CORRIDAS DE TOROS EN URUGUAY

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Por J. J. García Pena

La tauromaquia nunca tuvo gran aceptación en la Banda Oriental. Si bien a pocos años de fundada Montevideo ya contaba con el primero de una mediana lista de cosos taurinos, e inclusive ya en 1761, con motivo de los festejos por la ascensión al trono de Carlos III se realizaron una serie de corridas, todos esos escenarios tuvieron en común una efímera existencia.

Hagamos una breve e incompleta reseña de estos circos.

1776—Es emplazado en plena Ciudad Vieja (nueva en esos momentos) el primer y precario ruedo de toreo, caído en desuso a los pocos años, en parte por lo elemental de su construcción, y en parte por el tibio interés del público.

Aún así, posteriormente, se construyó uno más sólido, destinado a recaudar, como el anterior, fondos para obras de caridad o erección de templos religiosos.

Durante el breve periodo de la dominación portuguesa, por 1823, fue la Plaza Matriz el escenario del sangriento espectáculo, sirviendo los balcones del Cabildo y Reales Cárceles, de privilegiado mirador para los poderosos del momento, conformándose el pueblo llano con formar corro tras las improvisadas vallas.

La Plaza resultaba, a todas luces, el mejor ambiente para esa actividad, ya que frecuentemente era utilizado como lugar de ejecuciones humanas, generalmente a fusil, pero no le fue ajena la turbadora presencia del vil tornillo del garrote.

Entre 1835 y 1842, ya independiente y fuera de sus muros, la ciudad construye un nuevo coso.

En 1852, cuando Uruguay intenta zanjar el estéril derrame de sangre patriota en frecuentes guerras civiles, se erige el mayor de los circos taurinos de toda su breve historia, con capacidad para 12.000 aficionados y 100 metros de diámetro.

En 1888 un hecho enlutó a la afición torera y volcó decididamente el fiel de la balanza hacia sus detractores, que los había y muchos: la muerte de un torero.

Tal fue la repercusión del luctuoso hecho, que ese mismo año se decretó que, a partir de 1890, los crueles espectáculos taurinos estarían prohibidos en toda la geografía nacional.

Ya hacía tiempo que, tanto en España como en sus perdidas colonias, se levantaban voces contra el abominable espectáculo.

En ese joven Uruguay de entonces, una nueva camada de pensadores de la talla de José Pedro Varela o José Batlle y Ordóñez, futuro presidente del país, abanderaban el sentimiento cada vez más civilizado de la novel sociedad.

Especialmente José Batlle, descendiente de catalanes de Sitges, con formación humanista liberal y anticlerical, fue quien más influyó en la corriente de pensamiento que derivó en la absoluta prohibición de espectáculos donde el hombre y /o el animal fuesen denigrados, dañándolos en su integridad física.

Con el paso del tiempo y ¡vaya uno a saber qué resortes tocados!, esa ley fue descuidada, y en 1908 se comienza en Colonia del Sacramento, a orillas del Río de la Plata, en su parte más angosta ,a unos 50 kilómetros de Buenos Aires, un monumental complejo turístico.

(El Río de la Plata mide 221 kilómetros de ancho en su encuentro con el Atlántico, tomadas estas dimensiones entre Punta Rasa, en Argentina y Punta del Este, en Uruguay)

Emprendimiento de un fuerte inversor argentino, que incluía un hotel, casino, restaurante, frontón de pelota vasca, una usina eléctrica, muelle para recibir al turista porteño o de Montevideo, instalaciones para el disfrute del incipiente turismo de “baños y arena” y… ¡adivinaron!: una soberbia plaza de toros.

El rechazo al toreo en la capital argentina aseguraba una corriente de aficionados de buen poder adquisitivo en la costa uruguaya.

Así es creada la única plaza de toros sobreviviente en el Uruguay del siglo XXI.

Su hermoso estilo, morisco español, no tenía rival y estaba (está) al fondo de una amplia calzada que nacía en el cercano y recién creado muelle.

