DONDE LA BELLEZA BUSCA SU REFUGIO

A José Ángel López Veiga, in memoriam.

Esta madrugada me asomé a la ventana para contemplar la Luna y me encontré con una nueva estrella brillando intensamente en ese cielo limpio, al que solo acceden los buenos y generosos. Mire el reloj y supe que había ocurrido lo inevitable. No me digas porqué, pero me puse a recitar poemas y canciones que, como bien sabes, son mis rezos.

Así que espero que alguno le haya llegado a esos dioses que, junto a la fortuna, nos mandan crueles y largas enfermedades, los muy cabrones. Supongo que todos tendrán en cuenta tu bonhomía y tras hacerte sufrir de esa manera te cederán un trono al lado de los suyos, que bien lo has ganado como hijo, como compañero, como padre, como abuelo y como amigo.

No sabes cómo siento que te hayas ido tan pronto, Jose. No entraba tu viaje en mis planes y he tenido que acudir a las musas para secar tanta lágrima. Ellas me dieron esta idea.

Ahora que te fuiste hablaré contigo más a menudo. Miraré cada noche que se me permita hacia ese cielo de los justos para que revivamos los inolvidables momentos de nuestras vidas que despertaron nuestro amor por el país, que no había ruta que se nos resistiera. Y vagaré otra vez por esos lugares donde la belleza busca refugio, en compañía de tu alma y de tu recuerdo.

Como cuando fuimos a la gran montaña…

Las cumbres estaban llenas de blanca soledad y el tiempo transcurría libremente, en el más profundo de los silencios. Era invierno en la sierra común y el paisaje que nos rodeaba ya era otra vez blanco luminoso, incluso brillante.

Desde la Peña de las nieves de nombre Trevinca, la vista alcanzaba los tejados de pizarra del refugio, la pequeña aldea y los valles profundos ocultos bajo la niebla.

Ya sabes, aquello es el techo galaico-berciano, frontera de belleza serena a la que los picos nevados aportan una especial atmósfera de quietud, de calma…

Descendimos aquel día bajo un nebuloso cielo de plomo y volvimos a pisar el camino que conduce a la vieja aldea, próxima a las minas del oro negro:

Petín, A Rúa, Vilamartín, Rubiá, Carballeda y O Barco son Galicia. Reciben la brisa de la gran montaña, su influencia climática y también socio-económica.

Cacabelos y Villafranca son el Bierzo, municipios que viven a la sombra de la gran sierra, últimas estribaciones de la cordillera Cantábrica.

Entre El Bierzo y Valdeorras hay mucho en común: son comarcas hermanas que incluso hablan, a veces, el mismo idioma. Y ambas son, por naturaleza, bellas.

Desde Trevinca, frontera natural, la vista alcanza una buena parte de ambos territorios.

Pero… tu bien sabes que aquel día teníamos un motivo especial para visitar El Bierzo: yo le llamé “El Valle Encantado”, por la performance del paisaje:

Sobresalen multiformes pequeños y grandes túmulos ocres por entre el bosque frondoso. El valle se esconde tímido de la montaña y solo desde el mirador de Orellán se alcanza toda la hermosura que existe en el lugar más asombroso…

Se le conoce como Las Médulas y nadie diría, ante tamaña maravilla, que todo esto fuese un cúmulo de deshechos mineros.

Nos contaron aquella vez que este mágico lugar tenía entrañas de oro y para conseguirlo se construyó todo un laberinto de cuevas que hoy se nos aparecen como encantadas. Para lavarlas se desvió el curso de los ríos menores.

Porque, el ingenioso sistema extractivo estaba basado en el agua: en su fuerza erosiva, cuando se arrojaba desde singulares depósitos situados en lo alto, por las galerías previamente excavadas.

Nosotros estuvimos en la gran mina de la Roma imperial y el berciano paisaje de oro que mereció el título de Patrimonio de la Humanidad.

¿Te acuerdas? En aquella excursión tuvimos tiempo de pisar aquellos caminos de piedra que conducían a Roma y el puente por el que cruzaron el río Sil las legiones del César, fundador de las augustas ciudades de Asturica, Brácara y Lucus, la capital de la Gallaecia.

Las antiguas vías romanas abrieron los límites del territorio y por ellas descubrimos la próspera antigüedad de la tierra común. En las losas de piedra de las antiguas calzadas está escrita una buena parte de la propia historia galaico-leonesa. Atraviesan aún hoy los “ríos del oro” con puentes que sobrevivieron al paso del tiempo.

Estos caminos son el testimonio de aquel proceso cultural que ocupó los cien primeros años de nuestra era.

Finalmente recordarás, mi amigo, que recorrimos algunos de esos cursos fluviales, los pequeños ríos del oro, para llegar a los fulgurantes lugares en donde el agua nos entusiasmó. Me refiero a la del lago que rodea un jardín natural, en el que han vuelto a crecer los abedules; espacio protegido de agua mansa, espejo de la estancia perfumada que ilumina cada día una luz diferente.

El lago de Carucedo, fruto de la actividad minera en Las Medulas, rodeado de encinas, sauces y juncos. Y el de San Martiño, que nace del agua embalsada del Sil, entre Petín y A Rúa, para procrear un paisaje abierto a la vida saludable y escribir en sus espejos relatos legendarios que hablan del caballero Roldán, el gran mito francés.

¿Sabes? El agua de los ríos que Rosalía convirtió en poema y Amancio Prada en música, sigue siendo protagonista del paisaje berciano y del gallego.

La fuerza del agua creó el actual cuadro cultural de Las Medulas, y es el agua quien entona la sinfonía natural de las tierras de El Bierzo y de Galicia.

Desde la montaña común, bajan pequeños ríos para alimentar al grande. El Selmo, el Turbia, el Valcarce… Van todos a morir en el Sil. El Sil cruzará el Bierzo desde su nacimiento en las montañosas praderas de Cuetalbo adentrándose en tierras gallegas encajonado entre piedras de pizarra. Y será siempre famoso por saciar la sed del Miño y crear los impresionantes espacios de la Ribeira Sagrada.

Por todo lo que vivimos juntos, Jose,  quiero decirte adiós cantando a dúo con Amancio…

Este es el recuerdo que tengo de aquellos días en que acudimos juntos a la montaña en busca del nordés, nuestro viento favorable. Hasta otra noche, Jose; y gracias por tantos años de amistad inolvidable.

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