EL HOMBRE QUE HABITABA UN SUEÑO

   Tenía los ojos sin estrenar, como los niños analfabetos».

 A Carlos Páez Vilaró, uruguayo universal.

Por J. J. García Pena

Hubo una vez un niño que jugaba, como tantos otros niños, a inventarse un mundo a la medida de sus sueños. Todos sus compañeros de barrio y escuela y sus hermanos olvidaron del todo, como corresponde, esos pueriles entretenimientos al cruzar el umbral de la adolescencia. Él, en cambio, no aprendió a hacerse el nudo de la corbata medianamente elegante, ni se enclaustró en ninguna oficina, como sus sensatos coetáneos. ¡Ni siquiera se dejó crecer los bigotes finitos, finiiítos, como los lucían los galanes en Broadway, Buenos Aires o el Montevideo de entonces!  No se daba el lujo de perder el tiempo destinado a continuar en la búsqueda de los soportes de su sueño: hacer un lugar de descanso para el sol. 

 Creyó que debía buscarlos en todo el orbe y por ello, conoció la ardiente aridez color miel del Sahara y el blanco cegador de los pueblos mediterráneos. Este color, negación de tinieblas, fue el primero al fondo de su morral de viajero. En los cementerios urbanos de Roma y Pompeya el arte cejijunto, cerúleo, magnífico e intemporal, imponía un dedo vertical y marmóreo sobre los labios de los Césares… La loba, amamantando, le gruñó.

Y las siete colinas estaban, ya, ocupadas…

Más al oeste recogió nenúfares, flores de lis y girasoles, artificiales molinos de agua, tulipanes, señoritas de senos airosos en Avignón, perfiles imposibles con dos ojos o más,  caballos acuchillados por un andaluz del mundo. No topó con Rolando. No.

Castillos y alcázares. Molinos de viento y pena.   Se condolió de toros sangrantes sin resuello y patos degollados por Dalí. Tristeza de fratricidas y alegría criminal. Amasijo pervertido de sotanas y galones. Tiranía de tricornios. Bicornía de tiranos. Un pueblo en desbandada. No era hora de quedarse. Los abundantes oteros  ocupados por campanarios… No. El sol no podría reposar ahí. Y el hombre nuevo tampoco. Recogió corolas de amapolas en trigales nuevos, tapujos de trincheras muertas, nácar de caracolas en Levante, aire del Escorial y se marchó.  No topó con Rocinante. No.

Desanduvo lo invadido por Amílcar Barca. En su morral milagrero, ebrio de olores, texturas, formas y colores, atrapó la rugosidad verdosa del cocodrilo del Nilo, la máscara ritual angoleña, el tám-tám de guerra y paz, el tótem tribal de brillantes colores, la feroz belleza de los blanquísimos dientes y la lustrosa piel de las nativas del Níger y el Congo, que viajaron por primera vez  libres en su encierro, cantando alegrías hacia la América que antaño comiera hombres negros.  Ahora se dejaban raptar por un hombre tan blanco como  aquellos viejos ladrones de libertades, adoradores de un trágico tótem de metal, que alzaban antes de robar vidas.

Pero este blanco nuevo, colector de primicias, tenía, como ellos, la mirada pura del adorador del sol, sostén de la vida. Tenía los ojos sin estrenar, como los niños analfabetos.

Comenzaba a extrañar su tierra y partió.

Al llegar, casi todos los recursos primigenios de su morral atiborrado saltaron a tierra, felices como niños respetados, en el continente nuevo, geomacho de su África natal.  

Los aztecas, mayas e incas le mostraron sus elevados altares en cerros artificiales y lo condujeron a sus cimas.  Aún rezumaba  la piedra la sangre de la última ofrenda y el cuchillo de ónix se avergonzaba de su función. Los cercanos salitrales de la pampa cordillerana, ya malditos en tiempos de Iquique por las viudas y los huérfanos, le anticiparon, sin saberlo aún, el amargor de  otra búsqueda mayor. Sus ojos de niño se negaron a seguir mirando…

Ya miraría hacia arriba, ya, a la interrogada Luna, confluyente de miradas…

Los negros de Bahía, menos lejanos de su madre que los del Caribe (tal vez la razón de su alegría) le  compartieron, como aquellos, ritos, humos y sabores y pusieron en su morral el  plumaje de dos guacamayos muertos de puro viejos, un madero que trajo la marea y el pico veneciano  de un tucán carnavalero, muerto de exceso cervical.

En las pampas atlánticas, jugosas de verde extenso, recargó alforjas con color de independencias nuevas y caballos moros y cuatralbos, bueyes resignados, aves corredoras y arroyos con límites de eternidad. Recogió sombras de taperas y lunas repetidas y únicas. Búhos reptilífagos.

Vio  hombres de rústico lenguaje y poncho basto, en contrapunto desafiante de gargantas y vihuelas, olió el humo acre de las yerras y los humos fragantes de fogones apetitosos. Oyó, envueltos en fuelles importados y quejumbrosos, los lamentos nostálgicos y sentimentales de hombres recién desarraigados, creando en las ciudades costeras del Plata una liturgia maleva que denunciaba abandonos ingratos y ansias de amorosa reproducción en hembras a las que, indefectiblemente, les habían enseñado a considerar inferiores.  Todo ello le indicaba la cercanía de su pequeña cuna, Montevideo.   La pampa  no tiene cerros.

