa de un pestañeo.

Enigma lingüístico resuelto.

No así las causas y los efectos del creciente aumento de los estigmatizados por dicho término, males duraderos hasta hoy.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *