EL JUEGO PREDIGITADO

Por J.J. García Pena

El pasional espectáculo de multitudes, predigitado por industrias multinacionales, busca mantener hasta el final de la feria global el interés de las masas enfervorizadas a como dé lugar.

Es una industria sin chimeneas, y está bien que se autodefienda, como cualquier otra industria. Mueve los hilos invisibles que mantienen en alza creciente el muy redituable interés que hace funcionar la colosal máquina cosechadora de dividendos bancarios. No es por filantropía que tasan en millones de euros a los promocionados “craks”.

Nadie hace inversiones multimillonarias solo por amor al prójimo. Si lo hiciera, no soportaría mucho tempo el fantasma de la quiebra. Es legítimo defender la inversión.

No obstante, nada tiene de sana competencia una liza en que se soslayan agresiones o faltas, cometidas de mala fe o no, pero penadas previamente en las claras reglas del juego limpio.

A resultas de querer hacer cada vez más justos y confiables los resultados futbolísticos, se instaló a un costado del campo de juego un tercer árbitro totalmente frío e imparcial.

Los ingenuos, los bobalicones,  (los carlitos, diríamos en Uruguay),   creímos que un triunviro de jueces aceptaría lo que la insobornable máquina les mostraría.  

Ayer se puso a prueba tal procedimiento que, si su cometido fuese manejado con honradez,  en vez de Var merecería llamarse Salomón, pero el pueblo sabio, en poco tiempo, lo rebautizará Poncio, porque su innegable utilidad en última instancia dependerá de la voluntad de un humano influenciable, como todo humano que yo conozca.

Ni más ni menos que como hasta ahora…           

En sendos encuentros mundialistas, disputados la misma jornada de ayer, martes,  se cometieron faltas similares y se recurrió al auxilio del Saloponcio: todos, en seis continentes (incluyo la Antártida) vimos, Var mediante, que en ambos casos el balón tocó extremidades superiores de dos contendientes.

Sin embargo, un juez de uno de los encuentros dictaminó que sí hubo falta y el otro, ante similar falta, cometió el pecado de perdonar lo que la máquina, más honrada que él, condenaba.

Entonces, ¿para qué invertir en puntera tecnología eólica si seguiremos, como en 1918, abanicándonos con un periódico doblado? 

¿Para qué implantar  el Var si el árbitro lo usará para peinarse y dictaminará, a la bar- tola, lo que le salga de sus… pasiones?

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