EL PLATILLO DE PORCELANA

Por J.J. García Pena

Lo había visto la primera vez que su madre escondió a los cuatro, precipitadamente, bajo la cama más grande de las dos que ocupaban el cuarto de las niñas. Aquella arcaica cama matrimonial, de gruesa cabecera labrada, flanqueada por dos angelotes emergentes como naciendo  del mismo tallado -¡vaya usted a saber con cuantas generaciones a cuestas!- en la cual  dormían cómodamente las dos niñas mayores, tenía una  pesada colcha cuyos bordes colgaban hasta medio jeme del suelo, permitiendo la entrada de la luz de la única veladora de la estancia. O la reverberación del sol, entrando por la amplia ventana.

Del techo pendía un pico de luz que, en caso de querer usarlo, debía dársele un rápido giro a su lamparita.  Por eso las niñas solo usaban la veladora de su mesita de noche, con tapa de veteado mármol rosa. Un entredós, con tapa del mismo material y estilo que la mesilla, completaban el moblaje de la espaciosa y limpia habitación.

Los dos  pequeños varones ocupaban el cuarto contiguo, cuya puerta, como la de sus hermanas, en las noches permanecía siempre abierta, no por miedo a la oscuridad, a la cual ninguno de los dos niños temí, sino por aprensión de su madre que necesitaba, obsesivamente, escuchar la sosegada respiración de sus hijos supervivientes, después de haber enterrado a otros tantos, luego que la maldita tuberculosis y más tarde la meningitis, se los arrebatara. El último fue el mayor de ellos, Francisco, con dieciocho años. 

La guerra fratricida seguía, quince años después de terminada, nutriendo a los cementerios españoles de abundante y joven materia prima. La cartilla de racionamiento y el estraperlo estiraban la miseria.

— Esta maldita posguerra resultó peor que su perra madre- solía murmurar entre dientes, creyendo no ser oída, con un rictus de desprecio en los labios, la enlutada señora Josefa.

Francisco hacía ya tres años que  secundaba las faenas de su padre en el último de los tres barcos de la empresa familiar que les iba quedando. Se les hacía cuesta arriba pagar la patente y el seguro anual, pero Josefa, rebuscando en dónde no había, lograba, siempre, cumplir con los tributos. Era consciente de que, si el barco no salía a faenar, los supervivientes podían dejar de serlo.

Cuando su marido y su hijo mayor, reforzando la tripulación con algunos contratados ocasionales, salían muy temprano a lanzar las redes en los caladeros que la familia usufructuaba desde tiempos sin memoria,  Josefa, con un cuchillito de mariscar y su negra pañoleta, recorría escudriñando, quebrada por la cintura, decenas y centenas de “ojos” delatores del esquivo marisco en dos hectáreas del lodoso fondo marino, aprovechando el respiro de la bajamar.

Su niño más pequeño, aún sin cinco años, espantaba gaviotas o jugaba con los fallidos hallazgos de su madre, quien, con una habilidad asombrosa, producto de su larga experiencia marisquera, reconocía y desechaba, como una autómata, los bivalvos vacíos. 

Sin embargo, ella nunca lo quiso llevar en sus largas caminatas de doce kilómetros y más por día, con la canasta de mimbre cargada de pescado -y, cuando había suerte, almejas y navajas- sobre la pañoleta que cubría su enlutada cabeza, casi corriendo y voceando con dolorosa oferta su mercancía. Él, triste, la miraba  alejarse y se ataba al rastro de su voz, hasta que la enorme distancia lo apagaba.

Otras veces la veía salir corriendo, aún joven y garrida, hacia el muelle, cuando el sonido de las caracolas gigantes, sopladas a puro pulmón, alertaban al pueblo de que los barcos volvían de “matar”.

Eduardo la seguía, sin dar tregua a  sus piernitas flacas, feliz tras su inalcanzable y adorada madre.

Cuando llegaba sin aliento a la escollera,  ya  la veía como cargaba, en los carros y camiones, lo que había ayudado a bajar, ella misma, de los barcos.

Cuando Francisco se fue, su padre, ya totalmente desmoralizado por la terrible pérdida de cuatro hijos en tres años, no soportó tanto peso y se derrumbó, maldiciendo de todo lo existente y lo inexistente, desafiando a Dios y toda su corte celestial.         

Amanecía, un día sí y otro también, sobre la tumba recién tapada de su hijo mayor. El alcoholismo lo hundió en su negro seno. Josefa lloraba a sus hijos muertos en silencio, ocultando su llanto ante sus supervivientes. Se enfrentó a la vida, ya que no pudo a la muerte, con redoblado esfuerzo.

De su chinero malvendió sus preciadas piezas de porcelana y un botellón con tapón de cristal tallado en facetas romboidales; reliquias de épocas felices.   De antes de la guerra.

