CANTEGRILES, “CHUECOS” Y PUNTA DEL DIABLO

Por J.J. García Pena

Cantegriles: nombre genérico e irónico dado en Uruguay a los asentamientos mugrosos, al estilo de la chabolas españolas, las villasmiserias argentinas, o las favelas brasileras. 

La ironía resulta de contraponer, a la miseria más denigrante,  el elegante nombre original de Cantegrill que se les daba a los barrios residenciales de Punta del Este allá por los años 40-50, cuando ambos fenómenos sociales brotaban simultáneamente de un misma madre desnaturalizada, que sobrealimentaba a uno en detrimento de su otro mellizo.

El “Chueco” Maciel brotó entre la mugre del “Cante” y en ella murió. Su trágico y corto periplo delictivo fue aprovechado por Daniel Viglietti para dar vida falsa a un luchador social que nunca fue. La intención de Daniel era darles a los “cantegrileros un lábaro, un símbolo reconocible y cercano en el cuál verse reflejados a la hora de salir a luchar por acabar con su destino de marginalidad perpetua.

Los cantegriles no han dejado de crecer. Doy fe de que así es en Uruguay, pero sospecho que el asco se replica  en toda Suda América

Nadie los definió, sintéticamente, mejor que el gran chileno Pablo Neruda:  

—- La cochinada gris de los suburbios.

Oficialmente se les denomina asentamientos. Pero todo uruguayo sabe cuánta mierda se oculta tras las palabras oficiales.

Es difícil precisar el momento histórico del nacimiento de tales horrendos pueblos, pero lo cierto es que se formaron con la diáspora de los peones rurales escapados del hambre del mismo  campo en que se engordaban reses y enflaquecían niños. 

Creyeron que, avecinándose a las pocas grandes urbes, se dignificarían sus vidas.   Algunos lo consiguieron. Sin embargo, la mayoría no halló sino desprecio y debieron conformarse con “asentarse” en las orillas de los arroyos y cañadas que cruzan Montevideo. El resto es imaginable y sabido.

Acuso de su desgracia a todos, sin excepción  a todos,  los gobiernos habidos desde 1907 hasta 2018.

Algunos, unos pocos de esos desheredados, en vez de rumbear para las “orillas” de las ciudades, “emigraron ”  hacia las orillas Atlánticas, pero Punta del Este, ¡ay!, ya estaba tomada. Eran los años 30.

Siguieron por la costa con sus carretas, bueyes  y caballos buscando dónde asentar sus famélicos esqueletos. Encontraron un desolado  roquedal azotado por los vientos. Se  “asentaron”,  transformando sus carretas en botes y se dedicaron a “cazar cazón”. 

Los hombres a pescar tiburones para convertirlos en algo así como un sucedáneo del bacalao y las mujeres a vender los esqueletos barnizados y collares de caracolas a los incipientes turistas. 

Por suerte, para el pobre siempre hay quien le compra  lo inútil para él poder comprar pan.

El gaucho ahora era marinero. Seguía siendo pobre como su padre y abuelo, es cierto,  pero recuperó la dignidad que el cacique o caudillo local le había usurpado cuando  arreaban a aquellos como carne de cañón para sus guerras personales, prometiéndoles “patria e igualdad”, para ellos y sus hijos, les decían. 

Se hizo cierto lo prometido: “para ellos y sus hijos”.  ¡Ellos y los hijos de ellos, los caciques, claro!

Mucho después, el ventoso roquedal de aquellos “paisanos” metidos a pescadores, figuraría en las Guías  como atracción turística: Punta del Diablo.  Uno de los pocos  asentamientos uruguayos  dignificados por la esforzada actividad humana. Y estos pocos son todos, frente al mar. Lo que el campo y los caudillos les negaran, la mar les daba la oportunidad de ganar si lograban vencer su duro brazo, en pulseada diaria y desigual. 

La mar es traicionera y suele hacer trampas cuando menos lo esperás.

Va un tema que canta la realidad que cuento yo, que no sé cantar.

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