CRÓNICAS FANTÁSTICAS

Por J.J. García Pena

El equivalente antiguo a la función de retratar y registrar fehacientemente los hechos cotidianos, que hoy damos en  generalizar como periodismo, fue  llamada crónica y sus sumos sacerdotes cronistas; algo así como testigos ordenadores de los sucesos en el  tiempo. Todo un homenaje a Cronos.

Sus ministros, los menos, se lanzaron a descubrir el mundo moviéndose arriesgadamente  alrededor de él y los humanos comunes comenzamos a conocerlo gracias a ellos, los cronistas expedicionarios, una especie de corresponsales de guerra privados.

Pronto (en 2019) se cumplirán quinientos años del comienzo de una crónica que, en poco más de mil jornadas, dejaría constancia de un acontecimiento de importancia universal: la circunvalación de la Tierra por Magallanes y Elcano.  

Como sea que el cerebro humano, a diferencia de los mecanismos automáticos o robóticos, es incapaz de obtener y transmitir imparcialmente una  impresión sensorial, cualquiera fuese, sin poner algo de subjetividad en ella, podemos concluir que todo registro no matemático adolecerá de imprecisiones propias de nuestros prejuicios, preconceptos, convicciones y conveniencias  personales.

Así le aconteció a Julio Verne cuando enumeró las virtudes y defectos de los diversos actores y naciones que integrarían -o no debieran integrar- el seleccionado equipo humano que pondría, por vez primera, una hipotética nave tripulada en la superficie de la luna.

La subjetividad, madre de toda discriminación, está presente en las crónicas de todas las expediciones que las incluyeron a través de los tiempos.

Y la de Magallanes-Elcano, integrada por  265 hombres y retratada por un Sobresaliente de a bordo, no fue la excepción. 

Uno de los cronistas cuyos relatos me produjeron, desde niño, más asombro y  suspicacias que los de Ercilla e Inca Garcilaso juntos, fue el gentilhombre Antonio de Pigafetta, joven noble que sirvió de enlace entre el medievalismo que fenecía y el tiempo de novedosos descubrimientos que presenció, protagonizándolos.

Cargaba el diligente Antonio con el ansia de conocimientos de la nueva era, impregnado de un fabulismo medieval heredado y todavía latente.

No por azar aún se veneraban en toda Europa imágenes de otro caballero como él, solo que, provisto de brillante armadura, lanceaba a un increíble dragón con la misma naturalidad con que el Apóstol Santiago Matamoros acuchillaba y pisoteaba enemigos humanos o el rabdomante Moisés hacía brotar agua de las rocas en el reseco desierto del Sinaí.

Seamos, por tanto, benévolos  con sus relatos preñados de fantasías y suposiciones ya que, gracias a él y a pesar de sus muchos dislates, tenemos un detallado y entretenido relato del primer viaje que una expedición naval completó alrededor del mundo. Recomiendo su lectura completa.

Es el propio cronista quien nos confiesa sus móviles al emprender el viaje que, a la postre, sería histórico. Escuchémoslo: 

—– “…supe que navegando por el Océano se veían cosas maravillosas y decidí asegurarme por mis propios ojos de la veracidad de todo lo que se contaba para, a mi vez, contar a otros mi viaje, tanto para entretenerles como para serles útil y conseguir al mismo tiempo hacerme un nombre que llegase a la posteridad.” 

Es indudable que alcanzó, con creces, tales propósitos.

Como el hombre culto y muy bien relacionado que era, consiguió una privilegiada plaza de Sobresaliente en una de las cinco naves que componían la expedición,  nada menos que en La Trinidad, la nave capitana comandada por Fernando de Magallanes.  Un camarote exclusivo  en aquellas reducidas “cáscaras de nueces” no se le concedía más que a los muy favorecidos  por la nobleza o el clero.

Las observaciones y apuntes del vicentino estaban destinados a informar a los altos dignatarios eclesiásticos que habían posibilitado su inclusión preferente en la expedición. 

