EL AGUARDENTEIRO Y SU AMANTE

El “augardente” es tan gallego como el “carballo” y cuando arde, para las ninfas del bosque de la alta montaña es la forma impura de la quintaesencia…

—- Para aquella gente de antes de la guerra,  su descubrimiento fue un milagro porque calienta y da la fuerza necesaria para trabajar la tierra con alegría.

Esto  decía mi ilustre profesor de latín, Xesús Ferro Couselo.

Mi cuñado, Pepe Mato, viajero al espacio que fue en vida el mejor pediatra de Ourense, me contaba cuando tenía consulta abierta en el Parque de San Lázaro, en los años sesenta…

—- No sé cómo estos niños de Queixa y de Manzaneda viven con lo que les dan. ¡Les echan aguardiente en el biberón y dicen que es para que no pasen frío!

—- Bueno, yo recuerdo que mi abuela me curaba los catarros con vino tinto mezclado con yema de huevo y azúcar… ¡Y daba resultado!

Supongo que el “augardente” contribuyó a aumentar el censo de alcohólicos de Galicia en el siglo pasado, pero nadie se interesó por tal estadística.

Pero en este mi País, el “licor de fuego”, como le llamaría un sioux americano por su alta graduación, fue siempre una medicina:

—- Desinfecta las heridas, se utiliza para antes de poner una inyección, para el dolor de muelas, para “la reuma”, para los catarros y gripes, para todo tipo de enfermedad, hasta para el dolor de barriga…

Según el “augardenteiro” de Lousadela aquello era un licor milagroso, en sus tres presentaciones:

—-  Blanca, de herbas ou en licor de guindas ou outras frutas…

—-  Ou en “queimada”, ¿Non?

—- ¡Non ó! Esa é unha trapallada que inventaron ahora nestes tempos modernos…

Estábamos en 1962. Yo había ido a Portomarín a ver cómo iba el asunto del “asulagamento” del pueblo, que tenía medio revolucionada  a la provincia de Lugo y me acerqué a Láncara para hacer un reportaje sobre el origen de los Castro y otro sobre la elaboración del aguardiente.

Emilio Veiga Pose lo sabía todo del “augardente” y me rompió aquel día el mito de la “queimada”

—- Ese es un asunto para turistas…

O sea, que no había nada para él en el ardiente líquido de “comunión de la raza”, ni siquiera de “exaltación de la Galleguidad”…

—- Pues no. Aquí lo que sienta bien y lo que se estila es “tomar la parva” por la mañana temprano. ¡Eso sí que es bárbaro!

—- ¿Blanca o de hierbas?

—- Yo tomo hierbas para el vientre. Es muy bueno.

—- ¿Y que lleva?

—- Canela, clavo, nuez moscada, te y una hierbas que yo guardo en secreto, que incluso te dan potencia “amorosa”…

El “augardenteiro” solo tenía por herramienta el alambique que componen el capacete, la varilla y un  depósito donde está la serpentiña o culebriña. Utiliza leña de carballo para destilar…

—- Nada de butano que le resta aroma…

—- La pota ha de ser de cobre…

—- De bó cobre, deste que eu teño xa non queda.

Emilio decía que tres capachos de bagazo bueno daban un garrafón y pico de aguardiente…

—- ¿Y entonces usted va por toda Galicia para destilar con el alambique a cuestas?

—-  Non ó, levo no carro pero a maior parte da miña producción fagoa na casa porque me traen o bagazo…

La campaña empezaba en octubre y terminaba a finales de marzo. Y claro, Emilio pasaba muchas noches fuera de casa…

—-  Yo tengo tantos amores como tú o más. Porque conozco muy bien a todas las mozas de todos los pueblos de Lugo y Orense. Les cuento cuentos mientras se hace la potada y después viene todo lo demás. Porque muchas se hacen de noche, hasta la madrugada.

