DESDE ESTE LADO DEL OCÉANO

” …A piques de cumpllr 58 años bibiendo deste lado de la mar Océana en tieras de Yndios i entrellos, comuno más dellos, les devia aellos i me devia a mi mesmo esta rebision non fecha nuncantes. ”  (Elgaliguallo)

Por J.J. García Pena

La Historia -así, con mayúscula- del “descubrimiento” y conquista europea de América está plagada de medias verdades, incógnitas , hazañas colosales y afirmaciones imposibles, cuando no de datos falseados exprofeso para desalentar, aterrorizar y  confundir a posibles competidores de otras nacionalidades.  Baste recordar solo uno de los muchos dislates que registró en su cuaderno el ilustre Antonio Pigaffetta,  cronista de la histórica expedición de Magallanes y Elcano (1519-1522):  

“Hombres y mujeres no tienen más de un codo de alto y sus orejas son más largas que todo el cuerpo, de modo tal que cuando se acuestan una les sirve de colchón  y la otra de manta…” .

Mitos o transcendidos descabellados o discriminantes… ¿O cálculos  interesados? No todas fueron elucubraciones fantasiosas de ingenuos o alucinados. Había razones de peso para tanta desinformación de mala fe: los reinos de España y Portugal, con la mediación y bendición del Vaticano, se disputaban y repartían  la terra incógnita de ultramar.Un primer acuerdo papal celebrado en Tordesillas dividía, salomónicamente, el mundo en dos…

—-  De aquí hasta aquí será tuyo y el resto tuyo. Y yo reyno sobre entrambos dos. Amén.

Los portugueses, ya ” descubridores y dueños” de África, acataron -en el  papel-  el reparto pontificio que les otorgaba menguada  jurisdicción sobre la esquina atlántica del enorme pastel americano apenas descubierto. Pero, por la vía de los hechos, fueron corriendo la línea imaginaria hasta que, casi tres siglos después, debieron replantearse y acordarse los nuevos límites de la colosal torta, según el santo Tratado de San Ildefonso. Pero ni con esas se conformaron las partes. Sería interminable, densa e inoportuna la relación de todos los sucesos, fantásticos o no, registrados en las primeras décadas de la invasión europea.

Por tanto y sin más preámbulo, quiero centrarme hoy  en el terrible fin del Piloto Mayor de Castilla, don Juan Díaz de Solís  y cinco de sus seis acompañantes que, descendiendo de la nave principal, bogaron hasta las arenas del estuario que acababa de nominar como Mar Dulce -al que los lugareños llamaban Paraná Guazú- y  al que poco después los marineros españoles dieron en llamar Mar de Solís. 

El sexto acompañante, Francisco Fernández del Puerto, grumete de 14 años, sobrevivió a la memorable matanza tal vez debido a su corta edad u otros motivos que desconocemos. 

Si bien se acepta el 2 de febrero de 1516 como fecha oficial del descubrimiento del ahora denominado Río de la Plata por parte de la expedición de Solís, diversas  referencias de época lo dan como surcado en  anteriores expediciones secretas,  entre otras por una reducida flota portuguesa (1501-1502), a cuyo bordo venía un tal Américo Vespucci, cartógrafo florentino. No era la primera vez que el ambiguo espía surcaba las costas americanas sobre carabelas en cuyas bodegas se almacenaba cuanto de valor comercial encontrasen, ya fuese vegetal, mineral o animal,  incluso la captura de humanos para ser vendidos como esclavos. 

Leamos el extracto de una relación de las correrías caribeñas  del  insigne y muy cristiano cartógrafo Américo, en esta oportunidad  (1499-1500) al servicio de España:

 —-   Que (los tripulantes)  querían volver a Castilla a sus casas  y que no querían ya tentar al mar y la fortuna, por lo que acordamos apresar esclavos, cargar con ellos los navíos y tornarnos de vuelta a España, y fuimos a ciertas islas y tomamos por la fuerza 232 almas….// Cuando llegamos a Cádiz vendimos muchos esclavos de los cuales teníamos 200 porque los restantes hasta 232, habían muerto en el golfo y después de pagar los gastos de la navegación nos quedaron obra de 500 ducados que repartimos en 55 partes, siendo así poco lo que nos tocó a cada uno, con todo quedamos muy satisfechos con haber salvado la vida y dimos gracias a Dios porque durante el viaje, de 57 hombres cristianos que éramos, murieron únicamente dos que mataron los indios….”

