BOCAS DE SANGRE

Es una villa en la que siempre me siento a gusto, cargada de historia, magia y leyendas medievales que engrandecen su paisaje de ría y de río. Me refiero a Pontedeume, donde los condes de Andrade recrearon su señorío para dejarnos escritas páginas de sangre, sudor y lágrimas… aunque a alguno de ellos le debamos haber sido los constructores del más largo puente medieval de la vieja Iberia.

Una de las historias que me contaron en la Torre donde moraron los condes fue la que se conoce como “las bocas de sangre”, que transcurre en un lugar perdido entre la maleza y las zarzas, cerca de la carretera que actualmente nos lleva hasta Ares.

En realidad se trata de unos grandes agujeros que se asemejan a los viejos pozos de agua. Algunos aún creen escuchar en ellos voces del pasado que pronuncian frases ininteligibles y que más bien parecen meigallos salidos de las profundidades de la tierra.

Todo viene de una vieja leyenda que contaban ya los ciegos de los cantares, de feria en feria, en la Galicia profunda de finales del siglo XIX, aunque la trama sucede en tiempos de Fernán Pérez de Andrade el malo. Refiere como el mozo Fortún entró en desgracia… después de haber sido uno de los servidores predilectos del conde, al que acompañaba siempre en la cacería y en la guerra. Por aquel entonces era un hombre felizmente casado con mujer bella y hacendosa,  que se decía en la época, últimos años del siglo IV.

Fue muy dichoso hasta que entró en su vida Fernán Pérez de Souto, un hidalgo primo del señor de Andrade al que la esposa de Fortún, la hermosa Dosinda, le contagió el llamado mal de amores. El hidalgo la conquistó con su grandilocuencia, sus modales  y un sinfín de regalos que ella aceptaba complacida.

Fortún ignoraba la infidelidad hasta que una buena meiga de Ares le preguntó…

—- ¿Te has fijado en las ropas que viste tu mujer y en las joyas que luce?

—- Es que mi mujer es muy ahorradora y yo le entrego todo…

—- No, Fortún. Tu mujer le hace compañía a un hidalgo cuando tú estás fuera de casa. De ahí su ropa fina y sus alhajas.

El buen mozo, tan desolado como indignado, decidió sorprender a los amantes y así ocurrió un amanecer de mayo. Fortún bien vio como Fernán Pérez salía de su casa ocultándose con la capa y no lo dudó: hundió su daga hasta veinte veces en todas las partes sensibles de su cuerpo, dejando tirado al hidalgo en medio de un gran charco de sangre…

Luego llamó a la puerta de su casa que abrió una sorprendida mujer…

—- ¿Y tú? ¿No estabas en Vilalba?

—- ¡Me quedé para castigarte como a tu amigo, ramera!

—- ¡Perdóname Fortún; por lo mucho que me quieres… perdóname!

Pero no hubo perdón y a la súplica respondió el ofendido con una sola puñalada directa al corazón.

Luego cargó los cuerpos sin vida de los amantes y se fue hasta aquella colina que bien conocía,  donde había unos extraños y profundos pozos. Allí arrojó los dos cadáveres y en la misma montura se echó al monte por donde se perdió sin dejar rastro.

Entre Pontedeume y Ares… y también en el Castillo y en la Torre del señor de Andrade… nadie podía creerse la desaparición del hidalgo don Fernán, de Fortún y de su mujer. Hasta que un buen día…

Fernán Pérez de Andrade salió de cacería y tras haber abatido a dos jabalíes se encontró a sus dos sobrinos, a las orillas del Eume, uno muerto y el otro malherido, balbuceante, sin que apenas se le entendiera lo que quería decir.

El señor de todas aquellas tierras pegó la oreja a su boca y pudo escuchar…

—- Fue Fortún… ¡Vive! No dejará descendientes de mi padre…

Los nobles como Fernán Pérez de Andrade “el malo” tienen poco de tales y no perdonan a sus enemigos. Organizó una patrulla por los bosques que había hasta Mugardos y Fene para dar caza a Fortún, pero cuando casi lo tenía… desapareció como un fantasma.

Ocurrió que viéndose preso Fortún se arrojó a uno de aquellos pozos, cerca del que yacían los cadáveres de Fernán Pérez y de su prostituida esposa.

Murió al llegar al fondo y en el acto, mucho antes de comprobar si su alma se elevaba hacia la boca de luz de las alturas o se perdiera tierra adentro, por el camino del infierno. Pero de su boca continuaron saliendo palabras ininteligibles para los humanos seres que bautizaron aquel lugar como “las bocas de sangre”.

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