COLECCIONISTA DE MOMENTOS

Por Alberto Barciela

Quien hace una colección aspira en cierto modo a completar el mundo.

La creación es propia de dioses y artistas. A los humanos, más prosaicos, nos queda la oportunidad de descubrir, adquirir, catalogar, ordenar y presumir de nuestras recopilaciones.

Parecemos querer conservarlo todo, como en un afán por reconstruir el mundo, banal aspiración de inmortalidad, o simplemente para establecer un orden de posesión.

El pintor  José María Barreiro, inductor de esta reflexión, compila postales pintadas. Guarda algunas de Sorolla y de otros dibujantes excelsos. Las requiere en anticuarios, exige referencia postal, con sus correspondientes estampillas y timbres. Tiene ejemplares bellísimos que próximamente exhibirá en el Monasterio de Aciveiro, en su Forcarei natal.

Entre los gallegos, el  mayor acumulador fue Camilo José Cela. Guardó todos sus manuscritos y su correspondencia, acumuló botellas de vino firmadas por personajes, pelos de su barba afeitada, cornamentas de caza, cuadros; más de trece mil volúmenes en una biblioteca selecta, con muchos ejemplares autografiados y archivos con miles de papeles

Cela guardó además, 62 orinales, 52 piezas de cerámica de Staffordshire, 164 discos de vinilo, 2.643 sellos, 223 billetes de lotería, 300 cajas de cerillas, 275 cromos, 45 cajas de latón, 113 vitolas y plumas estilográficas, 3.500 esquelas. Todos se exhiben en la Fundación de Iria Flavia

Entre los acumuladores selectivos destacaron los de la realeza.  Felipe de Borbón, el Duque de Orléans, reunía insectos y monedas de todos los países. La reina de Cerdeña, Leonor de Arborea suspiraba por los halcones vivos. Giovanni Jacopo Casanova se quedaba con vellos púbicos de sus amantes. El zar Pedro III era un dentista aficionado, su acopio de muelas y colmillos humanos llegó a calcularse entre 300 y 400 piezas. Carlos IV de España, llenaba las estancias palaciegas de relojes.

Entre otras curiosidades, se cuenta que Pedro I el Grande adquirió la colección del naturalista holandés Frederic Ruysch, formada por unos mil trescientos fósiles, plantas, embriones y animales en perfecto estado de conservación. El zar ordenó el traslado de su compra a Rusia a bordo de un barco. Al arribar el buque a San Petersburgo, se comprobó que el conjunto de piezas estaba prácticamente perdido: Los marineros se bebieron el brandy en que estaban preservados muchos especímenes.

Rara resulta la historia de Erik Satie (1866 -1925), compositor y pianista francés, que a lo largo de 27 años acumuló en su habitación de Arcueil, lo que sus amigos descubrieron a su muerte: unos cien paraguas, algunos aparentemente jamás usados.

Hay colecciones que no es posible comprender ni explicarse. Entre ellas está la de cuerdas de ahorcado, unidas a un papel con la biografía del respectivo reo, que se remonta a la dinastía de los Plantagenets (1154-1185) y que fue reunida por el inglés Tomás de Tynvitt.

Con seguridad, Cela, que llegó a poseer un garrote vil, las habría comprado todas.

El Nobel, Cartero Honorario, envidiaría a Barreiro. Se lo dije al pintor mientras contemplábamos un atardecer irrepetible sobre Ons y le hablaba de mis 700 folios de anécdotas.

El momento tiene más valor que las cosas.

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