DÍAS EXAGERADOS

Por Alberto Barciela

Los días discurren exagerados, como amanerados en decires y acontecimientos superpuestos, recién llegados por mensajería instantánea. El bombardeo de informaciones trascendentes o banales es incesante y, lo peor, es que casi todas son negativas y que, aunque así no fuere, resultan nocivas por el tiempo que nos consumen.

El mundo parece implosionar. Los misiles, las catástrofes humanitarias y naturales, las crisis de las grandes corporaciones, la inestabilidad política, convierten a nuestros móviles en una especie de campo de batalla en el que también cabe, de cuando en vez, alguna verdad de interés. Todo desproporcionado para el sosiego que reclamaría la vida tranquila que decimos ansiar.

Sobre nuestra aldea particular se precipita la global y, como auspició Marshall McLuhan, hasta ella arriban ráfagas que convierten al medio, ahora situado en nuestra palma de la mano, en el mensaje, creado por documentados responsables de marketing, astutos ciudadanos ególatras o terroristas despiadados.

A todo ello se une ese ser que invade nuestro teléfono o correo electrónico para distraer nuestro escaso Ahora con interminables videos que ya nos han enviado ochenta veces; con pensamientos intensos, reiterados hasta la saciedad en atribuciones disímiles con ocurrencias de última hora y temas de índole surrealista; fotos del cambio de perfil, casi diario, o de la autofoto -así se dice en español- con su cuñada. Y todo a cambio de un “me gusta”, un corazón, o la intención de que propaguemos sus dislates entre nuestros “amigos”.

Cuando me inicié en las redes con motivo de mis responsabilidades profesionales como coordinar de un congreso internacional de periodistas sobre las noticias falsas – dicho así, en perfecto castellano-, por mi apetito de relaciones, otorgué vínculo a un cocinero hindú. Tras él, de forma inmediata y no elegida, llegaron ingentes nuevos profesionales de la cocina de aquel especiado país, en un guiso indigerible para un único europeo de estómago delicado y voluntad de síntesis. Dediqué meses a buscar en el menú cómo “bloquear” -en terminología de las redes- a tan bienintencionados sollastres, reputados chefs e innúmeros pasteleros, vacas sagradas del negocio de la comida de la ex colonia británica a los que supongo desolados por mi falta de apetito sobre sus novedades. Espero no haber causado con ello un desastre en la restauración hindú, pero siquiera puedo estar tan seguro como de que yo no hablo sus múltiples dialectos y malamente podría sacar provecho -ni bueno ni malo- de su culinaria. Perdón por ello.

Hay que cuidar el tiempo y el estómago, pues la salud va y viene. Mis mensajes han engordado con recetas variopintas para adelgazar; elevadas propuestas de carácter sexual de variada índole, halagos que me sitúan entre los 200 dirigentes con futuro en el país o en el continente o en el mundo; ofertas de dinero muy barato para comprar monedas virtuales que me harían rico al instante; viajes exclusivos a precio de ganga; Honoris Causa ofertados por ferreterías o la posibilidad de aprender coreano en 10 horas.

Cuando he buscado información sobre un leve papel  -una postal, quizás- de mi pueblo, algún robot remoto ha situado publicidad relacionada con mis teóricos gustos en todas las páginas web que he consultado en los siguientes días, con ventajosas ofertas. Sin duda, ellos saben lo que siquiera yo sé de mí mismo, de mis anhelos y apetencias, y, según dicen, incluso negocian con mis datos.

Por si les falta alguna circunstancia, diré que nací en la playa de Arealonga, en Chapela, en el centro de la Ría de Vigo. Vivo en Bertamiráns, un núcleo agradable en el Val da Mahía, entre Santiago de Compostela y el mar de Noia. Los sábados los dedico a mi padre, paseamos por Redondela. Los domingos los comparto con mi familia de Padrón y Calo. Leo, reflexiono, escribo, paseo, converso, escucho música y el gorjeo de los pájaros. Respeto a los otros, compro pan y leche, contemplo las estrellas. Creo, como Risco, que “desde el lugar más pequeño del mundo se puede observar todo el universo”. Mis días tienen 24 horas, de las que procuro dormir un tercio. Pero, al margen de la salud y del bienestar de las personas próximas, mi mayor logro es haber encontrado una opción en mi teléfono que me permite eliminar aquello que roba segundos a mi paz o a mi libertad, bien sea un cocinero hindú o un robot chino. Ni un minuto más entre cacerolas e indocumentados pelmas. Algo intuía, pero me determinó de forma concluyente saber por José María Álvarez Pallete, Presidente de Telefónica, que “si le preguntan a la gente lo que hace y lo que quisiera poder hacer, necesitaríamos días de 31 horas”.

Nos quejamos, muchas veces, de que no tenemos cobertura en nuestros aparatos o de habernos quedado sin batería. Las metáforas son potentes. La verdadera cobertura nos la conceden los seres con los que compartimos los presurosos días, los buenos momentos que nos proporcionan las pequeñas cosas accesibles: las actividades culturales, el humor, una conversación o una tertulia, observar el paisaje, contribuir a una causa justa, acompañar a un enfermo, enseñar a un niño, o pensar en el bienestar de un anciano. Nuestra carga vital se desgasta si no la recargamos con los próximos, con la familia, con los amigos, en nuestra aldea, en nuestro hábitat, con lo que, estando ahí, no cuesta más que apartar la vista de una pantalla. Si piensas de otra manera, bloquéame, no merezco indigestarte con mi receta vital.

(5) Comentarios

  1. Pues sí, Alberto. Todo se exagera en este tiempo en el que no existe mas cultura que la del Facebook y demás redes sociales… Excelente artículo. Se te sigue.

  2. Todo se exagera, efectivamente. Lo preocupante ya no son solo las nuevas tecnologías, es decir, los medios que todo lo agrandan, sino la carencia de ese periodismo comedido que ponía las cosas en su sitio. Parece que ahora lo que realmente gusta más es el show informativo, sobre todo en la tele, pero también en esos periódicos digitales en los que vale mas una exageración que una verdad.

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