EL MODERNO DESTINO DE LA VIEJA EUROPA*

Por Alberto Barciela

“Ignoras que tu esposo es el gran Júpiter; //No llores, y aprende a llevar tu suerte; //La mitad de la tierra será llamada con tu nombre.” Horacio (65 a. C.-8 a. C.), el principal poeta lírico y satírico en lengua latina, se refería así al mito de Europa en sus Odas.

Somos clásicos incluso en nuestras predicciones. Conformamos una historia de agregaciones de pueblos y culturas, de integraciones paulatinas de los bárbaros en lo pretérito en la civilización, de entendimientos superadores de guerras, confrontaciones, sucesión de imperios. Ahora, el referente necesario es unívoco, está en nosotros mismos, en nuestra esencia democrática y convivencial, sabemos que en esto reside la superación de las dificultades, por graves que resulten. El Viejo Continente hace valer sus heridas, sus galones y sus canas.

Es el momento de Europa, de las instituciones de velocidad acomodada siempre a las circunstancias, quizás lenta para algunos pero segura. Cada día tiene su afán y el sentido de la oportunidad ha de nacer de la serenidad del análisis, de la disparidad equilibrada, del establecimiento de estrategias que miren más allá del corto plazo. A veces, la teórica distancia de los centros neurálgicos se convierte en una ventaja para las decisiones, pero lo cierto es que pese a que esa coyuntura se reitera en los análisis, la UE y sus instituciones palpitan con sus ciudadanos, vivan en donde vivan y sea cual sea su condición. En cada anhelo particular, personal, regional o de Estado se encuentra el pegamento que fortalece un propósito ejemplar de 27 naciones y más de 500 millones de personas.

Las instituciones europeas, Consejo, Comisión, Parlamento, etc., son el meeting poing, el punto de encuentro, el eje dinamizador de la tercera economía del mundo, que se desarrolla sobre el segundo continente más pequeño en términos de superficie. Esa fortaleza refleja la competitividad de una economía capaz de responder con eficacia a una crisis económica como la derivada el COVID-19, con la misma eficacia con que antes se atemperó la crisis del 2008 o se superaron eventualidades negativas de la más diversa índole.

Europa hace caso al bardo y, lejos de llorar, actúa. Hasta ahora, cada resultado basado en realidades de éxito ejemplares como la que ha representado Portugal, ha permitido mantener un optimismo prudente en la atención al siguiente conflicto. En cada resolución se justifica la eficacia de la unidad en lo que realmente importa.  Esa eficacia es la que ahora necesitan Italia o España o la que pueden requerir en lo inmediato otros países de nuestro entorno. París y Berlín han mostrado su solidaridad en un momento difícil también para ellos. La UE responde desde la exigencia y el control, analiza la crisis con sentido de oportunidad, el rumbo que habrá de permitirle ir un poco más allá, y así construir un mercado más fuerte, consciente de que todavía puede controlar su futuro, frente a las erráticas y complejas políticas de Pekín, Washington o Moscú.

Los principales retos del ahora son sanitario y económico. También subsisten asuntos de envergadura a los que la inteligencia del conjunto ha de dar respuesta para, bien profundizar en la política común, bien seguir respondiendo a la Defensa de los Derechos Humanos en cualquier punto del orbe. En la agenda están la seguridad -terrorismo, etc.-; las mafias, la igualdad, la implicación humanitaria -conflictos armados, refugiados, lucha contra el hambre o la sed-; la calidad democrática, las dictaduras, la corrupción, la demografía, el maltrato, la soledad, el paro, el consumismo, la manipulación, el racismo, la esclavitud, la explotación infantil, la igualdad de géneros, el cambio climático o las catástrofes naturales.

Hay también un tema transversal, especialmente denso, complejo y urgente: encontrar una respuesta europea al mundo digital. Es parte sustancial de la nueva economía, de la fortaleza política, de la imagen, pero también de la seguridad y de la libertad. Incide en el desarrollo industrial y en la cultura. Hay que estimular la creación de contenidos, luchar contra las verdades construidas o defender las lenguas minoritarias. Todo ello ha de reflejarse en una estrategia de vanguardia, que recupere cuanto hemos aportado al mundo desde hace milenios y contribuya a diseñar el futuro. Hemos de aprender a llevar nuestra suerte para que sea la suerte global. Solo Europa, la Gran Dama, puede garantizar que sus semillas sigan germinando en paz por el bien común de la humanidad. Ese es nuestro destino. Horacio ya lo sabía.

*Este artículo forma parte de la iniciativa Manifiesto Ibérico: Destino Europa.

Un Comentario

  1. Te felicito. Es el primer artículo que leo con una visión real de lo que significa Europa para nosotros, los españoles y el equilibrio que puede poner entre las grandes potencias gobernadas por dementes.

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