Días de deslumbrante y trágico espectáculo conoció la bellísima plaza del Real de San Carlos de Colonia del Sacramento, con toros y toreros venidos de España.   

Tan deslumbrantes como escasos.

El 9 de enero de 1910 es la primera, colorida y aplaudida, corrida.

En febrero de 1912, la última.

Se destacaron en ese redondel, los llamados “Bombita”, El Grande y El Chico, hermanos y toreros.

El entonces presidente de la república, José Batlle y Ordóñez, decreta la prohibición de las masacres taurinas, ¿definitivamente?

En los años veinte se construye, totalmente de madera, en el achaparrado cerro de Montevideo un estadio taurino de fugaz duración, como todos sus antecesores, salvo el del Real de San Carlos.

El departamento de Colonia, en 1935, ya muerto Batlle y Ordóñez, logra que se revea la frustrante prohibición.

La barbarie, engalanada con trajes de luces se adueña, nuevamente, de la flamante arena, de cincuenta metros de diámetro.

Sin embargo, se nota una ligera variante: no hay picador, y los cuernos están embolados.

Pero, ya fuese porque el tiempo transcurrido desde el último torneo hubiese enfriado el ánimo de los aficionados, o el sentido común y la racionalidad se iban arraigando con mayor ahínco en la sociedad oriental, o fuese por los impuestos que el gobierno argentino descargaba en aquellos privilegiados que acudían al Casino de Colonia, lo cierto es que todo el gran emprendimiento entró en una espiral de abandono que muestra sus oxidados huesos un siglo después , mudos y fracasados testigos de las tendencias de la moda , pero , al mismo tiempo, recordatorio de épocas de irracionalidad, donde el sufrimiento ajeno podía ser y era tomado como elemento de diversión.

Hoy, por suerte, a buena parte de la humanidad nos repugna y horrorizaría lo que a nuestros antepasados divertía, como, por ejemplo, un auto de fe de la Inquisición, que congregaba y regocijaba a nuestros tatarabuelos alrededor de las hogueras donde se quemaban vivos a otros seres humanos…

Hoy somos, por conciencia, mejores que aquellos antepasados.

Algún día, del mismo modo, la humanidad toda, ya educada, aborrecerá la diversión a costa del sufrimiento ajeno, sea de bestia o de humano.

Y ya no nos colgaremos del cuello de un ave viva hasta arrancárselo.

Ya no ejerceremos el canallesco y cobarde hábito de golpear a nuestras mujeres, hasta matarlas.

Ya no pagaremos una entrada para ver cómo se muelen, a puñetazos, dos seres idénticos a nosotros.

Ni tiraremos una cabra viva desde el campanario de una iglesia…

Entonces, ese día, seremos mejores. Mucho mejores que hoy.

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(2) Comentarios

  1. Tendensiosa y pobre investigación de los hechos… sugiero la lectura del juicio arbitral publicado por Horacio Barqué “CORRIDAS DE TOROS EN COLONIA” de 1939. Gracias.

  2. J.Javier García Pena - Responder

    Atenta Gabriela: Gracias por leerme críticamente y por tu amable sugerencia. La tendré muy en cuenta.
    Tenés razón. Es, tal como vos decís : “una pobre investigación”. Consciente de ello, la califiqué previamente: “una breve e incompleta reseña de estos circos”. Tan desprovista de ingenio que, por fuerza, ha de ser pobre.
    Sin embargo, por ser comprobable y cierto cada uno de los datos aportados, no cabe tildarla de tendenciosa.
    A menos que entiendas por tendenciosa la exposición objetiva de hechos verídicos que algunos quisieran que permanecieran en las sombras .
    Nuevamente agradezco tu aporte y te pido disculpas si mi enjuto racconto te pareció tendencioso.
    Mi tendencia narrativa, si la tengo, – aunque árida y raquítica, lo reconozco – es hacia la realidad sin tapujos.
    Tengo tendencia a pensar libremente.
    Tal vez esto sí pueda sí calificarse de tendencioso. Si así fuese, tomaré como un cumplido a mi pobre reseña la calificación de tendenciosa.
    Javier García.

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