CRISTIANO ROBLE

Por J.J. García Pena

Dijo aquella mañana de invierno la señorita Margarita Infantini…

— Atención niños, abran el libro en la página Tal . Son Anécdotas del  Montevideo antiguo, de Isidoro de María. Empiece usted, Cánepa. Lea hasta el primer punto y aparte y seguirá su compañera Montiel hasta el próximo punto. Luego usted, García; después siguen Dávila y Trujillo  y así, de pupitre en pupitre, hasta el fondo del salón.

Aún eran los tiempos en que los maestros se dirigían a sus alumnos en riguroso castellano y sin tuteo.

Lo repetiré tal y como lo recuerdo, con sus posibles errores y resúmenes, como lo quise mantener a más de medio siglo de haberla leído.  Palabra más, olvido menos. En todo caso, si les produce disgusto el torpe estilo literario, échenle la culpa compartida a un preguntón mocoso de once años y a un abuelo agradecido de amar dos patrias. Que ambos, niño y abuelo, uno son. 

Los dos portones de las murallas de Montevideo se abrían al toque  matinal de las campanas de la primitiva iglesia Matriz y se cerraban, a golpe de badajo, al ocaso. Si alguien no entraba a tiempo, afuera pasaría la noche, que con tanto “indio” suelto, gaucho malentretenido y tanto rebato campanero, “no hay excusa que valga” para no acatar la orden de recogerse en decente hora en  intramuros.

Por el portón de San Juan, a tiro de ballesta del “río grande como el mar”, ya habían ingresado los últimos soldados, carreteros, labriegos y aquel bullicioso grupo de niños que pasaron toda la tarde jugando en el amplio e inmediato terreno que, llegando hasta los ejidos,  compartían los montevideanos para diversas faenas y diversiones. Pero al sonar las campanas…

—-  ¡Hala!, tol  mundo pa´dentro.

La madre del niño Raymundo, doña María Rosa, extrañada de su tardanza, preguntó a sus amiguitos más cercanos y luego, azorada, acompañada de su esposo, demás hijos varones y de sus esclavos, recorrió  las 32 manzanas de la joven población.

Pero del niño, nada de nada. Un piquete de Migueletes, a instancias del influyente padre de la criatura, el  cabildante Francisco Larrobla,  arriesgando su integridad física y soliviantando reglas  oficiales, recorrió con hachas, velones  y candiles, las inmediaciones exteriores  de la colosal muralla y hasta removió las aguas del foso que rodeaba a su inexpugnable Ciudadela.

Alarma general.  Se indagó toda la noche y los días subsiguientes. La Matriz se llenó de matronas en rezo perpetuo… de dos semanas. 

Hasta que el paso del tiempo hizo su trabajo de amnesia colectiva.

Solo sus padres y hermanos mantenían viva la imagen del menor perdido. Ya no cabían dudas. Una vez peinada y repeinada toda la ciudad y su extensa cintura despoblada,  aceptaron que “los salvajes” lo habían raptado. 

Murió el viejo Larrobla. Mucho más tarde lo hizo su esposa, -¡Raymundo, hijo mío; hace tantos años, Dios mío! – con el amado nombre de su hijo perdido en los labios.

Los hermanos fueron casándose y formando sus propias familias. Había pasado un cuarto de siglo desde la desaparición de Raymundo cuando Juan Francisco, el mayor de los Larrobla,  habiendo concurrido a Buenos Aires a ordenarse de sacerdote, escuchó  que en los calabozos reales tenían prisionero a un cacique pampa que decía llamarse Roble.  Apenas balbuceaba alguna palabra en castellano. 

El novel sacerdote, acompañado de un lenguaraz, escuchó el increíble relato que al hosco indígena le sonsacó el intérprete.

Supo que este belicoso cacique, caudillo de fieros malones, herido y a punto de ser ultimado  por un soldado español, en un intento desesperado por salvado su vida, había gritado un gutural…

—- ¡Cristiano Roble!