Esas mismas fuentes dan por hecho que los secretos expedicionarios portugueses de 1501-1502,  con don Américo a bordo, tomaron contacto con los indígenas de las riberas platenses. 

Detalle no menor a tener en cuenta a la hora de  analizar el fatídico episodio de la fallida expedición de Solís.

Desafortunadamente, el libro de bitácora de Juan Díaz de Solís , continuado tras su muerte, desapareció en época imprecisa, pero sin duda posterior a 1596, ya que en esa fecha  hubo tiempo de ser copiado y publicado (1601) por el Cronista Mayor de Indias Antonio Herrera  y Tordesillas, por orden de Felipe II.  

El nudo central del relato, copiado del libro original ochenta años después de sucedido, nos sorprende por la evidencia de una ferocidad desmedida…

—-  Juan Díaz de Solis, quiso en todo caso vèr, què Gente era esta, i tomar algun Hombre para traer à Castilla. Saliò à Tierra con los que podian caber en la Barca: los Indios, que tenian emboscados muchos Flecheros, quando vieron à los Castellanos algo desviados de la Mar, dieron en ellos, i rodeando, los mataron, sin que aprovechase el socorro de la Artilleria de la Caravela: i tomando acuestas los muertos, i apartandolos de la Ribera, hasta donde los del Navio los podian vèr, cortando las cabeças, braços, i pies, asaban los cuerpos enteros, i se los comian. Con esta espantosa vista, la Caravela fue à buscar el otro Navio, i ambos se bolvieron al Cabo de S. Agustin, adonde cargaron de Brasil, i se tornaron à Castilla. Este fin tuvo Juan Diaz de Solis, más famoso Piloto, que Capitan. 

Según los horrorizados testigos, solo el menor Francisco del Puerto se salvó de la hecatombe carnívora. Once años más tarde serviría de intérprete y guía a distintas expediciones europeas.

A raíz de este relato horripilante, generación tras generación se nos ha seguido repitiendo que los indígenas platenses -o parte de ellos-  eran antropófagos. Es muy posible que hubiera habido, entre las tribus que componían la poblaciones  de la extensa cuenca platense, alguna que lo fuese. Nada antinatural ni perverso, objetivamente, hay en ello. Es puramente cultural, como la infibulación o la circuncisión, vistas por ojos ajenos como prácticas réprobas. Nuestra especie, como las de tantos otros animales, recurrió al canibalismo en diversas etapas- incluso recientes- de su evolución social.

Sin embargo, no hay ninguna evidencia de tal extremo y práctica  alimenticia, ni siquiera ritual, entre las diversas etnias al oriente del rio Uruguay (charrúas, yaros, bohanes, chanáes, arachanes, minuanes…) lugar donde, supuestamente, ocurrió la feroz carnicería de Solís y los suyos.

Antes bien, los charrúas (que, además, como las demás etnias vecinas, a la llegada de los europeos poblaban tanto las riberas orientales como las occidentales del Paraná Guazú) tenían gran respeto por los muertos, comprobable en la forma en que los sepultaban. Eran peculiares inhumaciones estratificadas, rodeados de ofrendas de comidas y adornos, conducta no observable entre caníbales. La leyenda de los “charrúas come hombres”, no soporta un análisis serio e imparcial. 

Quizás, entrelineada en el macabro relato y confrontada con los hechos objetivos, podamos encontrar la respuesta al enigma secular. Estoy convencido de que no fue la antropofagia la motivación central de esa masacre “india”.

Si el señor Juan Díaz y cinco de sus soldados fueron emboscados, muertos, transportados, trozados, asados y comidos… ¿Por qué no sufrió igual destino el menor de 14 años, cuya carne sería, sin dudas, más tierna que la de los curtidos marineros? ¿Quizás lo reservarían para cebarlo y consumirlo como un cerdo cuando alcanzase mayor porte en su cercana adultez? ¿Por qué, entonces, no comieron al mismo habiendo llegado y superado, entre ellos, la edad de 25 años? ¿O, acaso, aquellos bárbaros se habrán condolido “cristianamente” de la inocencia del pobre muchacho?    

El mismo grumete permaneció más de diez años entre los “herejes caníbales” y luego se unió voluntariamente a otras expediciones españolas en su condición de lenguaraz. ¿Por qué nunca comunicó a sus compatriotas que esos “infieles” eran antropófagos? 

