EL NIÑO Y EL SUBMARINO

Buenos Aires, 23/11/2017 – 15:25. CLARÍN.

La Armada Argentina confirmó hoy en rueda de prensa que se registró un evento “consistente en una explosión” en la zona donde se busca desde hace 8 días al submarino ARA San Juan, que desapareció en el golfo San Jorge mientras se dirigía desde Ushuaia a su apostadero en la base naval de Mar del Plata.

Antes de la conferencia, estos últimos datos fueron comunicados a los familiares de los 44 tripulantes en la base naval de Mar del Plata, donde hubo escenas dramáticas.

Submarino “Ara San Juan”, de la Armada Argentina, días antes de su desaparición.

Por J. J. García Pena

Ahora que la dramática desaparición del submarino argentino, el A.R.A. San Juan, mantiene en vilo y congoja a la opinión pública platense y mundial, generándose todo tipo de teorías sobre el inquietante hecho e imprevisible desenlace, recuerdo cuando, a mediados del año 1978, la novedosa presencia de otro navío similar atracó en el muelle de Montevideo. Muchos montevideanos, atraídos por la novedad (la armada uruguaya carece de submarinos) hicimos largas colas con la ilusión de poder conocer el interior del Riachuelo, que así se llamaba la acerada máquina brasileña.

Durante horas se prolongó la lenta procesión de ingreso, cuyo ritmo estaba marcado por el pasaje de pequeños grupos que, a diferencia del tránsito comparativamente ágil que se da en caso de tratarse de una nave de superficie, iban ingresando callados y trémulos por una escotilla relativamente estrecha existente en la popa y reapareciendo, radiantes y parlanchines, luego de haber discurrido por las entrañas del monstruo, por otra escotilla similar en la proa.

Tan necesariamente lento era el tránsito, que el fin  de la hora de visita prevista se nos vino encima, dejándonos a varias docenas de personas sin posibilidad de concretar el ansiado paseo interno,

Más que por mí, había acudido al muelle con la intención de fijar en la memoria de mi pequeño hijo, de poco más de cinco años, un recuerdo imborrable y colectivo que, en el futuro, reforzase el apego a su tierra.

Es en la niñez cuando adquirimos, lentamente, noción de pertenencia a la sociedad en que habremos de desarrollarnos. Y esa ocasión, de evidente interés general, era propicia para generar en el niño una sensación de aprendizaje de la mano de su padre. Ambos conoceríamos, juntos,  algo nuevo. Esa idea me motivaba, mientras esperábamos impacientemente que el caracol remolón de la fila se decidiese a acercarnos a la pasarela de entrada, custodiada por un marino, guardián  del propio navío norteño.

En ese mismo lugar recordaba había atracado, diecisiete años antes, el Sebastián Elcano, buque escuela español.

¡Con qué alegría y nostalgia mi hermano y yo habíamos  recorrido su cubierta, a un año escaso de habernos alejado de España!

Buque escuela “Juan Sebastián Elcano” perteneciente a la Armada Española.

Ahora, el sol le estaba ganando la carrera al caracol humano con tal demora que  se consumió mi primera cajilla de cigarros. De pronto se escuchó el temido anuncio:

– Finalizóu o tempo da visita.

Una frase que hacía media hora sabía que iba a escuchar.De nada sirvieron las quejas  de los que quedamos compuestos y sin fiesta.

—- Órdes sao órdes.

Fue lo que se nos dijo con tono amable, pero marcial e indiscutible.

La cara de decepción de mi hijo era como un dedo helado que me señalaba, como acusándome de traicionar sus ilusiones.  Como si lo hubiese privado de su regalo de Reyes. No era para menos.

Yo, para amortiguar la cansadora espera y de paso despuntar mi orgullo patrio, le había contado con pelos y señales como un inventor español,llamado Isaac Peral, había inventado nada menos que el primer submarino.

— ¿Es este, papá?