De ahí que, en agradecimiento, Antonio se permitiese deslizarles algunas sugerencias para la evangelización de tanto infiel y gentil que iba encontrando en el periplo.

En las costas de Verzín – lo que luego sería llamado Brasil-  anotó:

—- “Estos pueblos son extremadamente crédulos y buenos; sería muy fácil convertirlos al cristianismo…”

Una de las más curiosas observaciones de don Antonio lleva data de junio de 1522.    Prestémosle oídos a su narración. 

— “…perdimos veintiún hombres, cristianos e indios. Observamos algo muy curioso al arrojarlos al mar: los cadáveres de los cristianos quedaban siempre de cara al cielo , y los de los indios boca abajo, de cara al mar «.            

Tres años duró la accidentada, peligrosa y mortal circunnavegación, durante la cual Pigafetta se vio en más de un trance de perder la vida… si nos atenemos a sus aseveraciones.

Mas no todo  fueron penurias en los tres largos años de travesía, ya que, como deja consignado el gentilhombre de Vicenzo:

—-  “ Durante los días serenos y calmos, unos peces grandes a los que llaman tiburones (perros marinos) nadaban cerca de nuestro navío. Estos peces poseen varias hileras de dientes terribles, y si por desgracia encuentran un hombre en el mar, lo devoran en el acto. Pescamos muchos con anzuelos de hierro: pero los grandes no son del todo comestibles, y los pequeños no valen mucho».     

Por momentos barruntamos que el buen cronista anota cosas que le contaron, pero que él nunca vio:

—- “…este hombre era tan grande que nuestra cabeza apenas llegaba a su cintura…” “…Hay cerdos que nos parecieron tener el ombligo en la espalda…”

 O, directamente,  se burla de nosotros: 

—- «…Nuestro piloto moluqués nos dijo que en estos parajes hay una isla llamada Arucheto, cuyos habitantes, hombres y mujeres, no tienen más de un codo de alto y sus orejas son más largas que todo el cuerpo, de tal modo que cuando se acuestan una les sirve de colchón y la otra de manta….»

 Otras veces  se asombra (y aprovecha)  de la ingenuidad de los nativos:

—- “Hicimos también cambios ventajosos: por un anzuelo o por un cuchillo los indígenas nos dieron cinco o seis gallinas, por un peine, dos gansos, por un espejito o un par de tijeras, pescado suficiente para comer diez personas… por un naipe de un rey de oros, me dieron seis gallinas y aun creían haber hecho un buen negocio.”

Pigafetta, producto y rehén mental de su tiempo, participaba de las creencias de sus contemporáneos. Cada vez que alguna manifestación natural los dejaba perplejos en su ignorancia, solo atinaban a atribuirle una explicación religiosa.

Así dejaba testimonio de su pasmo frente a un fenómeno eléctrico que los marinos conocían, de antiguo y hasta hoy, como Fuegos de San Telmo o Fuegos Fatuos:

—- “Durante las tempestades vimos con frecuencia lo que se llama Cuerpo Santo, esto es, San Telmo. Una noche muy oscura se nos apareció como una hermosa antorcha en la punta del palo mayor, en donde flameó durante dos horas, lo que fue un gran consuelo en medio de la tempestad. Al desaparecer, proyectó una lumbrada tan grande que nos dejó, por decirlo así, cegados. Nos creímos perdidos, pero el viento cesó en aquel instante. El sábado 26 de octubre de 1521, al anochecer,  costeando la isla de Biraham-Batolacha, hubo una borrasca, durante la cual recogimos velas y rogamos a Dios que nos salvase. Entonces vimos en la punta de los tres mástiles a nuestros tres santos, que disiparon la oscuridad por más de dos horas: San Telmo en el palo mayor, San Nicolás en el de mesana y Santa Clara en el trinquete. En reconocimiento de la gracia que nos concedieron, prometimos a cada uno un esclavo, y les hicimos ofrendas».

