CUANDO UN CABALLO VALÍA MAS QUE UNA MUJER

Por J.J. García Pena

En estos admirables tiempos de comienzos de siglo, parece percibirse  que en la mayoría de las sociedades humanas se estuviera abriendo una tímida cuán nunca vista era de respeto. Una corriente de renovado humanismo las recorre  vertical y horizontalmente, afectando a todos sus estamentos en mayor o menor proporción.

Largos y tediosos de enumerar serían los cambios que acompasan nuestros avances en materia de convivencia. Son tantos, que escapan a las posibilidades e intenciones de este acotado artículo. Baste recordar que a comienzos del siglo XX eran muy pocos quienes añoraban los todavía cercanos tiempos en que era posible adquirir en la plaza pública un ser humano para todo servicio. 

Esclavitud le llamaban sin pudor al servicio no remunerado y sin redención posible, que se extendió hasta su abolición, en el papel, en 1846, pero que en los hechos perduraría, al menos en algunos sectores de la República Oriental, casi hasta finales de esa misma centuria.

Hoy, avanzado el siglo XXI, el solo hecho de plantearlo se nos antoja repulsivo e irreal, tan siquiera como tesis de estudio.

Probablemente lo mismo sucederá a comienzos del siglo XXII, cuando nuestros descendientes, ya educados en las grandes materias sociales, busquen entender los motivos de la discriminación hasta hoy sufrida por la mujer.

Quedarán admirados y suspensos -¡ya los veo!- cuando analicen las pruebas irrefutables del aborrecible y, sin embargo, aceptado maltrato.

Pero no nos metamos en honduras innecesarias si no sabemos nadar. Quedemos en el confort de la orilla con el agua apenas a la cintura, que será suficiente para entender qué polvos produjeron estos lodos que a todos nos salpican.

Una vez más, las canciones populares pueden auxiliarnos, dándonos las respuestas a nuestras dudas actuales y futuras. Sus sencillos versos ofician de crónicas costumbristas y barómetros de la sensibilidad de los pueblos protagonistas en un momento dado de su historia.

Tengamos muy en cuenta que nadie graba canciones sin destino o porque sí. No sería inteligente ni redituable hacerlo. Por tanto, convengamos en que alguien, por el motivo que fuese,  gustaría de tales versos y pagaría por ellos.

En España se compusieron docenas de “pasodobles” para ensalzar la innegable valentía de los toreros varones, justificar el calvario de sus esposas, novias y madres en cada tarde de circo, con rosario en la mano y plegaria incluida y muda en los labios… y atizar el fervor cuasi religioso de sus fanatizados seguidores.

En México los “corridos”, cantos entronizadores de hombres violentos y baldón de mujeres sometidas, llegaban por igual al alma de los pocos que sabían leer y de los muchos  que no. 

La información cantada se recuerda y transmite más eficiente y democráticamente   de lo que lo haría  el mejor periódico. El corrido en México, decía; la copla y el pasodoble en España o el tango en la cuenca del Plata, fueron los vehículos preferidos por el machismo vernáculo. No en vano todos  ellos respondían a una misma y original concepción religiosa de la vida. 

En el comienzo del mismo período, en los cafetines, bodegones y teatros del Río de la Plata, casi desaparecidos ya los cosos taurinos (a excepción del Real de San Carlos, en Colonia) y ciertamente enmudecidos  los clarines que decretaban la inevitable muerte del toro, se componían y festejaban letras dirigidas a un público tan menoscabante de la condición femenina, como aquel que abarrotaba los redondeles.

Gardel, insuperado trovador y retratista de su época, nos legó un tema en que se dieron cita un mundo rural y semisalvaje en franca desaparición y el escaso valor comparativo que varones  de campo y ciudad  otorgaban a la mujer.

Para evitar al ocasional y curioso  lector caer en somnolencia atencional, entraremos, sin más demora, de lleno en el dominio del tema titulado  “El moro”. Gardel hizo dos grabaciones acústicas de dicho tema.

En una, (singular rareza orquestal del maestro Firpo, destinada a ser pieza bailable) grabada  a dúo con su socio José Razzano,  solamente  cantaron y repitieron un fragmento.

La otra la cantó Gardel en solitario, acompañado del moreno José Ricardo, el primer guitarrista que contratara El Mudo. Las deficiencias acústicas, inherentes al modo y fecha de las “tomas”, nos obligan a transcribir lo que El Morocho tenga para contarnos.

Puede llegar a sorprendernos su crudeza.  Aunque la letra es de 1838, seguía cosechando aplausos a fines del XIX y, como queda testimoniado, a principios de siglo XX. Poco o nada había evolucionado la patriarcal sociedad occidental respecto al rol bíblico asignado a los sexos.

Aunque el tiempo debilitó su eco fue todo un éxito. Escúchala…

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