CLANDESTINOS

Por J.J. García Pena

Dice un sabio proverbio de no sé qué origen…      

—- Eres dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras.

En Argentina, por estos días, se discute acaloradamente sobre el aborto.

Mucha gente de buena voluntad cree sinceramente que, manteniendo la prohibición y la condena, dejarán de realizarse o al menos no aumentarán.

Llevamos centenas de años de prohibición sin buenos resultados. Y, si no se legaliza y regula la milenaria práctica abortiva, seguirán muriendo mujeres jóvenes.

No es atacando o desmereciendo la posición de unos y otros que este conflicto se resolverá. Es indudable que en uno y otro bando hay personas de buen corazón que quieren lo mejor para la especie.

Ni unas son retrógradas ni las otras inmorales. Ambas sufren y luchan por lo mismo desde distintos ángulos.  A nadie le agrada el abortar, mucho menos a las mujeres.

Tampoco nos gustan la enfermedad y la muerte, pero existen aunque cerremos los ojos. A los enfermos los curamos y a los muertos los enterramos. No miramos para otro lado, como si no fuese con nosotros la cosa. 

Al aborto, por el contrario, lo escondemos bajo la alfombra.

No hace mucho escuché una frase que me terminó de convencer de la sincera candidez y nobleza de quienes se oponen a la legalización de lo que, de todas maneras, ha de continuar haciéndose.

Decía alguien en la radio…

—- El aborto no es malo por ser clandestino. Es clandestino por ser malo.   

En la voz se notaba toda la tierna convicción  posible de hallar en un ser humano.

Un niño, con toda la candidez de un niño, no lo podría haber expresado mejor. Ignoro si se trataba de una persona creyente o escéptica. Solo sé que transmitía ternura y sinceridad.

Lo cierto es que su inocente  juego de palabras  me hizo evocar aquellos relatos que estremecieron mi sensibilidad infantil en  mis lejanas clases de catequesis.

Vuelvo a escuchar la voz de la piadosa catequista contándome cómo los cristianos -mis hermanos- eran pasto de las fieras en los circos romanos. Veo a Daniel sentado entre los leones súbitamente amansados.

De nuevo mi anquilosada mente  evoca a los desgraciados candidatos a mártires intentando ocultarse en las catacumbas, para evadir la nerónica  prohibición de manifestar sus creencias.

La pía catequista de mi niñez me enseñó la palabra maldita que hoy vuelve a cobrar vigencia: clandestino. 

Aquellos pobres cristianos, perseguidos, torturados y exterminados por sus ideas, eran clandestinos… ¡como las mujeres que abortan fuera de la ley!.

Según el cándido razonamiento radial  de clandestino igual a malo aquellos inofensivos clandestinos, entonces, eran malos, malísimos.    

Se hace cierta la segunda parte del enunciado…    

—- Y esclavo de tus palabras.

Un seguidor sincero de las enseñanzas de Cristo nunca puede ser un tipo malo.  Otra cosa, bien diferente por cierto, son quienes trafican con -o simulan la-  pureza de los cristianos sinceros.

Por eso insisto en que no hay “buenos y malos” de uno y otro lado del tópico aborto.

Solo hay humanos que, como siempre, deben resolver, práctica y éticamente, lo que Natura no previó cuando los hizo diferentes al resto de las bestias.

Ellas, las bestias, a diferencia de nosotros, no tienen -ni podrían resolver, si los tuviesen- conflictos morales.

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