CAMILO JOSÉ CELA, EL QUE RESISTE GANA

Por Alberto Barciela 

A los Guillén, bajo las camelias de Iria Flavia.

Le conocí en alguna tarde de tertulia, en la sede de la Fundación, tras abrirse una media puerta preventiva, después de preguntar por la señora y advertírsenos que allí no había ninguna señora. En tanto Marina, siempre atenta, oteaba ya detrás del criado la presencia de Emma Caneiro, Casilda y la mía. Entonces me acordé de que ya nos habíamos encontrado, sentados sobre banquetas bajas de madera de boj, en Raxoi, en San Marcos, en el Hostal, departiendo con Fraga, Casares y Beotas, charlando sin censuras de la vida, de Duartes y de colmenas – pobladas ahora de velutinas-, quizás celebrando con el millón de pesetas de la dotación del Premio Gallego del Año, del genial y generoso y amigo Feliciano Barrera, aceptado por la periodista-compañera- esposa, no por el escritor, o en la Televisión de Galicia.

 Desde entonces, nunca he sabido con certeza en dónde se encuentra Cela. Quizás se atine en un anaquel distante, en forma de libro; o en la memoria, tacada de inmundicias envidiosas; o haciendo sonar la porcelana de su compilación de bacinillas. Quizá emerja para celebrar la Pascua; o lo haga, sentado bajo un castaño, para tertuliar con su abuelo en torno a la biografía reconciliar con su hijo Camilo José y el amor de Rosario Conde, de los Trulock, los Bertorini, los Lafayette.

Las cosas han de ponerse en su sitio, ya sin un Miró roto en litigio, pieza simbólica de herencias malpensadas, y sin rencor alguno de por medio. Habrán de retornar a la calma, por méritos propios y como reconocimiento fiel a la memoria de una familia de trayectorias inmensas y de amores documentados.

Camilo se explayó en emociones, en siestas de bragueta bien abierta, pero nunca en llantos. Varó cual ballena desorientada por el amor y la necesidad emocional en Marina. Lo hizo durante la travesía definitiva por los placeres acompañados, en la hora santa, la de la siesta, la de reposar digestiones y pedear efluvios propios de excesos en el Chef Rivera, en Ramallo en Rois, o en Casa Castaño, en Pontecesures, o en Casa Vilas de Santiago, quizás acompañados de los Reyes de España o de José Manuel Rey y Fátima Otero. Él era inmenso en inocencias propias de un malcriado genial, salvo en la buena mesa.

He llegado a pensar que Cela es un exabrupto versal, un algo de café con achicoria, pero sin Valle, un poeta reconvertido en novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferencista, coleccionista. Fue un Nobel de la Balcells, doña Carmen, unido en la RAE en un esfumado parentesco a lo etéreo de todos los académicos reconocidos por otros académicos. Príncipe de Asturias. Rey atávico de Flavia, Marqués con Pedrón sobre pimientos en el escudo, y aguante. Siempre un pasajero de la Sarita, en un permanente recorrido al mérito eminente de los Trulock, entre Santiago y Carril, recorrido inaugural de un tren gallego hacia la playa, o hacia los viaductos de Redondela.

Cuando murió Cela, el hombre, la Creación se quedó mucho más huérfana. Los panteones en tierra ensancharon el insaciable orgullo de sus conquistas, paulatinas, inevitables. Miles de personajes se quedaron ausentes de su paridor sin cesárea. Cela no dio a luz, se hizo aguas, se desbarató sin descanso de sus palabras, a mano y con dolor, y las hizo gritar ya para siempre desde el papel, en la historia de la gran literatura, del gran periodismo, de las grandes misivas. Entonces, los seres lúcidos ganaron la memoria de un grande. En España, de lo que mejor se escribe es de los muertos, y de los que mejor se habla. Bajo el olivo, su lápida pétrea en Adina, herida de letras, de flores marchitas y de algún desprecio receloso, quizás aspire a reconventirse en mesa del café de doña Rosa, “tropezando a los clientes con su enorme trasero”, entre decires que ya serán más pobres sin la miel del saber expresar un bagaje de hombría que se supo sabia, intolerante, divertida, y que se aceptó senatorial y aristocrática en un cartero honorífico, viajado por la Alcarria, escritor también de artículos en la lengua de Pondal, Curros o Castelao para el El Correo Gallego. Era también su lengua, una extensión nada mansa de las aguas desbocantes en Arousa, su ría, como una lamprea embelesada de tanto saber y tanto poder contar en sus propias lenguas, la española y la gallega, en exabruptos elegantes de aquel a quien le hes permitido decir ex catedra honorífica.

