EL OFICIO DE ESCRITOR

Por Eduardo Moure

Apreciado lector, traigo a colación el título de un breve artículo publicado hace unos meses en el diario El País, de una periodista-escritora (las hay y con propiedad): “En España ya nadie lee, todos están escribiendo”. Y luego, a través de la crónica, comenta y esgrime cifras y datos valederos y alarmantes. Cabría entonces remitirse a Jorge Luis Borges, a quien nadie iba a atreverse a negarle la categoría de Escritor, con mayúscula, cuando afirmaba: “es más difícil encontrar un buen lector que un buen escritor” (él fue un arquetipo de ambas calidades).

No andaba descaminado el autor de El Aleph. Requisito sine qua non para llegar a ser auténtico escritor es haber sido y seguir siendo, conspicuo lector. Sin esta intrínseca dualidad no es posible acceder a un nivel de escritura aceptable. De ahí, hacia arriba, el arduo camino lo definió muy bien Truman Capote: “Cuando me di cuenta de la diferencia que existe entre escribir bien y escribir con arte, estuve a punto de abandonar la literatura”.

Puesto que trabajamos con el traicionero y escurridizo material de la palabra, el oficio de la escritura requiere de un aprendizaje constante, de repetidas búsquedas y contados hallazgos. Si despreciamos como referentes necesarios a los grandes paradigmas de la literatura de todos los tiempos, recibiremos sólo el influjo cotidiano del habla pedestre y cada vez más deformada por un medio social que desprecia la palabra y la sustituye, sin ambages, por la sigla, la abreviación arbitraria o el simple sonido gutural.

Ser escritor es entregarse por completo al amor incondicional por la palabra, haciendo de ello un oficio de vida, puesto que la palabra es, en sí misma, un acto estético (Benedetto Croce), elemento sagrado tanto en la lírica como en la narrativa y en cualquier otro género, aún para transgredir su uso en aras de renovar la expresión, ya que no debemos perder de vista que el lenguaje es siempre dinámico y que las normas académicas son pautas de entendimiento susceptible de ser transgredidas, claro, pero a las que cabe conocer y entender primero, antes de violarlas bajo la grosera impunidad de la ignorancia.

Quizá en la actualidad este asunto de las categorías estéticas se encuentre en un grado de enorme confusión, producto de la facilidad de acceso a los recursos expresivos. Es corriente escuchar a personas que te dicen: “Mire, yo soy muy sensible y he sufrido tanto que tengo pasta de poeta… La gente me dice que debiera escribir”. Y te lo plantean esperando tu aquiescencia y consejos para concretar aquel impulso inexorable. Cómo explicarles que no es asunto de sensibilidad ni de sufrimiento ni de trances desbocados, sino de rigor estético, de lenta y arraigada disciplina, de sudor más que de musas o inspiración, de trabajo amoroso y a menudo de desgarramiento interior; que incluso no basta con lo que entendemos por talento, esa predisposición o facilidad con el lenguaje (la música, el color, la textura, las formas), también necesaria para obtener algún resultado válido, estéticamente hablando.

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