Sin embargo, en otras ocasiones prevalecía su parte racional,  y el brillante geógrafo y cartógrafo que era nos dejaba páginas de asombrosa lucidez como esta observada a mediados de 1522, ya en las islas de Cabo Verde:

—- “ Por ver si nuestros diarios eran exactos, preguntamos en tierra qué día de la semana era, y nos dijeron que jueves, lo cual nos sorprendió, porque según nuestros diarios estábamos a miércoles. No  podíamos convencernos de que habíamos errado en un día, y yo menos que ninguno, porque sin interrupción y con sumo cuidado, marqué en mi diario los días de la semana y la data del mes. Pronto advertí que no era equivocado nuestro cálculo, pues habiendo navegado siempre al Oeste, siguiendo el curso del Sol, al regresar al mismo lugar teníamos que ganar veinticuatro horas sobre los que estuvieron quietos en un lugar: basta con reflexionar para convencerse”.

De las cinco naves fletadas únicamente retornó, al mismo punto de partida en Sanlúcar de Barrameda,  La Victoria, con 18 hombres demacrados  al mando de Sebastián Elcano, tan exhausto como ellos.   Así lo testimonia el cronista:

—- “Merced a la Providencia, entramos el sábado 6 de setiembre en la bahía de Sanlúcar, y de sesenta hombres que integraban la tripulación cuando salimos de las Islas Malucco, no quedamos más que dieciocho, la mayoría enfermos. Del resto, unos se escaparon en la isla de Timor, otros fueron condenados a muerte por los crímenes que cometieron y otros, en fin, murieron de hambre.

“El lunes 8 de septiembre de 1522 echamos anclas junto al muelle de Sevilla y disparamos toda la artillería. El martes desembarcamos todos en camisa y descalzos, con un cirio en la mano y fuimos a la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria y a la de Santa María de la Antigua, tal como lo habíamos prometido en los momentos de angustia”.

Entre el rosario de sucesos que Pigafetta dejó estampados, ninguno me impresionó e intrigó más, ni por  tanto tiempo, como el que dedica a narrar, puntillosamente, las desventuras que les esperaban a la salida del ansiado canal que, justicieramente, fuera denominado Estrecho de Magallanes. Oigámoslo de nuevo:

—- “El miércoles 28 de noviembre desembocamos del estrecho para entrar en el gran mar, al que enseguida llamamos mar Pacífico, en el cual navegamos durante tres meses y veinte días sin probar ningún alimento fresco. El bizcocho que comíamos no era ya pan, sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la sustancia y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y hedionda. Para no morir de hambre llegamos al terrible trance de comer pedazos del cuero con que se había recubierto el palo mayor para impedir que la madera rozase las cuerdas. Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que había que remojarlo en el mar durante cuatro o cinco días para ablandarlo un poco, y enseguida lo cocíamos y lo comíamos. Frecuentemente quedó reducida nuestra alimentación a serrín de madera como única comida, pues hasta las ratas, tan repugnantes al hombre, llegaron a ser un manjar tan caro, que se pagaba cada una a medio ducado.

“Mas no fue esto lo peor. Nuestra mayor desdicha era vernos atacados de una enfermedad por la cual las encías se hinchaban hasta el punto de sobrepasar los dientes, tanto de la mandíbula superior como de la inferior, y los atacados de ella no podían tomar ningún alimento. Murieron diecinueve, entre ellos el gigante patagón y un indígena de Verzín que iba con nosotros.

“Además de los muertos, tuvimos veinticinco o treinta marineros enfermos, que sufrían dolores en los brazos, en las piernas y en algunas otras partes del cuerpo; pero curaron.  En cuanto a mí, nunca daré suficientes gracias a Dios porque durante todo este tiempo, y en medio de tantas calamidades, no tuve ninguna enfermedad”.

Antonio, fervoroso creyente, atribuía su excelente salud, entre tanto escorbuto y miseria, a la oportuna intervención de la Divina Providencia.

