EL DUELO

Por J.J. García Pena

—- ¡Mataron al Tito, mataron al Tito!, ¡Ché!, ¡mataron al Tito, mataron al Tito! ¡Vamos!

Apresuradamente, recogió de la «troya» sus bolas -que ahora eran «bolitas»- y las metió en el bolsillo derecho de su pantalón corto con «tiradores«. Ya no les decía tirantes desde aquella vez que se rieron de su última «gayegada«.

—- ¡Vó, el «gaita» usa pantalón con tirantes, como el techo de un galpón! ¡Já, já, já, já!

Se sacudió la tierra de las rodillas y, ufano de no haber perdido -tampoco hoy-  ni una sola de las bolitas propias ni de las  ganadas, se sumó, tumultuosamente, al infantil tropel, abigarrado en pieles, en la tórrida tarde del barrio Plus Ultra.

Rápidamente aprendía  los nuevos códigos. Ya no decía tomad o agarrad, sino tomáagarrá. O tomen o agarren.

Se dio cuenta de que, por puro sentido práctico, los uruguayos le habían suprimido la de final a infinidá de palabras, como hicieron los cubanos con la erre y los andaluces, maestros del apócope y la gracia , con medio diccionario académico.

Recordaba:

—- En la lejana Sanlúcar un castizo  «¡yo no he hecho nada!», se resume en un sencillo ¡»choná»!

—- En el Río de la Plata un ¿Qué haces, tú?  se convierte en ¡q´asé, vó!    

—- Sencillo de asimilar.

Claro que, mientras el pequeño «gaita» se «avivaba» a precio de mofa infantil, su caja de zapatos, «yenita» de relucientes  bolas españolas,  se había reducido a un tercio escaso. Sin dudas, había sido una mala idea sacarlas todas juntas a la calle los primeros días… 

Ahora reconquistaba, tarde tras tarde, esferas de vidrio de colores, devolviéndole  el peso perdido a su importada caja de «botines«, llamados  zapatos un mar atrás.

Pero las recuperadas, aunque muchas,  eran docenas de bolitas sin brillo, esmeriladas  de tanto  uso y golpeteo, algunas de mármol veteado y un par de cascoteados  «bochones de a medio«. 

Nada que ver con las impecables bolas que su madre  le  había comprado en Coruña hacía un año. 

—- ¡Qué pillos estos criollos!

No obstante, se sentía satisfecho con su deslustrado tesoro recuperado,  señal de que ya no era tan «gil» como hacía doce meses. Además, respetaban su puntería.

Incluso lo llamaban por su nombre con creciente frecuencia y le preguntaban por tal o cual cosa de esa Galicia que vivís nombrando, ocasión que el niño aprovechaba para recordarles que, así como había llegado, un día -cuando haga mucha plata, claro- los llevaría a conocer su tierra y jugar en agua limpia y salada de verdad.

—- ¡Agua salada hasta el horizonte, chiquilines! ¡Y botes, y procesiones en barco, y pelota en la playa, y sardinas asadas, y, y, y…!

Eso embobaba a su reducida audiencia que, tanto como el galaico relator,  esperaba con ansia las copiosas «bombas de agua»  veraniegas que, desde el cielo, rebosaban los patios recalentados y  las profundas canaletas de la calle de tierra en dónde se divertían «a lo bobo«.

Se divertían, se divertían, se divertían  hasta que no quedaba en ellas más que uno que otro charquito  que le disputaban a las ranas. Chapoteaban hasta verlos convertirse en un fangal que confundía, en un solo color neutro, las pieles africanas, indígenas y europeas…

Sí, el «gayeguito«, como una lozana planta trasplantada en tiempo,  se aclimataba al sano aire americano. Ya no se sentía tan papanatas como cuando arribó al barrio. Sus iguales, desgastadas las burlas, lo aceptaban. Y él a ellos. No eran salvajes,  como temió al principio.  

Por eso, cuando escuchó aquel “¡Vamos!” no preguntó hacia dónde, sino que corrió con los demás niños tras el alarmado heraldo de la muerte de «el Tito«.

La corta calle Ruiz de Alda perdía su nombre y su barro abruptamente, cercenada por la vía férrea. Esperaron, impacientes sobre el alambrado,  el lerdo paso del tren que llegaba a la cercana estación.

Salvaron el primer alambrado, los raíles y el segundo alambrado, que quedó temblando como el encordado de una  guitarra descomunal y trágica. 

La apisonada  cancha de bochas, apenas visible desde la vía,  estaba semioculta por un amplio e intermitente cerco de  «transparentes» verde oscuro, de mediana altura y  rugosos troncos.

