EL CABALLO DE TROYA Y LOS REYES VAGOS DE PANDORA

Por J. J. García Pena

La Humanidad nunca había sido  inocente del todo antes del advenimiento de la TV. ¡Qué va…! No le echemos toda la culpa a «la caja boba».

No nos mintamos, que nos conocemos. Siempre hubo violaciones en masa, aunque ya es hora de  dejar de actuar como bestias, como manada.

Te acordás de aquel tema…

 —- Madre, hoy no me levanto, no quiero ir a la escuela… 

Te dejo el enlace por si te interesa conocer la jodida historia. Y no es de ahora, no. Escuchálo en silencio  y luego me contás.  Siempre hubo hijos de mil  putas tras la apariencia de gente bien nacida.

Solo que, con la insolente invasión permitida  de Internet en nuestros hogares,  ya no quedan  santos inocentes. Ni uno.

Papá Noel, payaso jocundo y anual,  igual que  Momo,  mató y enterró, de un saque, a tres reyes vagos (todos los reyes lo son) y sus tres lentos gibosos  y pronto se comerá, por anacrónicos y proteínicos,  los renos de su trineo volador.

Que esa su barriga, no es panza de vegano, no… Hábil superviviente, puso sus longas e brancas barbas gaiferanas  en remojo…  Se aggiorna o muere.

Ya firmó la compra de nueve drones OKm. No quiere saber nada de  renos ni otros cornúpetas, no sea cosa que, con esto de las manadas y tantos abusetas de pañuelo o mitra,  lo acusen de…

Hoy nos preguntamos, alarmados, por qué se extiende el «síndrome de la manada» en distintos países del mundo, al tiempo que, lejos de aflojar,  arrecia la violencia contra la mujer, entre otras víctimas tradicionales.

En algún momento dejaremos de gimotear cobardemente  y se nos dará por reflexionar que la solución no está en prohibir después, sino en prever muy anticipadamente.

Somos de capirote: primero dejamos circular libremente las patinetas eléctricas y luego  que se suceden las previsibles desgracias  -no antes-   se prohibe su venta y circulación. Pero los muertos, -que pudieron no serlo –  no reviven.

Compramos y usamos, libre e irresponsablemente,  drones fisgones sobre  la intimidad aérea de nuestros semejantes y en las inmediaciones de aeropuertos,  sin saber ni usarlos  y luego,  al  darnos cuenta del  tremendo error, se pretende legislar limitando su uso mediante reglas que debieron salir a la calle antes que el primer drone.

Nadie nos educa -no conviene al circuito comercial y bancario- sobre los peligros de tomar préstamos de ese dinero que nos promete la felicidad en forma de coches, viajes y demás zanahorias.

Cuando descubrimos que la felicidad sigue sin aparecer, al volver del soñado crucero o bajar el último paquete de ofertas de TV cable o adquirir  el último modelo de móvil, y solo nos queda de la zanahoria el anzuelo que se escondía en ella y que ahora tenemos clavado en el paladar:  la dura realidad de las facturas impagas.

Esos «generosos y fáciles» préstamos que -tarde comprobamos-  no podemos afrontar con nuestros miserables sueldos y pensiones.   

Cuando nos endeudamos, no conseguimos dinero sino deudas. Y las deudas son la vida que perdimos y perderemos en conseguir el dinero con que compramos esta nueva  frustración  que, incontrolada,  puede desembocar en furia feminicida del homosuicida.

Mientras estamos distraídos, hipnotizados por  Tontoflix , o digitando minipantallas, nos damos por satisfechos con dar pragmática enseñanza sexual a nuestros niños y jóvenes, y descuidamos darles educación respecto al trato  que nos debemos entre los dos sexos.

¿Dónde encuentran, entonces, ante tal vacío, información y adecuada educación sexual  nuestros jóvenes? Seguro que no en aquellos institutos que, si cumplieran con su razón de ser,  debieran ocuparse de educarlos en el respeto sexual  mutuo.

En ellos todo se resume a esto  es un pene y esto una vagina .Juntos pueden producir un pibe o un HIV. Usen condón,  no sean boludos.  Y ya está.

Dejamos librada al azar  la delicada obligación de educar su vida sexual,   al albur de lo que cada cual pueda o quiera ver y entender de muros adentro.

