CUANDO DE GAULLE VISITÓ CAMBADOS

En Cambados he tenido el placer de vivir algunas de las experiencias más bellas e importantes de mi vida, comenzando por el día en el que, mi hija Gloria y su marido Pablo, quisieron que fuera yo el padrino de su boda. La celebraron en la pétrea Iglesia de San Benito, uno de los pocos templos que en la Galicia del románico recrea una curiosa arquitectura de corte italiano, en la que destaca su tejado de piedra, similar al de la Catedral de Santiago.

Este templo se ubica en la Plaza de Fefiñáns que asombró especialmente a Andrew Latimer, mítico guitarrista y voz de “Camel”, con el que pasee por las Rías Baixas allá por el setenta y dos, tras organizar el primer concierto internacional que se celebró en el país, cuando este grupo tocó en el Pabellón de los Deportes de Pontevedra, que era lo que había.

Para mí Fefiñáns es la plaza con más encanto de Galicia y lo fue también para Adolfo Suárez, con el que compartí la primera campaña electoral de esta democracia, de la que, el entonces líder de la UCD, era y será siempre el principal protagonista. Cambados fue una de las villas gallegas que más llamó la atención al ex presidente español y en ella permanecimos ambos “taceando” y tomando ostras por su casco histórico que no tiene precio, en compañía de la gente de mar.

Aquel día le regalé a Suárez un librito de poemas de Ramón Cabanillas y el admirable político abulense no se podía creer que Pío Cabanillas fuese sobrino nieto del poeta nacionalista.

Estuve en Cambados muchas veces y siempre me paré a tomar las mejores ostras del mundo, esas que viven libremente en las selvas sumergidas y no las que cultivan en las bateas. Tuve excelentes compañeros de mesa, de todo corte y condición, pero nunca esa gente de malvivir, unos pocos, que son quienes con la droga tiñeron de negro una zona donde la gente es de lo más honesta y amable que te puedes encontrar.

Uno de los días que mejor lo pasé en la “Capital del Albariño” fue con Santiago Tirado, ex alcalde amigo pero con el que hace tiempo no comparto una taza de ese vino blanco tan rico con el que, dicen las malas lenguas, se emborrachó aquí el general Charles De Gaulle.

¿A que vino el ex mandatario francés a Cambados? Según cuentan algunos de los reconocidos cronistas de la villa, buscaba los orígenes del celtismo…

Sí, Charles De Gaulle estaba convencido que sus antepasados eran celtas y cuando se retiró –por cierto, fue uno de los pocos políticos que dimitieron a lo largo de la historia, allá por 1969- pasó unos días en el Alto Marne francés, en la región de la Champaña, concretamente en Colombey les Deux Eglises, donde había nacido.

Pero luego comenzó a interesarse por la historia de los celtas y estuvo, primero en Irlanda, luego en Escocia y también en Cambados, donde pasó casi una semana. Concretamente se alojó en el Parador de Turismo que hacía una década inaugurara Manuel Fraga Iribarne, como ministro de Información y Turismo.

Aquella visita sobrevino en 1970 y a Cambados le vino de perlas porque De Gaulle fue el mejor embajador que tuvo por Europa adelante, ya que siempre habló del excelente albariño con ostras que había probado en el Parador.

Yo recuerdo que en Radio Popular de Vigo abrí “El Popular Show” con una entrevista a un bodeguero de la zona, que estaba bastante indignado porque el general no había visitado su bodega. Quizá la presión de los bodegueros “de marca”, hizo que De Gaulle se llevase como recuerdo de aquellas vacaciones “un albariño da casa”, de esos a los que se le dice “de cosecha propia”. Aunque, mientras vivió, todos los años le mandaban a París unas botellas de la nueva cosecha.

Puro secretismo oficial hubo entonces acerca de esta visita del hombre que gobernó Francia durante once años, al que la historia coloca como el promotor de la reconciliación franco-alemana y sin duda la figura política más influyente en el proceso de creación de la Unión Europea.

Yo tenía un buen informador entre las paredes del Parador de Turismo del que De Gaulle salió poco en esos días de descanso e investigación y por eso sé que sesteaba bien tras copiosas comidas bien regadas por el rubio albariño del Salnés. No es de extrañar que el general -a pesar del séquito que componían nueve personas, entre ellas su mujer, Yvone Vendroux,- apenas diese un paseo para conocer la Plaza de Fefiñáns, casi al lado del Parador.

Aún no apretaban los calores del verano y De Gaulle solo había hablado con el corresponsal de “La Vanguardia” de Barcelona, sobre su visita a la Catedral de Santiago que, al parecer, “le gustó menos que Notre Dame pero sí le impresionó la Plaza del Obradoiro y el conjunto de edificios monumentales que la rodean”.

Al margen de algunas curiosidades, como el hecho de que traía un cocinero propio y de que hubo que ponerle una cama especial de dos metros y medio de largo, lo importante de la estancia del general De Gaulle fue su personal investigación sobre el celtismo.

Su tío Charles, que vivía en Lille, fue un historiador enamorado de la cultura celta y luchó por la unión de escoceses, galeses, irlandeses y bretones. Su abuelo Julien fue también investigador y un apasionado del celtismo. Y el propio general sentía tanta curiosidad por el mundo celta que vino hasta Cambados en busca del celtismo gallego, después de haber viajado a Irlanda y a Escocia, nada más cesar como presidente de Francia.

Nadie se atrevió a contarle a De Gaulle que los celtas eran guerreros e invasores de las tierras de los antiguos pueblos galaicos…

Además… ¡Seguro que fue en Galicia donde aprendieron a tocar la gaita!

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