Cuando el entorno de la cancha  se convertía en precaria pista de baile, con guitarreros y todo, se tapaban los huecos entre el ramaje con colgajos de arpillera pintada a la cal y se cobraba entrada. Pocos en los alrededores ignoraban que, en ciertas noches preconcertadas, se apostaba fuerte  a los gallos.

A la mañana siguiente el «canchero«, con el tarro de  conchilla molida y taco en mano, borraba toda huella del ilícito nocturno en el insospechado reñidero.

Tito era el canchero. Al menos lo había sido  hasta hacía media hora. El pequeño inmigrante nunca lo había visto. Lo conocía solo de «mentas«.

Ahora, en la tarde de montevideano bochorno, le conocía los tobillos y los pies, asomando debajo de una improvisada sábana de fotos y letras marrón malasangre, hecha a mano con el cultural  Suplemento Dominical de El Día.

Como quiera que el suplemento fuera muy corto o «el Tito» muy largo, sus pies, calzados con trajinadas alpargatas bigotudas, daban las diez y cuarto verticales, sobresaliendo del tan corto como  informativo sudario.

Un hilo de tinta roja parecía rezumar del propio suplemento sepia y  encharcarse, coagulado,  en torno a un cuchillo con mango de «guampa«.

Un rumor de voces, cual inquieto «mangangá«, zumbaba por sobre  las cabezas de los niños agazapados: 

—- Taba visto don, yo se lo alvertí: Tito, hacéme caso, eya no vale la pena.  Pero se encajetó con eya, ¿Vio?

—- Viene mal barajada la cosa, pinta feo, don, ¿Quéselevasé?

—- ¡Hacerse achurar por una poyera… ¡Salga de áhi!

—- ¡Si es pa´ no crer!  ¡Dios libre y guarde!

—- ¡Y el mocito se tomó el raje, se hizo perdiz, nomá!

—- ¡Cómo corría ese cristiano! ¡P´a mí que está escondido en un vagón de esos paráos ayí!

—- No creo. P´a mi que se prendió, al vuelo,  del tren que pasó recién.

—- Mañana, si no lo «chapan» antes los «milicos», pasa pa´l Brasil por Río Branco y zafa de la gayola.

—- ¡Ché!, ¿Y éstos?¿ Quién dejó pasar a estos gurises? ¡A ver, botijas, rajen de acá, que está por caer la «cana» y se los van a yevar del forro! !Mándense mudar, pendejos, ¡aire!

No fue necesario repetir la amenaza. Los pibes volvieron a su calle de tierra, pero no a sus juegos. El muerto con pies de yute  y sin cara, copó los diálogos infantiles bajo la sombra protectora de un árbol.

—- Dicen que fue por una «mina»- 

—- Era  la mujer del otro y «el Tito» se la «sopló»-

—- Poncho, lo que se dice poncho,  no vi por ningún lado…- 

—- Habrán usado algún almohadón de escudo…

—- ¡No  seas nabo!, ¿De dónde van a sacar almohadones?  Se habrán arrollado una arpillera en el brazo libre y…

—- Yo en el suelo vi una camisa «yenita» de tajos… capaz que era el escudo del que  rajó…

El «gayeguito», buscando incorporar todo a su flaco bagaje de experiencias, callaba, escuchaba y retenía imágenes y palabras viejas que le sonaban como de  estreno.

Años  después,  interesado desde antes  de su desembarco por comprender el mundo en que viviría, sabría de la existencia de Juan Moreira  y de Martín Aquino,  esos sí auténticos matreros «sin agüela«, de ambas orillas del Plata. Menos famosos, sin duda,  pero más reales que el inmortal Martín Fierro, pensado por el argentino  José Hernández.

Con  ellos tres y más tarde con Los tres gauchos orientales,  del uruguayo Antonio Lussich, el asombrado galleguito tuvo la primera media docena de prototipos criollos con los cuales empezar a reconstruir el duelo que no presenció y ponerle  cuerpo completo al finado Tito.

Pero mientras no supo de tales fenotipos criollos, y a falta de mejores referentes, el bisoño jovenzuelo completaba el impactante «drama del Tito»  con las imágenes que le sugerían los relatos magníficos  de  otro español, un tal Federico

Le contaba  éste de pasiones ardorosas saldadas en épico duelo de navajas de horrísono crique, con sangre de rivales que, vestidos de boda,  se mataron y se murieron  por una misma mujer,  sincrónicamente y con las teatrales botas camperas puestas, bajo el sol de Almería.

Por una misma mujer….lo mismo que el muerto cuyos tobillos desnudos impresionaran a un temprano emigrante gallego.  

Hasta ahí el paralelismo  corajudo y universal.  

¡No hay más!

Porque » el Tito», canchero de oficio y de vuelo corto, se murió de verdá, solo y con alpargatas bigotudas, enfriándose, de a poco y sin prosa que lo inmortalice, bajo un olvidado  sol montevideano.

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