EL ANSIA DE VOLVER A TIEMPO

Por J.J. García Pena

A  las playas y roquedales de Montevideo no es raro que llegue algún lobo marino desde su hábitat natural en la isla homónima,  pero  no suelen llegar delfines vivos. Si acaso, el cadáver de algún desventurado que, confundido por el gigantesco estuario del Río de la Plata, se desvió de su atlántica ruta migratoria y pagó caro su error.

Por eso  decidí esperarlos, con dos riendas cabezadas, en las rocas de Punta del Este para convencer a un par de ellos  de que me permitiesen acompañarlos  en su viaje hacia el norte, en la búsqueda y persecución  anual de sus cardúmenes preferidos. 

-Yo los puedo guiar, segura y directamente, hasta los más abundantes y sabrosos –les prometí, apenas en un susurro, acompañando la propuesta con sendas caricias en las bruñidas cabezas  de dos mellizos que me sonreían, atentos e inteligentes, con un cuarto de cuerpo fuera del agua.

Los previstos arneses calzaron como un guante de cabritilla tras los hocicos lustrosos de los bellos ejemplares.

Mi desnudo y liviano cuerpo adolescente, repartido equilibradamente sobre sus pies en contacto con el lomo de las nobles bestias, no debía suponerles a éstas un peso significativo a juzgar por su ondulante y suave  velocidad de crucero y la permanente curvatura de sus sonrisas, ahora aumentada por la promesa que los motivó a complacerme.

—- Es allí. Cuando me dejen frente a La Tenencia peguen la vuelta y podrán comer cuanto quieran- , les dije a mis amables compañeros transatlánticos, mientras, con ambas riendas en la mano izquierda, les señalaba con la libre el antiguo caladero familiar de las más celebradas sardinas de Galicia.

Ya se divisaba la ría de Sada y al fondo, frente a Miño, la blanca silueta del pueblecito de pescadores.

¡Ya olía, recuperándolo, el perfume de la infancia perdida!

Pronto volvería a correr con mis hermanos y amigos por la playa de Las Delicias y asaltar, escalándolo, el inaccesible castillo de Fontán.

Desde Corbeiroa se alzó, como en bienvenida, un vuelo de gaviotas que parecían reconocerme.

Los delfines habían cumplido su parte y yo la mía. Nos despedimos con tres sonrisas genuinas y se alejaron presurosos.

Sentí su súbita ausencia bajo mis pies .

Entonces, mientras me hundía en la pleamar frente a mi casa de A Tenencia, recordé que no sabía nadar. 

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