Confiamos la educación emocional respecto al sexo, a un maravilloso pero indolente artilugio cibernético: un moderno caballo de Troya, a cuyo contenido todos, chicos, medianos y vejetes, tenemos ilimitado acceso.

Algo nunca visto en los últimos dos mil años. ¡Y seguimos con los patrones morales del Año del Pedo!  

Es como pretender encerrar un león en una jaula de escarbadientes. Es como ponerle zapatos de adulto a un bebé de cinco meses y obligarlo a caminar.  Es como darle un arma y balas a un niño de diez años y confiar en que no se le escape un tiro fatal. Una locura colectiva de la cual nadie habla claro. No sé si por complicidad, por ignorancia, por cortedad,  por temor al ridículo o una mezcla de todo ello. Pero que  nadie habla claro es un hecho. Y no sabemos de qué filas saldrá el guapo que  le pondrá el cascabel al gato.

Antes resolvíamos y conjurábamos nuestros miedos colectivos  con solo  rezar diez avemarías y media docena de padrenuestros. Hoy  «resolvemos» nuestros terroríficos  fracasos sociales con sesenta segundos, por reloj (ni uno más),  de vergonzoso silencio aborregado y nos  aplaudimos, sabiendo que en pocas horas más habremos de volver a callar y tragar de nuevo.

Volviendo al caballo griego que duerme bajo nuestro techo, te diré que las mismas imágenes, claramente emitidas sin intenciones de educar  ni filtro alguno, son percibidas en la privacidad y comodidad del hogar por personas con criterio y sin él.

Por treintañeros, por gente mayor y por infantes impúberes y adolescentes sofocada/os de hormonas en ebullición.

Todo vale, en el Nuevo Marquesado de Sade.  Hembras y varones se excitan con las mismas imágenes y cada cual se desfoga como mejor puede. No hay órgano sexual más poderoso que la mente. Ni más peligroso tampoco…

Los rediles tribales hacen el resto del trabajo de encuentro social y las manadas, motivadas y cínicas se dan cita en los sanfermines, –«juntos los encuentra el sol, a la sombra de un farol, empapados en alcohol, «magreando» a una muchacha»- en los bailongos,  púdicos e impúdicos, o en un camping veraniego  de Argentina o Uruguay, tanto da.

El caso es reproducir las escenas aprendidas en Internet en que todos los participantes, por lo visto,  gozaban.

Alguien debiera explicarles que lo visto eran encuentros consentidos y preparados por y con gente que se lucra con esos lascivos vídeos profesionales.

Alguien debiera explicarles que,  tal vez,  en vez de comportarse como animales de manada, puedan conseguir lo mismo, pero sin violentar a ninguno de los participantes contra su voluntad.

Alguien debiera explicarles que  no es no siempre, hasta jugando o incluso, como dicen en España, estando de coña.

Internet es tan útil como un escalpelo: tanto salva una vida como ocasiona una muerte. Depende del usuario. Si a éste se le educa, en tiempo y forma,  en valores sociales, no habrá peligro alguno.

De lo contrario seguiremos lamentando desgracias en actitud borreguil como cada pocos días.

Hicimos saltar en pedazos  la tapa  de la caja de Pandora sin tener prevista ni una precaria tapa de emergencia. Salimos a navegar y sumergirnos a la bartola en un océano veleidoso  con la escotilla rajada y el periscopio sucio por la irreverente zupia de las gaviotas. 

Todos los demonios y los ángeles de la caja violentada  revolotean buscando, cual murciélagos sombríos,  posarse  en algún rincón  anónimo  de la cavernosa  alma humana. 

Es por eso que, en vez de averiguar, de una vez, quien es la madre del borrego para endilgárselo y que lo amamante,  seguiremos chorreando baba como bobos ante cada nuevo ataque de las manadas que vendrán y de las demás vict…  

(Artículo inconcluso por asco y hartazgo, no por falta de materia ni razones, sino por, precisamente,  exceso de las mismas. Que al buen entendedor le sobran letras.  Y  al zote no le alcanzarán todas las habidas).

(3) Comentarios

  1. El que es violento lo lleva en los genes y no creo que tengan nada que ver los nuevos modos de vida y las nuevas tecnologías para despertar a esos monstruos de nacimiento. El que es malo lo es porque así nace, aunque bien es verdad que en entorno familiar, el barrio, los amigos, etc. sí influyen en desarrollar esa violencia en el individuo con mayor o menor rapidez, es decir, entre la adolescencia y la madurez.

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