DESAFIANDO LA CORDILLERA

Por J. J. García Pena

Dijo el atribulado Manrique:  

—- Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…»

Se refería, sin duda, a las vidas  de cada quién.

Porque la existencia grupal de nuestra especie tiene más de cordillera, con sus inevitables altibajos, que de curso fluvial, con sus meandros y su fatal deriva.

Avanzamos haciendo, mientras tanto, un camino que jamás fue trazado. Hollándolo, lo desbrozamos no solo para nosotros, sino  para  para quienes vienen detrás. Es un continuo subir y bajar cimas de una colosal sierra en pos de un destino que presentimos  mucho mejor. Cimas, abismos  y simas. Crestas y valles. Dientes de una sierra descomunal.

Eso es nuestra existencia, nuestro camino aún sin hacer hacia un mañana luminoso en que nadie quede atrás por efectos del hambre.

En este duro momento, que ya es un hito futuro que estamos escribiendo día día, nos hallamos luchando a brazo partido, pero mancomunadamente, en lo más profundo del valle. Y solo ascenderemos a la cima de la próxima montaña escalándola a pulso, con la inteligente tenacidad que caracteriza a nuestra singular especie.

Gracias al espíritu indoblegable e inquisitivo  de los humanos, hemos llegado a triplicar nuestras esperanzas naturales de vida y seguiremos ampliando ese horizonte. Pero ante esta y otras posibles pandemias futuras cabe preguntarnos ¿a qué costo?.

Ayer, como todos los días, bajaron dos de nuestros cinco  nietos a desearnos los esperados “buenos días, abuelitos”, con una sonrisa de cinco metros de distancia. (Los otros tres amados viven lejos y los vemos y sonreímos en dos dimensiones. Peor sería nada).

Todos comprendemos y aceptamos -ellos mejor que yo- que debemos mantener esa prudencial distancia. Debemos ser ,además de prudentes, pacientes. Todo lo pacientes  que haga falta ser.

– El virus lo portan los niños y contagian a los mayores, no al revés-, nos alecciona y cuida  la OMS.

Pero hoy, Valentina, después de sus escolares clases virtuales, bajó y me extendió sus brazos sin sonrisas: 

– Abuelito, quiero abrazarte…

Yo resistí el golpe, pero atiné a decirle dibujando una sonrisa exagerada para compensar la ausencia de la suya…

—- Ya falta menos, Vale, tené paciencia. 

Pero ese menos se me antojó un bloque de hielo que me envolvía y me estrujaba el pecho como una anaconda de vidrio sólida y fría.

Mi temor no es que me envuelva y me congele y asfixie a mí, sino que los perjudique  a ellos, mis afectos más caros.

Deseo, como todos,  que la mampara de hielo se convierta en agua cuanto antes y, evaporándose, no cristalice nunca jamás y que la anaconda se quiebre en  mil pedazos irrecuperables.

Soy paciente y puedo espera, aunque no indefinidamente, por el amanecer prometido. Porque si el precio que debo pagar por tener algún año más de vida fuese eternizar este espanto de no poder abrazar cuando quiero  o alejarme  por siempre de quien necesita abrazarme, me envolvería resueltamente en los diez brazos inocentes de mis nietos .

Quizás, si sobreviviese, en sus abrazos encuentre el antídoto natural que ningún laboratorio ha creado aún. Si no, ya he vivido más del doble previsto por doña Natura.

—- Gracias, doña Natura.

La vida sin dignidad (y el no poder abrazar es indigno de nuestra imperfecta especie) carece de sentido y valor. Un  aislamiento, indefinido en el tiempo,  quizás nos haga  más longevos, pero también más inhumanos. No necesito tirar una moneda al aire para resolver el dilema, llegado el caso.

Pero confío en nuestra innata capacidad de reinventarnos, en nuestra reconocida capacidad de escalar la cuesta de otro duro diente de sierra cuyo último gélido aliento cumbreño  nos arrojó al abismo en que nos hallamos. 

En la próxima cima , ya lo verás, brillará el sol sin polución . Por eso, una vez más, con la cabeza en alto, hacia allí vamos arañando la escarpada cuesta, dueños únicos de nosotros mismos.

Cuídate, haz ejercicio y no te quedes atrás, que ya empezamos la escalada y te necesitamos en la cima.   

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