DESDE LA RAÍZ

Por J. J. García Pena

A medida que se diluía mi raro acento español, mezcla del gallego de las rías altas con el cantarín gracejo gaditano, iba incorporando nueva terminología idiomática. Y, sobre todo, dejando de usar expresiones comunes e inocentes pero que, dichas en mi nueva tierra, eran causa de burla y discriminación, tanto barrial como escolar. 

Aprendí que si le llamaba chivato al adulón de la maestra, nada significaba para él. Hasta que entendí que, si quería ofenderlo por su tendencia a la delación, debía decirle alcahuete, chupamedias loro

Y supe que no había ni un solo mentecato en todo el Colegio Nueva Pompeya. Se les conocía como giles, nabos, papafritas o zapallos

A los extranjeros se nos aplicaban diversos nombres según la procedencia.  Gayego (o gaita), tano, porteño, paraguas y brasuca, equivalían a español, italiano, argentino, paraguayo y brasileño. 

Generalmente se les acompañaba de sendos y amables complementos tales como cuadrado, perchento, baboso o fanfarrón, atrasado y macaco.

Dado mi origen, nada tardé en saber por qué tuvieron la gentileza de otorgarme el de gayego, seguido de cuadrado;  derivado, sin dudas,  de las aristas que se encuentran en algunos  objetos duros, ordinarios y sin mayor pulimento, tales como ladrillos, baldosas, dados y adoquines. 

Mucho más tiempo tardé en descifrar por qué a los tanos los apellidaban “perchentos”. No veía relación entre los sentimentales compatriotas de Giuseppe Garibaldi y las perchas. 

Cuando -curioso incurable- preguntaba a otros niños por el motivo, me miraban raro, como diciendo…

– Este pibe… ¿Es o se hace el gil?

¡Mirá lo que pregunta este botija, vó!

Aprendido de sus mayores, lo daban por hecho y punto.  Tampoco ellos sabían el cómo y el por qué  del origen del nombrete que distinguía a los itálicos.

El mote tenía su origen -lo supe tras tanto indagar e indagar- en que muchos de los inmigrantes italianos se dedicaron a la labranza y posterior venta ambulante de sus variados productos agrícolas, tan duramente cosechados: 

—- ¡A lu rico chipoline, pomidori, meli, a tanti cuanti pesi per chento!-,  voceaban desde el rústico carro de reparto, en su “cocoliche” de primera generación, al ofrecer sus sanos y económicos frutos hortelanos.

No pasaba un día en que no incorporase a mi bagaje lingüístico una media docena de nuevos términos y gestos faciales y  corporales.  Cuánto más aprendía, más quería aprender. 

La radio, y sus numerosas audiciones de tangos, se convirtieron en mis mejores aliados para descifrar el alma rioplatense. ¡Cómo se respiraba tango en el Montevideo de los 60! Se diría que Gardel, en persona, aún llenaba las fonoplateas.

Así como un año y medio antes en España me había aprendido de memoria los nombres de los reyes visigodos y los sultanes moros, ahora  quería conocer desde la raíz la extraña historia de una tierra poblada por invisibles “indios” de pintorescos nombres y usurpada por blancos “godos” de cruz y espada. 

Sabía que mis ancestros estaban en el origen fundacional de estas tierras despojadas a sus primitivos habitantes y ansiaba sumar  conocimientos para entender el encuentro entre ambos mundos.

De ahí que nada me interesara más que las historias que la maestra Libertad – y más tarde Margarita- nos hacía leer en los textos escolares. Muchos de tales relatos eran protagonizados por héroes de corta edad y ascendencia ibérica.  No era difícil para mí, por tanto,  identificarme con ellos.

Ya me había enterado, compungido, del calvario y mérito  de Dionisio Díaz, el niño mártir. Pero era muy reciente históricamente.  De 1929 a 1961 solo mediaban treinta y dos años…

También sabía de los desasosiegos de Tabaré, un ” indio “ de mentira, que el llamado Poeta de la Patria, don Juan Zorrilla de San Martín, había inventado para su lírica fundacional. 

Todo calzaba a la perfección: una tierra virgen y desconocida -para Europa-  a orillas de ríos de enorme caudal y sonoridad indígena, poblada por tribus que raptaban mujeres blancas para engendrar niños con las mejores características del  español y del nativo…

Magdalena, la bella española cautiva de un cacique charrúa, era la acongojada madre de Tabaré, el indio de ojos azules.

Yo me extasiaba leyendo las locuras poéticas del maravilloso escritor uruguayo. Y las creía porque quería  creerlas.  

Quizás yo, como el propio De San Martín, alejado tempranamente de su patria, necesitaba urgente una identidad de anclaje definitivo.

No obstante, no fueron las magníficas obras  épicas  Tabaré, La Leyenda Patria, ni siquiera  la Epopeya de Artigas, las que me entusiasmaron más en esa época tan temprana de mi formación amerindia. 

Eran  mentiras preciosas. Pero mentiras al fin. Prefería las historias verídicas. Y una mañana  gélida conocí la que parecía confeccionada a la medida de mis intereses.

Pero, por no abusar de  tu escaso tiempo, amable lector, la dejaremos para otra ocasión más propicia, que bastante lata ya te he dado por hoy. 

Y el relato, a diferencia de  la noticia y de nuestras vidas, no caduca.

 

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