EDUARDO LOURENÇO, IN MEMORIAM

Por Alberto Barciela

El jurado del Premio Pessoa lo resaltó como una personalidad intelectual, cultural, ética y cívica cuyo ejemplo resultaba “imperioso” para la sociedad portuguesa, con certeza podrían haber significado que también para la europea y la mundial.

Generoso y modesto, Eduardo Lourenço de Faria, se inmiscuyó como nadie en los laberintos del autor del Libro del Desasosiego buscando la lucidez contenida en un mar de pensamientos, libros, conocimientos, reflexiones. Nadie sabe navegar como un lusitano, los horizontes de ese pueblo son infinitos. Uno se busca a sí mismo y a los demás abriendo los balcones, analizando las tormentas, y sabiendo que volverá a escampar y nacerá un nuevo amanecer, con su luz. Esa es la esperanza tras la desaparición de un mito.

Los caminos acertados de la vida deben intuirse entre palabras con sentido, ordenadas, conscientes de que son las que nos comunican las singulares conquistas de la reflexión elevada. Hay que saber exprimir el saber y cartografiar con él nuevos derroteros. He ahí la una misión intelectual: conocer, leer, analizar, ser examinado, extraer, proyectar, intuir, proponer, indagar, analizar, criticar, exponer, clarificar, divulgar. Lourenço fue un experto indagador y un audaz descubridor de horizontes.

EL SABIO AMIGO DE NÉLIDA PIÑÓN

Hasta el conocimiento de Lourenço llegué por Nélida Piñón, coincidiendo con la última prolongada estancia en Lisboa de la Premio Príncipe de Asturias. En el transcurso de nuestras inolvidables conversaciones de esos días, me lo significó como un destino necesario, imprescindible. Entre sus indicaciones, siempre sabias, me instaló ante la obra, amable, mansa, inmensa, serena, de un analista de laberintos, absolutamente libre, como ella, apartado de doctrinas oficiales, discrepante, disconforme, heterodoxo sí, pero también vislumbrador. Como no podía ser de otra manera, admití el hilo de Ariadna que me propuso la Académica, busqué con la curiosidad inquieta y hallé una obra consistente, seria, una sucesión natural de las indagaciones que comenzaron en Grecia y que se han de prolongar por milenios y muchas  respuestas.

Nélida y Eduardo Lourenço coexistieron en la urdimbre del saber, también en la amistad de Pilar del Río, viuda de Saramago y Presidenta de su fundación, y tantos otros intelectuales portugueses; en el recurso permanente a Machado de Asís, Eça de Queirós o Pessoa; en las raíces de los pequeños lugares determinantes -Borela, en Cotobade, Pontevedra, Galicia, en el caso de la escritora, y a São Pedro de Rio Seco, concejo de Almeida, distrito de Guarda, cerca de la frontera con Salamanca, en el del  ensayista, profesor universitario, filósofo e intelectual ahora desaparecido. La aldea y la evocación les fusionan en una mística común ligada a los antepasados, queridos inolvidables, y en la “mítica de la ausencia”, un canto a la pérdida de los amores y pasiones, como en una mezcla de dolor y placer, como un retorno a la líricas de Homero o de Luís de Camões.

De lo antedicho nace una exigencia ética que, para estos dos polímatas esenciales, necesariamente se proyecta al servicio de los demás, especialmente de los más humildes. Para ellos, el otro existe. La otredad es una filosofía de raíz africana, que ambos autores ejercen, como dominan las filosofías oriental y latina, singularmente la española. Por ende, se han convertido en un cordón umbilical esencial entre Brasil y Portugal, entre Europa y América. Son seres poliédricos, universales que han promovido “la pequeñez y el hecho”, haciéndolos ser reconocidos mundialmente por sus saberes múltiples y eficaces, al servicio de sus tierras y de sus gentes, sin chovinismos limitantes.

Aunque no se sorprendan, me han conmovido las palabras emocionadas de Nélida Piñón dedicadas a Eduardo Lorenço. La he visto emocionarse como pocas otras veces. De él y de su obra ha dicho que es “lo mejor que hay en Portugal, en Brasil, en lengua portuguesa”, también subrayó su invitación para poner en valor toda la cultura lusa. “Si Eduardo Lourenço existió, nosotros tenemos que resistir” para seguir defendiendo la convivencia, el humanismo, la democracia, los dictámenes de la civilización. Lo  propuso en facebook la autora de “La República de los Sueños” y ahora, de otra gran novela, “Un día llegaré a Sagres”, entre otras muchas obras magníficas.

Ambos significan un canto ideológico sensible, humanista, para una época de extravíos. El mejor homenaje es leer sus obras. Nos permitirán acceder a las culturas portuguesa y brasileña, a su simbiosis, y entender la singular perspectiva que desde lo menudo se tiene de lo enorme, aquello que hace abarcable y comprensible incluso lo eterno -palabra excesiva, en apariencia y fondo-.

Lourenço declaró a Alfonso Armada, y así se recogió en el “ABC cultural”, que “la humanidad fue creada bajo los términos de que todo tiene su veneno y su solución. Y la muerte es una especie de solución final que todos poseemos para aquello que no somos capaces de imaginar”. Él  ya es inmortal.

Repasar las notas que atesoro con sus reflexiones, releer algunas de sus entrevistas, conversar con Nélida Piñón en torno a su figura, ha sido inmiscuirse en sabiduría contrastada, evolucionada, vigente, saber cómo cruzar la frontera de la limitada capacidad para llegar a todos con la profundidad que se requeriría, paladear cada idea para converger de manera orientada en el vínculo de los grandes pensadores.

Modestamente creo que en España tenemos que hacer un esfuerzo profundo para allegarnos, muy señaladamente, a los intelectuales portugueses y brasileños.

Lourenço, que tanto conocía y admiraba a Fernando Pessoa, le ha desmentido rotundamente. “Si después de yo morir quisieran escribir mi biografía, no hay nada más sencillo. Tiene sólo dos fechas, la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra todos los días son míos”. El rey del desasosiego no entendería la generosidad de su gran estudioso, merecedor del galardón que lleva su nombre.

Admirado Eduardo Lourenço, siempre nos encontraremos en los libros y en las hemerotecas, ya digitales. Ya tengo saudade de usted, un mito, y también morriña de Portugal, un querido país hermano, como Brasil. Sigamos el rumbo de la mano de los sabios, es la única manera de arrobar al descubrimiento de lo que en verdad merece la pena.

Descanse en paz.

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