—-  Y la noche es cómplice y muy romántica…

—-  Yo les digo que tengo ciento cincuenta años porque había nacido en la Luna. Y me contestan…

—-  ¡Pois para ter tantos anos estás moi bó!

—-  Ahí empieza el juego… El marido ronca, bebemos las primeras gotas de la potada y comienza el asunto que dura tres potadas por noche…

—-  Pues tres…. ¡para tener ciento cincuenta años no está mal…!

Aquel día Emilio Veiga me dejó una frase para la posteridad…

—-  Un gotiño de augardente deixa o estómago quente e fai o home forte e valente…

Hay veces que me acuerdo de Emilio y de su posteridad, porque solo duró un año más de los ciento cincuenta que le contaba a las mozas de buen ver.

La culpa la tuvo una noche de desenfreno en Penamaior, casi en Becerreá, a donde llegó con su carro y su alambique…

La muchacha era tan hermosa que lo llevaba a menudo a aquel pueblo con vistas panorámicas a la montaña. Ella le vió pasar al anochecer de aquel diciembre frío, con nieve en los caminos, y le gritó:

—- ¡Emilio! ¡Pasa que ven unha “neverísima” tremenda!

—- Vou…

Y allá dejó carro, alambique y bártulos todos que traía encima, en la misma puerta de la casa de Herminia, como si se hubiese tomado una buena copa de “augardente” de esas que hacen al hombre “valente”.

Cenaron ambos “abondosamente” y bebieron licor café, variedad del agua de fuego que elaboraba ella con mimo…

Ninguno de los dos se hizo preguntas porque suponían que con aquella noche infernal, la camioneta de Raimundo, el marido, no ascendía por aquel camino pizarroso, con 20 centímetros de nieve, desde Becerreá

Así que, utilizaron el lecho matrimonial para dar rienda suelta a sus amores, desenfrenadamente, una y otra vez, mientras en la habitación a oscuras se notaba la presencia de un fantasma, porque no podía ser Raimundo, que él no podía llegar, que va; volver a casa en esa noche era como querer suicidarse…

—- Sigue, sigue que non hai nadie.

Pero Raimundo Verea, solo en Becerreá, triste y con ganas, decidió que iba arriesgar su vida porque deseaba a su mujer. Y así fue. Ascendió por aquella pista de serpiente, nevadísima. Tardó una hora y media, pero llegó. Aparcó la furgoneta y esperó porque…

Oyó gritos de pasión que salían de su cama. Eran de su mujer. El hombre guardaba silencio, pero su mujer sentía un enorme placer…

Entró en la casa, fue a la estancia, vio lo que vio, y salió de la habitación hasta el alpendre, donde se hizo con un pico…

La pareja seguía en su mundo de placer ajena a todo peligro…

Seguía nevando fuerte cuando Raimundo levantó el pico y la mató a ella primero, que la postura era la adecuada. Luego, ante un Emilio aterrorizado, Raimundo levantó el pico por segunda vez y con toda su fuerza horadó la cabeza del “augardenteiro”.

Nevó y nevó durante seis días; y Raimundo y sus dos cadáveres tapados por la nieve estuvieron incomunicados hasta que llegó la Guardia Civil para liberarlos de aquella prisión blanca… Pero la incomunicación era lo de menos…

Raimundo, lacónico, confesó:

—– Mateínos eu. Púxome os cornos… Eu a quería moito, pero traicionóume….

Emilio y Herminia recibieron sepultura en el cementerio de los que morían en pecado y Raimundo ingresó en la prisión de Lugo, donde murió de pena…

En los bares de Láncara y Portomarín –que aún celebra “la fiesta del aguardiente”– se dice que, desde que Emilio fue asesinado, el “augardente” de la zona ya no es el mismo.

Un Comentario

  1. Carallo co augardenteiro… Nada menos que con un pico. A historia é tráxica pero bótase de menos aquela xente que viña polas aldeas a facer a potada.

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