Si descartamos que Francisco adoleciera de masoquismo, ¿por qué al tiempo dejó la recuperada convivencia “civilizada” con sus paisanos y volvió a reanudar y terminar su vida entre “salvajes antropófagos”? 

Pero aún nos falta analizar, deshilándolos frase a frase, los pasajes más truculentos  del testimonio escrito hace cinco siglos.  Leamos:  

—- Juan Díaz de Solís, quiso…//…i tomar algun Hombre para traer a Castilla…”       

La intención de don Juan está abiertamente declarada.  ¿Sería esta la primera vez que el descubridor, u otros europeos, intentarían cometer tal felonía contra los naturales? Me recuerda la hazaña mercantil caribeña relatada por Vespucci en 1500: Acordamos apresar esclavos, cargar con ellos los navíos y… 

Continuemos leyendo:  

—- Los Indios, que tenian emboscados muchos Flecheros…”.   

Incluyendo al mismísimo Colón, son innumerables las referencias escritas de los propios europeos respecto al buen recibimiento y bondad de carácter de los indígenas de todas las latitudes ante el invasor blanco, creyéndolo una especie de ser superior.  Solo cuando éste manifestó sus torvas intenciones, algunos de ellos se tornaron belicosos y extremadamente crueles, casi tanto como los intrusos de espada y cruz. ¿Por qué, entonces, estos nativos habrían de esperar emboscados a quienes, supuestamente, nada les habían hecho? No era sumodus operandi habitual…

Prosigamos : 

—- I rodeando, los mataron sin que aprovechase el socorro de la Artillería de la Caravela…”  

¿No es llamativo que los nativos no reaccionaran con pavor frente al desconocido estruendo de las descargas de artillería pesada…si fuese esa la primera vez que las escuchaban?¿Por qué no temían ser alcanzados por las bombardas que, de fijo, debieron levantar columnas de agua muy cerca de la orilla del lance? ¿Acaso ya sabían , por pura experiencia, que los cañones de los intrusos tenían un alcance limitado?  Así debió ser. Sentido común aplicado. De otra manera hubieran salido aterrorizados de la escena.

Sin embargo, lejos de huir despavoridos se quedaron en la playa, dueños de la situación:  

—- I tomando acuestas los muertos, i apartandolos de la Ribera, hasta donde los del Navio los podian vèr…”.

Es decir, se tomaron el trabajo de acarrear los cadáveres a un lugar prominente, poniendo especial cuidado en que los pudieran ver desde la carabela. Comienza a tener sentido el viejo relato. Sigamos: 

—- Cortando las cabeças, braços, i pies, asaban los cuerpos enteros, i se los comian. Con esta espantosa vista, la Caravela fue à buscar el otro Navio…”   

Los indígenas había conseguido su objetivo: vengar anteriores afrentas a su pueblo y escarmentar ejemplarmente, poniendo en urgente retirada, a quienes ya no consideraban dioses venerables, mediante la impresionante puesta en escena de una feroz y exagerada mímica totalmente real y lo más sanguinolenta posible. El aspaventoso mensaje no necesitaba traductor ni parlamento: “Si intentáis bajar de la nave así será vuestro fin.” Por eso

—-  Con esta espantosa vista, la caravela fue a buscar el otro navío…

Dejando  atrás el horrible teatro sin detenerse a castigar la herejía ni rescatar al infeliz grumete.

—- I ambos se bolvieron al cabo de San  Agustín adonde se cargaron de Brasil y se tornaron a Castilla.     

Es decir, se reunieron las carabelas de la expedición, surtas en la entrada del estuario, a la altura de la hoy Punta del Este y pusieron rumbo a la Península Ibérica, no sin antes  cargar, en el cabo de San Agustín, los navíos con el codiciado palo brasil, para intentar paliar en algo, con su venta, el costo de la fracasada expedición.

Curiosamente, dos de los casos sí documentados de canibalismo – eso sí, totalmente justificables por su extrema necesidad en esta austral región del mundo- corresponden a dos episodios protagonizados por blancos católicos de origen europeo.  Uno  en el siglo XVI  y otro en el último tercio del siglo XX.

“Todo sirve de alimento: sapos, culebras, carroña y la misma carne humana. Dos personas a escondidas recortan jirones de carne de un colgado a quien ejecutaron por robar un caballo y se los comen.”  (Ruy Díaz de Guzmán).

 “Las cosas que allí se vieron, no se han visto en escritura: comer la propia asadura de un hermano. Oh! juicio soberano.”       (Poema de Luis Miranda de Villafañe)

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