EL HOMO DIGITALIS

Por Carlos Penelas

Estimado lector, en los últimos años estoy escribiendo –como usted sabe– en torno a la imbecilidad, las tendencias culturales, los engaños sistemáticos del sistema, la decadencia y ciertas formas de concebir la cultura o la belleza. Intenté mirar los mensajes afectivos y los otros. También conoce de sobra que conozco muy poco de filosofía, que mi formación es básicamente literaria. Y del mundo literario lo poético. Y de lo poético…en fin, usted sabe de lo que intento trasmitirle. Por eso no es extraño –no le es extraño a usted– que puedo hablar de Ramón Pérez de Ayala, Juan Ramón Jiménez, Hanna Schygulla o Raymond Carver. Nombres como los de Thomas Mann pueden mezclarse con Capablanca,  Fellini, Valle-Inclán, Orwell, Masaccio o del Panóptico de Bentham. Me agrada sentir la literatura, el mundo de Peter Handke junto a William Golding o Daniel Defoe. Puedo hablarle, otro día, de Misión Imposible, de James Bond o de MacGyver. Son nombres, para usted, tan familiares como los de Nicola Porpora o Jacques Le Goff.

Pero me interesa que hoy nos acerquemos a una mirada inquietante. Hablamos de Byung-Chul Han, el filósofo de moda. Nacido en 1959 en Corea del Sur, este estudioso ha desarrollado toda su carrera académica en Alemania en diálogo permanente con un amplio abanico de intelectuales, desde Heidegger hasta Marx, Foucault, Baudrillard y Benjamín. Hay ya quien habla del “Zygmunt Bauman de Oriente”. Pero no levantemos ídolos ni profetas. Usted sabe, señor, cómo termina todo… la corrupción, la insania, los lobbies inconfesables y demás yerbas.

No tengo celular, no entiendo las redes sociales, no sé manejar y en general me molesta todo lo que tenga relación con Facebook, las compañías de streaming y las modas intelectuales. Además ya se sabe qué consumimos, cuántas veces, en qué horarios y días. (Por eso me interesa leer a Sarmiento o a Cohn Bendit). Byung-Chul Han, señalan sus editores,  no contesta los mails. Y ha dado contadas entrevistas. No deja de ser interesante, ¿verdad?

 La sociedad de la transparencia es inaugurada por un pasaje de Peter Handke: “Vivo de aquello que los otros no saben de mí”. Es evidente que la frase caló en el filósofo. En ese mismo libro, en uno de los capítulos que refieren a la fotografía, critica duramente aquello que denomina “el valor de exposición” en la sociedad actual. Sostiene que “el imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad actual. En eso consiste su violencia”.

En el “nuevo capitalismo”, la concepción del trabajo ha cambiado radicalmente. En lugar de una rutina estable, de una carrera predecible, de la adhesión a una empresa a la que se era leal y que a cambio ofrecía un puesto de trabajo estable, los trabajadores se enfrentan ahora a “un mercado laboral flexible, a empresas estructuralmente dinámicas con periódicos e imprevisibles reajustes de plantilla, a exigencias de movilidad absoluta”.

Vivimos en la actualidad en un ámbito laboral de transitoriedad, innovación y proyectos a corto plazo.  Jacob Morgan, autor de ‘The Future of Work’,  trata de definir cómo serán las empresas, los trabajadores y el mercado laboral de las próximas décadas. Aunque Morgan se define a sí mismo como “futurista” –lo que suele implicar ser también “tecnoptimista”– sabe perfectamente que en los años venideros el desempleo será un importante problema y reinventarse no será fácil.

 A partir de esta señal sabemos, además, que hay en nuestro tiempo dos modalidades de trabajo radicalmente distintas: el antiguo, en vías de desaparición, un mundo de organizaciones jerárquicas rígidas, donde se esperaba de los trabajadores una identidad firme, y el nuevo mundo de empresas en permanente crecimiento y cambio, un mundo de riesgo, de extrema flexibilidad donde se exigen individuos capaces de reinventarse a sí mismos sobre la marcha.

