EL DURO DESCANSO DE LOS DICTADORES

Por Diego Carcedo

El descanso final de los dictadores contemporáneos suele ser duro. Sólo los que mantienen su régimen perpetuado por sus sucesores, como Mao Zedong o los Kim, padre e hijo, de Corea del Norte, conservan el esplendor de los mausoleos en que fueron enterrados. Otros dirigentes comunistas de primera fila no tuvieron tanta suerte. Todo lo contrario

El propio cadáver de Stalin, que inicialmente había sido instalado en el mismo mausoleo que Lenin en la Plaza Roja de Moscú, cuando el XXII Congreso del Partido lo repudió, fue relegado a una tumba de hormigón sin estatua en la parte trasera de las murallas del Kremlin. El de su último seguidor, el albano Enver Hoxha, enterrado con grandes honores en el cementerio de los Mártires, en cuanto comenzó a atisbar la democracia, la gigantesca estatua que perpetuaba su memoria en el centro de la capital fue derribada, el mausoleo profanado y sus restos trasladados a una tumba en el cementerio de Sharra, un barrio de Tirana.

Los restos del rumano Nicolás Ceaucescu, después de múltiples peripecias tras su asesinato y de permanecer sepultado en un lugar secreto, unos años atrás fueron localizados e identificados en una tumba sin nombre en un cementerio de Bucarest. Allí permanecen olvidados junto a los de su esposa, Elena. Igual que los del mariscal Tito, líder de la desaparecida Yugoslavia: también fueron trasladados del mausoleo oficial en que fue enterrado a un panteón del cementerio de Dedije en Belgrado. Pero tampoco los dictadores de derechas están teniendo un reposo tranquilo, hasta ahora quizás con la excepción del general Franco que lleva más de 40 años en el Valle de los Caídos.

El único dictador de esta generación cuyo reposo eterno no fue alterado es el del portugués Oliveira Salazar cuya austeridad en vida también le acompañó después de muerto: sus restos fueron sepultados, como deseaba, en el cementerio de Santa Comba de Dâo, su villa natal, donde permanecen sin especial boato. La tumba es modesta.

De los restos de Hitler nada se sabe más allá de su suicidio en el búnker y de los de Benito Mussolini, después de ser ejecutado y su cadáver arrastrado por las calles, yacen en el olvidado cementerio de San Cassiano de Pennino (Luguria).

Tuvieron más suerte otros dictadores protegidos por el régimen español, como el dominicano Leónidas Trujillo, cuyos restos reposan en un ostentoso mausoleo, ahora abandonado a los desperfectos del tiempo, en el cementerio de El Pardo, o los del cubano Fulgencio Batista, en un panteón del cementerio de San Isidro de Madrid. No le ocurrió así a su coetáneo Françoise Duvalier, Papá Doc, de Haití, que después de haber enterrado con tratamiento casi de divinidad, en medio de espectaculares manifestaciones de dolor, en cuanto se implantó la libertad, las masas arrasaron la tumba y bailaron encima de los huesos.

El mariscal Petain, presidente del gobierno colaboracionista de Vichi, durante la ocupación alemana de Francia, murió cumpliendo cadena perpetua en la isla de Yeu, donde está enterrado. Pinochet, el más reciente de todos, fue incinerado y las cenizas enterradas en la finca Los Boldos (Veracruz) de su propiedad, donde hace algún tiempo fue descubierta una plantación de marihuana y hoy se encuentra embargada.

Los restos dictatoriales que pasaron por una peripecia más accidentada fueron los del filipino Ferdinand Marcos. Murió exiliado en Hawai y sus restos deambularon por diferentes lugares hasta que un Parlamento más afín autorizó que yaciese en el cementerio de los Mártires de Manila. Su entierro accidentado se prolongó 28 años.

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