—- No, no era este;  el de Peral era pequeñito como para hacer la prueba, nomás,  pero luego ya lo hizo más grande y…

Mientras le contaba las hazañas de Peral, me percaté de que más de uno de los circunstantes se interesaba por el nacimiento de la marina subacuática y más redoblé mis patrióticos comentarios.

El submarino de Isaac Peral se conserva en Cartagena.

Toda esa verborrea se volvía ahora en mi contra y supe que debía hacer algo para no frustrar el anhelo del pequeño y evitar que la imagen de su padre  cayese en picado.

Comprendiendo que sería inútil insistir en un permiso que no podría concedérseme, habida cuenta de que abundaban los promitentes visitantes, solos o acompañados de sus hijos, opté por el recurso que me aconsejó el sentido común.

Dejé que la multitud se fuese diluyendo en el entorno del submarino amarrado y deambulé con mi hijo de la mano, como interesado por el nivel del mar y las gaviotas y alejándome como si hubiese desistido de mi intención primera.

Cuando hube observado que prácticamente no quedaba público en su entorno, me acerqué muy lentamente, siempre llevando aferrada a mi mano la de mi pequeño y me dirigí al marino de guardia que celosamente custodiaba el ingreso a la pasarela.

Le expliqué, más con gestos que con palabras, lo importante que era para el niño no ser defraudado por su padre.

– Nao é possível, o senhor me disculpe.

– Por favor, ¿Podría hablar con el comandante o alguien que pueda permitirme el ingreso?

Nunca sabré si fueron convincentes mis palabras o tal vez el guardián, de aproximadamente mi edad, tuviese un hijo también.

El caso es que cruzó la rampa y lo vi intercambiando breves palabras con un marino de evidente cargo superior,  dados sus galones.

– O comandante autorizóu, máis só o garotinho.

En ese momento crucial  dudé si soltar la mano del niño, ante el temor de que cruzase solo la estrecha pasarela y verlo perderse por la escotilla. Dudé dos segundos, pero no podía demostrarle temor una vez concedida la rogada petición. Sería un pésimo ejemplo.

Puse en la mano del marino la pequeña mano que él tomó de inmediato y guié, con los ojos, cada paso que mi hijo daba sobre el  cimbreante andarivel y la pulida superficie metálica del submarino,  con el terror irracional de que diese un traspié y se precipitase al mar.

Recordé que yo no sé nadar, pero instintivamente me arrimé todo lo posible al borde del muelle, para tirarme antes de que el niño tocase el agua. No lo dudaría ni me otorgaría tiempo a pensar.

Me imaginé toda la escena que nunca ocurrió. La espera me insumió los dos primeros cigarrillos de la nueva cajilla con ansiedad, imaginando que mi hijo pudiese estar llorando y asustado.

– Si demora un poco más, me precipito escotilla abajo, con permiso o sin permiso…

En vez de esa terrorífica visión, vi emerger por la escotilla de proa la dorada cabecita del niño, con una sonrisa que me compensaba, con creces, el temor a fallarle.

—- O garoto é un campeáo. Nao tivo medo nenghún. 

—- ¡Gracias, irmáo!

Estaba emocionado. Me palpé los bolsillos no en busca de inexistente dinero, que hubiese rebajado su noble proceder. Pero supe que había dado en el clavo cuando le extendí la personal cajilla recién estrenada de cigarrillos con un agradecido:

—- É pra vocé, rapái.

Su sonrisa de aprobación remató en un:

—- ¡Obrigado, irmáo!

Y me alejé con la sensación de no haberle fallado a Javiercito, que no cesaba de contarme, con gestos y aires de suficiencia,  la maravilla descubierta sin mí.

En Montevideo, a la hora 9:15 del martes 21 de noviembre de 2017, con el intenso deseo de que los 44 hermanos que están dentro del “Ara San Juan”, se reencuentren pronto con sus familiares.

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