Estamos resumiendo una visión mucho más amplia y trágica. Pero vale la pena que lo vea, que intente discutir, que entienda –de una vez por todas– que el mundo cambió, que hay nuevas formas de conducción, de lucha y de dominación. Y que todo se ha vuelto más confuso, más crítico, más vulnerable. Y que la ceguera ideológica o el dogmatismo nos impiden visualizar otro cosmos en otras galaxias. Tal vez sea un pensador poco riguroso, con antecedentes en distintas lecturas. No importa, tal vez no sea totalmente novedoso pero es válida su lectura. Discutámosla.

Según Han: “la comunicación digital se distingue por el hecho de que las informaciones se producen, envían y reciben sin mediación de los intermediarios. No son dirigidas y filtradas por mediadores. La instancia intermedia es eliminada para siempre […]. Medios como blogs, Twitter o Facebook liquidan la mediación de la comunicación, la desmediatizan.”

La neurocientífica inglesa Sophia Scott, especializada en análisis de discursos, señaló que “la interacción basada en texto es dura porque perdés todo lo que tenés cuando alguien te está hablando. Así que sólo no tenés cara, sino que tampoco tenés voz, ni emoción, ni entonación, ni todos los elementos que escuchás cuando alguien habla.”

En una entrevista reciente  dice Gay Talese: “No me hace falta el teléfono móvil. Si quiero hablar con alguien prefiero hacerlo personalmente. Cuando empezaba en The New York Times, un viejo redactor jefe nos dio un consejo: para un reportaje, quédense lejos del teléfono, vayan a los sitios y conozcan a la gente. En aquellos años, el teléfono también era tecnología…” Y luego agrega: “Tengo 86 años y soy la misma persona que cuando tenía 26. Tomo notas en trozos de cartón y nunca delante de la gente. No quiero intimidarla. Converso con ellos y luego, cuando me quedo solo, me apunto aquello que me ha interesado. Si quiero saber más, vuelvo al día siguiente. Trabajo igual que hace 60 años”.

Cabe prevenirse del énfasis apocalíptico de la lectura de Byung-Chul Han y más bien pensar los medios, con la ponderación de McLuhan, quien hizo famosa su sentencia “el medio es el mensaje”.

En el enjambre es un conjunto de individuos aislados e hipercomunicados  —el homo digitalis —, pero sin capacidad para crear un movimiento de cambio real. La comunicación digital hace que se erosione fuertemente la comunidad, el nosotros. Destruye la noción de espacio público y agudiza el aislamiento del hombre.

Nuestros políticos y sociólogos deberían prestarle atención y analizar estas nuevas corrientes, enlazarlas con las tradicionales: la religión, los movimientos de masas, las relaciones laborales, las viejas tecnologías, ciertas retóricas, las nuevas formas de producción, el tema de la sexualidad y la sensualidad…la sociedad de la información produce un extraño estado de embotamiento, otras maneras de alienación. La era digital, entre otras cosas genera  un tipo de comunicación de desencuentros. Vivimos una sociedad plena de opacidad. Y no nos olvidemos de las instituciones, el matrimonio, los rencores, las frustraciones, los celos, la demencia, la torpeza mental, los afectos, las iras, el engaño casi cotidiano de casi todo. Tal vez la infancia se salve, tal vez.

Creo que por hoy es suficiente. Le recomiendo que vuelva a Giovanni Boccaccio, un mundo imperdible. Y lo que escribió nuestro Leopoldo Lugones sobre la lectura. Gracias, por su tolerancia.

Por último. Hace unos días se editó mi último libro de poemas, El mar en el espejo del otoño. Éste, estimado lector,  es mi último artículo. Usted sabe, señor, déjeme paso. Buenas noches.

Buenos Aires, 10 de marzo de 2018.

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