CLARICE LISPECTOR, LA GENIAL AMIGA CLARICIÑA DE NÉLIDA PIÑON

Por Alberto Barciela

Clarice Lispector fue una pintora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas ucraniana-brasileña de origen judío. Digo que dijo:

—- Dicen que la vida es para el que sabe vivirla, pero nadie nace listo. La vida es para el que sea valiente, lo suficiente para arriesgarse, y humilde, lo bastante para aprender.

Ella lo fue, resulta una creadora genuina, adelantada de tiempos. Escribir, escribió…

—- Es tratar de entender, es tratar de reproducir lo irreproducible.

Así lo hizo, con su estilo genial y fresco, lírico, profundo, emocional, exploratorio, pleno de hallazgos. Se quiso equivocar al decir que…

—- El futuro es mío en tanto vivo, pues permanece.

Y acertó:

—- Y fue tan cuerpo que fue puro espíritu”.

Genial, diría yo.         

Hoy hace cien años de casi todo, también del día en que nos fue dada.

Para desenvolverse, ironía pura, eligió sus máscaras, fue su voluntad. Como resultó serlo su soledad confusa, diplomática, difusa a veces en amistades del alma, como la de Nélida Piñón, de la que fue afecto “en igualdad de condiciones”. La una ya consagrada, la gallega aún iniciática, esto muestra generosidad cierta Sus manos acabaron entrelazadas en el lecho de muerte, como “símbolo de lealtad” en la discrepancia, que es cuando el respeto y la proximidad adquiere verdadero vislumbre. Y la Clariciña nelidiana se fue para retornar en cada uno de sus frases, para proseguir denunciando desigualdades, para reivindicar a la mujer, para querer a quien la quiso.

—- ¡Quién sabe a qué oscuridad de amor puede llegar el cariño!”.

El 10 de diciembre de 2020, cumpliría 100 años, los cumple su memoria. La vida sigue estando aquí “para ser vivida intensamente como el amor, que tiene que ser experimentado hasta la última gota sin ningún temor”, y para evocar la buena gran literatura. Ahora, ella estará discutiendo con los hados sobre si “la perfección de Dios se prueba más con la imposibilidad del milagro que en su posibilidad.”

—- Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada, un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. 

Con esa lucidez inadscripta, lo dejó dicho casi todo. En esa paz descanse y permanezca para siempre con los que descubran su obra mansa a veces, rebelde -“no-estilo” -, inmensa. La vida, en su ausencia física, sigue siendo igual en todas partes, pandémica, “lo que se necesita es gente que sea gente”, como Clarice demuestra serlo en su legado escrito. Sentémonos a leerlo:

—- ¿Quién habrá inventado la silla? Alguien con amor a sí mismo. Inventó, entonces, una mayor comodidad para su cuerpo. Después los siglos se sucedieron y nadie más prestó realmente atención a una silla, pues usarla es casi automático.

Hace unos días un periódico tituló “El jueves hará cien años que nació Clarice Lispector”. Es curioso, vino al mundo un viernes, un 10 de diciembre de 1920. Era viernes, incluso en Ucrania.

—- Qué pena que sólo sé escribir cuando la “cosa” viene espontáneamente. Así quedó a merced del tiempo. Y, entre un escribir verdadero y otro, pueden pasar años.

Quería Clarice, Clariciña, “ellos querían gozar de lo prohibido. Querían elogiar la vida y no querían el dolor que es necesario para vivir, para sentir y para amar. Ellos querían sentir la inmortalidad aterradora”. Hoy, cuando la posteridad dura apenas minutos, yo te deseo una eternidad en la que puedas seguir dialogando con tu alma “hablando y cantando, a veces llorando”, que las lágrimas son esa parte esencial de lo que nos hace humanos y nos permite ser emocionados lectores de tu obra.

Y termino ya con una palabras tuyas, que sé que le gustarán a la escritora de Borela, ahora en A Lagoa.

—- Alguien que me recoja como a un perro humilde, que me abra la puerta, me regañe, me alimente, me quiera severamente como a un perro, eso es lo que quiero, como a un perro, como a un hijo. -Has dicho.

Hoy hace cien años se justificó la vida, esa que te vincula para siempre a mi querida Nélida Piñón, que te hilvana con tus admiradores y que te ha hecho llegar a mí, ahora te dedico estas pocas palabras después de releerte y encontrarte como si fuera un viernes fresco de diciembre, allá en el mercado de la vida, como si fueses Chaya Pinjasovna Lispector, en Chechelnik, Ucrania.

Un 9 de diciembre de 1977 -curiosamente también viernes-, en Río de Janeiro, Brasil. En esta última fecha naciste para la eternidad. Ese era tu destino.

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