DE MAR A MAR

La de este otoño puede ser también una postal de aventuras sobre el lomo de nuestros dos mares. Un placer que comienza frente a una playa vacía, atraviesa el amplio paisaje de las olas cantábricas y llega al fin del océano, que tan bien conocen los gallegos con piel de salitre. Dicen por aquí, que…

Navegar es indispensable.

Ni te imaginas lo maravilloso que puede resultar navegar por dos mares de vida y quince rías en calma, la elemental paz de sal de Galicia. A las rías y a los mares debemos la ilimitada belleza de nuestra costa…

Un paisaje de estatuas de salitre y rocas de aguja, que emergen entre playas interminables de blanca arena. La luz intensa del Faro que compite con el sol, cuando este enrojece los cielos de otoño. Islas que se alzan sobre espejos de azules infinitos. Estrellas de plata navegando entre los barcos…

Por eso los marinos de aventura que navegan sobre el infinito horizonte buscan refugio en cualquiera de los cien puertos del país. Algunos, incluso se quedan a vivir fascinados por la magia que todo lo envuelve.

Los veleros de sueños arbolados para gozar de la vida a bordo son los titanes del tercer milenio y a ellos debemos la postal que se produce cuando el sol incendia el mar y las olas de fuego llegan desde la infinidad a la orilla.

El norte es Cantábrico.

El norte más norte es el del faro que llamamos la Estaca y está en Bares.  A él debemos la marca exacta del lugar donde se casan los dos mares gallegos. Más allá, está el infinito.

En esta inmensidad oceánica desembocan rías de calma que son el puerto de la estirpe marinera y refugio para los avezados aventureros transoceánicos, los buscadores del fin del mundo.

Este mar es el creador de las playas espaciosas de los veranos y en alguna de ellas se detiene para esculpir la roca con artísticas formas, ola tras ola.

El mar del norte, el  Cantábrico,  va de faro en faro… Comienza en el de la Punta do Castro y termina en el del Cabo Ortegal.

El mar de los Ártabros.

Desde el mágico lugar de las rocas de aguja,  bordeando la costa de los druidas celtas y del santuario del Apóstol Andrés, llega el navegante a la calma de las Rías Altas. Son estas las que buscan el Atlántico ártabro entre el mar del norte y las Sisargas.

Un paraíso natural donde las mareas disuelven los azules marinos en la playa mientras los veleros cabalgan sobre las olas para llegar a puerto.

Este mar es la génesis de la ilimitada belleza de otoño, cuando el navegante contempla, como telón de fondo, el estallido del sol en el cielo,  al morir la tarde.

La Costa de la Vida.

Navegar por este Atlántico bravo es sentir como el paisaje penetra en tu alma, mientras ese mar que le dicen de muerte te da la vida. Que no es poco el sencillo placer de descubrir como pronuncia palabras de sal sobre las rocas de Muxía o envía olas de resurrección hasta la playa de Nemiña.

La fama como Costa da Morte le viene de muy atrás y se debe a las muchas informaciones publicadas en todo el mundo, sobre hechos tristes.

La belleza y lo trágico merecieron hermosas palabras de poetas insignes, como las que escribió Cesar Antonio Molina:

“Ir a la Costa da Morte es un viaje elegíaco al territorio del mito”.

El escritor coruñés lo dice porque hay mucha verdad en los libros escritos sobre los mil náufragos, pero también mucha leyenda.

Yo te invito a pasear por sus puertos y vivir el instante magnífico en el que llegan los barcos marineros llenos de vida. A descansar frente al océano y avistar la luz del faro cuando se pierde en la inmensidad, cada tarde, al inicio de cada noche.

El sur es Atlántico.

Las Rías Baixas son todas atlánticas. Buscan el horizonte del legendario mar por el que llegaron los navegantes de nuestra historia:

Los celtas del castro que aún habitan fantasmas. Teucro, hijo de dioses. El patriarca Noé y el apóstol Santiago. Romanos procurando el fin de la tierra. Fenicios y cartigeneses para comerciar. Las hordas vikingas para invadirnos.  Los piratas malos de pata de palo…

Las Rías Baixas son una playa interminable frente a un mar en calma, que baña fantásticos territorios:

Montes de oro a los que encaramarse para disfrutarlas, junto a lagos con nenúfares de plata. Bateas a flor de agua sobre el paisaje vital. Veleros bordeando las curiosas formas litorales. Islas protectoras que emergen en el horizonte.

Rías Baixas de Galicia… Placer de viajeros de mar tranquila y  espejo de los que navegan al compás del viento. Donde el sol de la tarde convierte en fulgurante el paisaje que nos fascina.

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