Cela vocifera aún bajo tierra, como se desgañita su amigo Picasso desde el Guernica. Por siempre, para siempre, con estilo genuino. Braman en versales.

Con Camilo, con el ser humano, murió un poco lo español que fue gallego, o lo gallego que amó a España. Le repicaron las campanas de Iria Flavia, para las que no dio el duro que no tenía, en la colecta para su restauración. Se cabreó el pueblo, pero el escritor pagó su tributo a Padrón con un legado inmenso, inmarcesible, el de un Nobel que fue noble, incómodo, gallego y español, y real. Se ganó un espacio en la eternidad de la tierra que le vio nacer, a escasos trescientos metros la cuna de la sepultura.

Hay que reclamarle a Darío Villanueva, tan herido de Academias y de letras, que proponga incorporar al diccionario de la RAE ampliaciones de esperanza, memoria y reencuentro en Cela. Como si el ser humano fuese un lugar.

Él, el escritor, tenía razón, “la muerte es una amarga pirueta de la que no guardan recuerdo los muertos, sino los vivos”. Se fue en el lecho que le ofreció su gran amigo Pedro Guillén, en la Clínica Centro de Madrid, a un paso de su Puerta de Hierro residencial. La eminencia de la medicina, también amigo del escritor y de Sixto Seco. Pedro es legatario de algo más que memorias de dos seres bós e xenerosos, a los que les homenajea en cada recuerdo.

Hace unos días visité con la familia Guillén el cementerio de Iria Flavia  y la casa de Rosalía. El día lloraba lentamente sobre nosotros. Agua pura como la de Archena, en donde nacieron, para celebrar a tres hermanos, Pedro, Gregorio y Paco, y a sus encantadoras esposas, Pilar, Loli, María, en sus Bodas de Oro matrimoniales. Las celebramos con José Manuel Vázquez Álvarez, el orensano Casiano, y su esposa, en la Fiesta del Marisco de O Grove. Nos curamos en salud, brindando por la amistad y los recuerdos entrañables que esa enfermedad sin cura, la emocional, provoca.

“…Por Cornualles, Bretaña y Galicia pasa un camino sembrado de cruces de piedra y pepitas de oro”. Camilo camina por las páginas de las hemerotecas, permanece en las paredes del Chef Riviera, compitiendo por las paredes con los fabulosos Quintana Martelo, Souto, Sucasas, Jorge Castillo, propiedad de ese maestro de los fogones que es José Antonio Rivera Casal. Lo narra como nadie Guillermo Campos, esencia de la crítica gastronómica gallega, cada 28 de diciembre en el Xantar Cunqueirán, ante José María Fonseca, Paco Bobadilla, Xosé Ramón Pousa, Cándido Pazos, y tantos otros gastrónomos. Quizás haya que pensar en celebrar otro xantarde Cela, porque la vida hay que celebrarla, como bien apuntaba el Nobel.

Yo haré que mi ahijado Antonio, lea a Camilo José Cela con devoción. Lo haremos un domingo, al abrigo de la cocina de leña de sus abuelos, Pilar y Antonio, los Agrasar -que apellido tan apropiado- en Vista Alegre, a un paso de la casa de Rosalía de Castro, a dos de Iria Flavia, donde hace ahora poco más de cien años nació CJC y en donde reposa su cuerpo. Allí nace su recuerdo universal y eterno, pero también su incomprensión humana y fundacional.

Padrón, con su luz yodada, se inscribe en la Historia con la tierra de las corredoiras, el agua cantarina de sus ríos, el refulgir de sus mentes privilegiadas para contar o cantar episodios de la gran Galicia, en la misma vera del Camino Portugués a Santiago, el que recorrió el cuerpo del Apóstol hasta Compostela, al lado del que vivió Rosalía, donde nacieron o residieron Macías El Enamorado, Juan Rodríguez de Padrón, los Baltar, los Roa, los Castaño, los Quintá, los Cortizo, los Agrasar, los Rios, los Cajaraville y tantos otros seres admirables.

Y por aquí y por ahí y volando sobre esta feraz y mansa y civil vega de Iria Flavia, entre mis dos ríos, el verde y hondo Ulla y el rumoroso y a las veces enloquecido Sar, quedará flotando mi alma de gallego errante”. Son tus palabras, admirado Camilo José. Al final, tenías razón: “El que resiste gana”.

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