Su tierra le  descubrió que el color y bullanga africana supervivía cerca del río gigante.

Otros artistas viejos le hablaron de cadencias y pincel. Aquellos dientes y pieles hermosas, continuación de las africanas del zurrón, desbordantes de brillo y salud, entraron a formar la armazón de su sueño. Inmortalizó sus movimientos, sus pasiones, sus creencias y conjuros.  Sus danzas y adioses definitivos.

Se mimetizó, para aproximarse al sentir de los uruguayos raptados al África, en sus patios y en sus mesas, cantó como ellos, tañendo el tamboril repique, en calles de adoquines y conventillos de solidaria escasez, en carnavales de sudor y tambor batiente y doliente en manos sangrantes, que golpeaban los parches con el dolor fervoroso de tierra perdida. Nobleza de raza que no odia.  

Había llegado, casi, a destino. Comenzó a vaciar sobre la mesa el contenido de medio mundo, en el Mediomundo montevideano. Pobló al Montevideo querido con la simétrica asimetría de sus comparsas  y las capicúas africanas.

Se entretuvo separando ocres de turquesas, machacando flores y claras en morteros, inventando formas y colores, deformando y valorando lo aprendido, hasta hacerlo reconocidamente suyo.   Y no descansó jamás, ni al séptimo ni al último día.

El blanco mediterráneo, harto de espera y encierro, se escapó sin permiso de su zurrón de viaje y corrió, loco y puro, por la orilla de lo que, desde lejos, parecía ser un mar, ¡tal vez el maternal…!  Lo cruzaría.

Al llegar a la orilla, el color blanco palideció y se detuvo súbitamente: si avanzaba un solo paso más perdería su identidad, quizás la vida.  Su desconcierto permitió que el hombre de ojos buenos lo alcanzara, fatigado. Pero apenas percibió su cercanía, el color redobló su carrera por la orilla del enorme estanque, hasta que llegó a una loma desierta, semejante a las de su tierra. Se lanzaría por el acantilado y, jinete en una gaviota totalmente blanca, cruzaría el mar…

El niño hombre, agitado, casi  desfalleciente, se interpuso, con riesgo de vida, entre el salto al vacío del color blanco y el vuelo de una gaviota, tan blanca como aquel.

Temblaba el color en las manos de su captor, hasta que vio que las mismas se teñían con su misma esencia blanca, ahora extrañamente diluida.  Al mirar a los ojos de su perseguidor supo por qué su cuerpo, suma de todos los colores, se transformaba: eran las lágrimas de un niño artista, lo más cerca que se puede estar de la pureza eterna.

Cuando el color dejó de temblar, vio que el agua al pié del acantilado tenía casi, casi, el verdor que añoraba.

Radiante, escuchó la súplica del hombre niño que, gracias a su precipitada huída, había encontrado, por azar, el lugar ideal para hacer la casa de sosiego del sol.  

– ¿Te quedarás conmigo? Solo vós podrías darle color a mi sueño de construirle una casa al sol.

Durante el resto de su vida el hombre de la mirada pura contó con la amistad de su color preferido, y hablaba con él. Cada día, como lo que es, un espíritu en crecimiento, el color blanco se extendía, tanto, tanto, que  el mar mojaba, en los cantiles, los pies del templo del sol, de impoluto color blanco.

Cada día el astro se tomaba descanso al lado del hombre que nunca renunció a su sueño de niño. Dormían la siesta juntos e idénticos, como mellizos especulares: uno de los dos irradiaba luz desde adentro, con la misma intensidad que su hermano desde afuera.  Luego, el artista, lo acompañaba hasta el acantilado y lo ayudaba a rodar hacia la noche, despidiéndolo con un empujoncito lleno de amor fraterno.

Los riquísimamente humildes materiales que el hombre niño fue levantado de todos los suelos, viendo belleza donde los demás solo ven objetos, ya que han perdido la facultad que únicamente poseen los niños y los soñadores,  fueron sustento y esencia de ese refugio del sol, construido por un solo ser humano con el aporte de toda la humanidad.

Pintó soles y más soles, siempre iguales y únicos a un tiempo, sobre la piel de su amigo, el color blanco;  que se quedó en su casa a vivir por los tejados, entrar sin permiso ni rubor en los dormitorios y deslizarse por el tobogán de las paredes voluptuosas, como caderas femeninas, hasta el mar. Multiplicó, sin repetirse, soles simples y cachetudos. O capicúas, como los gemelos solares que habitaban un sueño.

Ciento diez años, exactos, duró la vida del hombre que construyó, habitándolo, su propio sueño.

Un día  hallaron al poeta de la luz en su lecho, plácido y con los ojos abiertos. Intentaron amorosamente cerrárselos. Pero, obstinadamente, ellos se opusieron. Como se opuso a la oscuridad de los suyos aquel otro poeta, pastor de nanas, cebollas y olivares.

Fue imposible cerrárselos, al enamorado del sol.

Yo no lo vi, es cierto. Pero esa noche, dicen los que lo vivieron, la habitación de blanco mediterráneo refulgía por dos pequeños soles en el  rostro del anciano niño muerto.

                                                       ( P.D.: Carlos falleció en febrero de 2014)

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