CASTRELO DO VAL, NATURALMENTE.

           Existe una policromía invernal. La provocan los ríos que descienden rápidos de la montaña  para procurar el bosque encantado al que llamamos O Invernadeiro. A él se llega desde Campobecerros, un lugar que yo defino como la puerta que conduce al espacio de libertad más próximo al paraíso.

           Así es. Cuando llegas por primera vez al territorio de Castrelo do Val, en el oriente de Ourense,  te das cuenta de que la fantasía natural existe y que, además, te permite descubrir la magia que esconde el paisaje del éxtasis.

           A medida que caminas entre la frondosidad de los árboles aparecen esos lugares secretos habitados por gnomos, hadas y druidas, con los que juega, bañándose en la poza cristalina, alguna meiga loca de pasión.

           Ya se sabe que en los días finales del invierno estos bosques recomponen sus formas para ensalzar un paisaje único: árboles autóctonos trepando laderas; valles profundos sobre rocas enquistadas por la erosión del agua; y un poco más allá, la cumbre de los antiguos glaciares y las fervenzas que saltan libremente buscando, desde el precipicio,  el destino final en el río Cenza

        O Invernadoiro

        Esta tierra de Castrelo do Val te invita también a recuperar la histórica memoria de sus viejos oficios, especialmente los de “carrileiro” y “carboeiro”, que hay un antiguo cantar que dice:

        —- “Los de Campobecerros, pueblo de mucha ilusión, por trabajar en la vía, dejaron de hacer carbón”.

      Castrelo do Val  conserva el recuerdo de los carrileiros, a los que incluso ha erigido un monumento y a los que rinde homenaje en una fiesta que se celebra cada mes de agosto.

      Y mantiene viva la Ruta dos Carboeiros, un itinerario cultural de 17 kilómetros por los caminos que usaban los que transportaban el carbón. Es de gran riqueza paisajística, entre la montaña y el valle.

       Si la sigues alguna vez verás cómo trabaja el viejo molino de Nocedo y conocerás los hornos tradicionales de Castrelo y Servoi.

      También te resultará agradable beber agua fresca de sus fuentes, contemplar curiosos petos de ánimas como el de Gondulfes y comprobar, como en el siglo XVIII, había ya ilustres canteros en Galicia, capaces de crear tan hermosas obras como el Cruceiro de Pepín.                                                

                      

      Cruceiro de Pepín e iglesia de Nocedo                                                    

      Apenas quedan indicios históricos de los primeros pobladores de estas tierras, aunque en el lugar de Casteliños, en la parroquia de Cabanca, los historiadores sitúan un castro que en la actualidad resulta inapreciable.

      Algunos estudiosos hablan también de la presencia romana y sitúan al pié del río Camba una antigua calzada, concretamente en el camino medieval que unía A Gudiña con Laza, a través de lo que se conoce como Serra Seca.

       Aquí, en Portocamba,  en los lugares de Cavatorios y Mourueiras, existen indicios de antiguas explotaciones mineras que unos atribuyen los romanos y otros a los árabes, aunque es posible que estas minas se debieran al trabajo de antiguos monjes.

       Sin embargo, sí está documentada la Vía de la Plata, que atraviesa el municipio: una vez más, el Camino de Santiago vuelve a ofrecernos muestras de la importancia que ha tenido en Galicia la religión,  como prueba  la abundancia de iglesias de gran valor arquitectónico.

       Castrelo do Val tiene dos bellas muestras del románico: la iglesia de Servoi –en donde se ubicó también un monasterio- y la de Nocedo, una parroquia que merece la pena visitar, además, por la belleza de su casco antiguo y su fuente, de alto valor etnográfico.

               De la montaña al valle, el tiempo se detuvo.

       En algunos de sus dieciséis núcleos de población, sin embargo, se detuvo el tiempo. Es como si el punto de mira de sus habitantes siguiera puesto en Argentina o en Cuba, a donde emigraron muchas de los aquí nacidos; habitantes, hace más de medio siglo, de estos pueblos bonitos, bañados también los ríos Támega y Camba.

      Quizá aún sigan ahí, en tus Américas, aquellas buenas gentes. O quizá vivan en Alemania, Holanda o Suiza, que también por el centro de Europa se escuchan a menudo los acentos de Castrelo do Val.

      Aquí queda un millar y medio de amigos,  en estos pequeños paraísos que van de la montaña al valle. Algunos cultivan sus fértiles tierras, otros se dedican a la ganadería y otros hacen un vino de gran calidad, blanco o tinto, pero ambos con denominación de origen Monterrei.

                     El paisaje habla de la construcción del ferrocarril…

     Incluso hay quien vio en el turismo rural un buen negocio que, cuando viajas por aquí, se agradece: hay buenos alojamientos para descansar de las caminatas y una gastronomía extraordinaria basada en los productos de la tierra y en la ganadería.

     Personalmente me quedo con el cabrito al horno, exquisito; el plato lo adornan con patatas asadas de aquí que son manjar de dioses. Aunque no te digo nada como está la perdiz si es temporada de caza o las truchas del Camba si lo es de pesca; que ahora sí lo es.

     Hay quien le echa imaginación con las setas y con la castaña en temporada; e incluso usan miel para los platos agridulces creados por alguno de los cocineros preparados en la Escuela Superior de Hostelería de Galicia.  

                                            Sabroso cabrito al horno.

       Hoy en día es fácil llegar a Castrelo do Val  y disfrutar de los numerosos atractivos que te estoy mostrando…

      Tanto desde Madrid como desde Ourense, tomas la Autovía de las Rías Baixas y al llegar a Verín, a tan solo 6 kilómetros –por una excelente carretera autonómica- descubrirás este paraíso natural que se extiende desde el Valle de Monterrei hasta las Sierras de Manzaneda, San Mamede y Queixa.

      Si es Junio y San Xoán, bailarás en la “Noche del Fuego Nuevo”; si es Agosto, compartirás en Campobecerros la Festa dos Carrileiros, a los que nadie olvida aquí. Y por el veranillo de San Martiño, no te puedes perder la popular Festa do Magosto.

    Castrelo do Val ofrece tantos atractivos que siempre merecerá la pena venir a conocerlo. De manera especial, O Invernadeiro.

    No te olvides de que este Parque Natural vive encaramado a más de mil metros de altitud y cuando lo pisas es que retornas a la vida:

    A la carballeira milenaria, a la fruta silvestre y al acebo. A la música de pájaros escondidos entre la frondosidad del paisaje. Al reino del lobo, el ciervo, la cabra montesa y el jabalí…

    Y ya sabes. Aquí está la fuente donde se bebe salud, porque en este lugar empieza y termina el universo más natural.

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