El soldado bajó el sable y condujo al prisionero ante sus superiores.

Allí, el recio salvaje relató, mediante gestos y en un castellano apenas comprensible, que hacía muchos años, jugando descuidadamente en los extramuros de una ciudad llamada Montevideo en la otra Banda  del río Uruguay, había caído en poder de unos “indios” nómadas y luego adoptado como hijo por un cacique principal. Aquel  infiel le había enseñado el cruel arte de la guerra y de cómo sobrevivir haciendo frente al invasor blanco. A la temprana muerte del jefe, ocupó el cacicazgo vacante.               Los oficiales se miraron interrogándose si sería cierto el increíble relato de aquel bárbaro clinudo.

Nada en su fisonomía y piel curtida por los aires y rigores pamperos, permitía suponer que bajo aquella tupida y larga  crencha de pelos hirsutos y descuidados, se encontrase la identidad del niño de los Larrobla, desaparecido veinticinco  años antes.

Tal vez se tratase de un taimado indio fabulador que, para evitar una muerte segura, repetía algunas palabras que habría escuchado a algún cristiano cautivo.  Sin embargo, Juan F. Larrobla tuvo un presentimiento.

Lo adecentó y vistió al uso hispano y, sin perderle pisada, se lo trajo a Montevideo.  

Nadie lo reconoció en primera instancia. Su cara y brazos  tenían tatuajes y los surcaban atroces cicatrices, testigos mudos  de sus andanzas bárbaras.

Ni siquiera alguno de los numerosos hermanos Larrobla, venidos de sus chácaras y vaquerías alejadas de Montevideo, podía jurar que se tratase de Raymundo. Las caras,  y principalmente las voces de la niñez, sufren sorprendentes metamorfosis en la edad adulta.  Si se habían visto, no se acordaban.

El bronceado y nervudo “indio” pidió ser conducido hasta el hogar donde dijo haberse criado.  Escrutó  su interior en silencio, con tácita actitud de indígena. 

Súbitamente se detuvo frente a una vetusta estufa, en cuyo registro de tiraje de aire introdujo una  mano.  Pareció rebuscar un instante y extrajo  una enmohecida navaja cubierta de hollín. 

Lágrimas de contenida pena vieja y estrenada felicidad  brotaron de los ojos de todos los presentes, incluso del duro guerrero de las Pampas.

Raymundo, cuando pudo recuperar el idioma materno,  les relató a los conmovidos familiares que  poco antes de su desaparición, había cometido la travesura de esconder el arma en ese recoveco.

Uno de los hermanos varones recordaba el lejano extravío de la navaja de su padre y cómo el viejo Larrobla siempre había asociado la pérdida del arma a la inmediata desaparición de su hijo menor.

Los Larrobla, como queda dicho, eran personas de prestigio social y fuertes comerciantes en Montevideo y en el resto de la Banda Oriental. En ese ambiente formal y  citadino se quiso reencauzar la vida incivilizada del curtido cacique que, aunque lo intentó, no pudo adaptarse a una vida que, ausente desde sus nueve años, ya no le pertenecía. 

Los hermanos, dueños de grandes espacios en la campaña oriental, le compraron una suerte de estancia y lo dejaron vivir en aquella vida agreste que tanto añoraba.

En ella Raymundo recuperó gran parte de su alegría de vivir y fue padre de una niña. 

Habiendo sobrevivido a furiosos combates contra el ejército español, no pudo sobreponerse, sin embargo, a la muerte que lo atropelló montada en los filosos cuernos de un toro de su propiedad.

Aún no tenía cuarenta años, veinticinco de los cuales vivió entre los legítimos dueños de su tierra americana.

Si no hubiese sido por el cronista Isidoro De María nada hubiésemos sabido del niño criollo devenido en cacique belicoso. Por tanto, gracias, don Isidoro.

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