Cada tanto, durante mi niñez y toda la adolescencia, acudía a mi imaginación el diario de Pigafetta y muy en especial este relato central del hambre extrema en las tranquilas aguas del Pacífico. Había algo en él, al margen de los demás sucedidos fabulosos que lo rodean,  que, sin saber por qué,  aún no encajaba en el análisis que, a medida que iba avanzando en mis conocimientos de historia , mi sentido común se resistía a aceptar. Fue así que, de tanto hurgar en  diversas fuentes y registros de época, di con el listado del avituallamiento de la histórica expedición.

Si algo distinguió a la administración española desde los primeros viajes de descubrimiento y posterior colonización, fue la extrema prolijidad a la hora de asentar fechas, nóminas y pagos de tripulantes, navíos, pertrechos, armas, leña y alimentos. Hasta las herramientas más comunes y chucherías de trueque, se anotaban concienzudamente en los libracos que los armadores destinaban a tales fines.

Así pude encontrar y desmadejar la punta de una incógnita que me había intrigado durante muchos años: entre el larguísimo y detallado  listado de todo lo útil que cargaron en dicha expedición figuraban 10.000 anzuelos. Y de paso 10.000 sardinas blancas para pescar, que las suponemos consumidas en matar el hambre.

Pude, entonces, responderme la pregunta que me rondaba desde la primera vez que leí los desbarres del novelero Pigafetta: no es de recibo aceptar que personas avezadas en el conocimiento del mar y provistos de 10.000 anzuelos (dejemos, por obvio, de lado las sardinas) hayan soportado el hambre extrema  en un océano en  calma total,  sin arrojar por babor y estribor docenas de anzuelos para intentar capturar pescados que, por más ruines que fuesen, siempre serían «boccato di Cardinale” comparados con masticar ratas, tiras de cuero intragable y  “un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda la sustancia y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata”.          

Otra cosa bien distinta, y por cierto creíble, es el terrible efecto del escorbuto, ante la abstinencia prolongada y forzada de vegetales frescos. El cronista fabulador, al menos para mí, quedaba al descubierto.

Nos sigue contando el veneciano, ya enredado en sus propios embustes, que luego de esos tres meses y veinte días de hambruna inenarrable, dieron con dos islas desiertas  a las que denominaron Infortunadas,  porque…

—- «no encontramos más que pájaros y árboles y no vimos sino muchos tiburones». 

Y remata la descripción de esos días aciagos…

—- “… Y si Dios  y su Santa Madre no nos hubiesen dado una feliz navegación, hubiéramos perecido de hambre en tan ancho mar. Creo que nadie en el porvenir se aventurará a emprender un viaje parecido».

¿Le parecieron Infortunadas, luego de aquel relato de agonía, dos islas que tenían, cuando menos, pájaros, árboles y muchos tiburones, y tal vez algunos moluscos? ¿Luego de mascar cuero durante tres meses y veinte días  tilda de feliz navegación al viacrucis que los llevó al borde de la inanición? ¿A quién estaba orientada la velada sugerencia de no aventurarse en tan terrible escenario? ¿Un intento de ocultar o tergiversar información para despistar y desalentar a futuros competidores?

Es muy posible.  En última instancia, creerlo  sería menos fantasioso que dar crédito a los «micro salvajes que se duermen arropados en sus largas orejas»

Son demasiado evidentes y toscas las contradicciones y pamplinas  que Pigafetta agita a modo de inquietante cartel desorientador, al estilo de ¡Cuidado! ¡Campo minado! ¡Perro que muerde!

Don Antonio, pasajero privilegiado, all inclusive en la nave capitana y en toda la expedición, debió tener poderosos motivos  para deformar parte de la realidad vivida. 

Como vimos, no todo lo que leemos, vemos y escuchamos tiene la garantía de la certeza. Pero nos acercaremos algo más a la verdad -o nos alejaremos de la mentira- si nos habituamos a usar el menos común de los sentidos.

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