Únicamente conservó, de su preciosa vajilla, un inservible porta tartas, quebrado en el corto soporte de la base.

— Me lo regaló tu abuela cuando me casé. Algún día he de poder mandarlo a arreglar,-le decía a su niño menor, mostrándole, con pena y esperanza, los dos trozos de blanca porcelana, que volvía a depositar, como si se tratase de un cáliz, en el ahora desprovisto chinero.

Tres platillos del mismo juego, saltado su esmalte (-croqueado-, decía ella, en su lengua  gallega) fueron destinados a porta cebos.

Las voluminosas redes de reserva, encascadas en pino pero olorosas a sardinas, algas y demás alimentos marinos, solían ser roídas por inevitables ratas -multiplicadas por la cercanía de las envasadoras de pescado-, en el sobrado de aquella casa marinera, llena de artes de pesca, galones de  brea y de misteriosas boyas de oscuro y brillante vidrio verde, que  fascinaban al infante cuando oía el peculiar sonido que producían al chocarse entre ellas.

El niño había visto fugazmente las ratas, y sus tres hermanos mayores, para divertirse con la incipiente y natural repulsión manifestada por el pequeño, acostumbraban exagerar la potencialidad destructiva de los roedores, de tal forma que les cobró tal asco y pavor que no soportaba su visión, ni vivas ni muertas, sin que se le erizaran los pelos de la nuca.

A veces cerraba muy fuerte los ojos para borrar la imagen de algún ejemplar, muerto por efectos del veneno sembrado en los platillos de porcelana y que sus hermanos insistían en exponer, colgados de la cola inerte, cerca de sus ojos y labios repugnados.

Mientras tanto, la taberna, demasiado cercana a su casa,  no aplacaba la sed del marino sin brújula, y los pequeñines, a su puerta, repetían el pedido que su madre había formulado, sin éxito, horas antes…

Papá: dice mamá que vaya, que vamos a cenar.

Fue por ese entonces que el niño vio volar, por vez primera, de un inesperado y brutal tirón, el mantel de la enorme mesa familiar, con su carga de platos, cubiertos y alimentos calientes. Fue por ese entonces que aprendió a reconocer  a su padre por los zapatos  y el ruedo del pantalón que barría el piso de tablas pulidas, denunciando su estado etílico. Desde su refugio bajo la cama grande, solo eso veía. Y los cansados tobillos de su madre.

Su padre ya no cantaba viejas canciones que hablaban de procesiones por mar en homenaje a la Virgen del Carmen, de pescas abundantes, de rías saturadas de “xeiteiros”, de barcos engalanados de flores y de romerías llenas de hijos y rosquillas de anís, anilladas en una vara de mimbre.

Ahora enronquecía en imprecaciones que eran respondidas por deprecaciones que no entendía, pero que sonaban a bofetadas recibidas. Como las que sabía que eran la razón del llanto de su madre, que no quería delatar el escondite de los supervivientes.

Una noche, -siempre era a la noche, cuando la taberna cerraba y volvía para cenar, con la mirada turbia y aún con sed, que intentaba aplacar con el vino que no toleraba que faltase en su vaso de la cabecera- al lado de los dos zapatos sin equilibrio y los tobillos queridos, el niño reconoció la culata lustrosa del rifle que una vez su padre extrajo de una caja de madera y le mostró en el barco, mientras le explicaba que solo se usaba en caso de que algún animal muy grande, persiguiendo las sardinas, amenazara destruir las redes.

— Un día tú lo tendrás que usar. Serás tú o tu enemigo-.

Ahora, tendido boca abajo en el claro piso oloroso a pino marítimo, se preguntaba qué enemigo habría invadido su casa para que su padre bajase del barco el ya olvidado rifle.

De nuevo no pudo entender  las palabras de las dos voces en alta pugna, confundidas  con el ensordecedor ruido de cuatro  pies en danza  trágica, un tango de muerte, en lucha por la posesión del arma. Sabía que no debía llorar, y mucho menos gritar. Se lo habían enseñado Rosiña, Mariluz y Federico, que se tapaban los oídos y cerraban los ojos. Él, en cambio, los abría sin poder evitarlo.

Creyó, instintivamente, que el rifle sería la llave que cerraría este drama de varios actos.

Lo pudo entrever, aunque sin entender cómo, cuando la voz, estropajosa y ronca de aguardiente,  sentenció:

— Es lo mejor para todos, no dejaré que el puto Dios siga matando a mis hijos. Nos iremos todos juntos.

De alguna manera, su madre logró  arrastrar a su furioso y tambaleante consorte fuera del cuarto de las niñas.

Al otro día, sin embargo, la vida siguió su rutina. Su padre al mar; su madre  deslomándose  entre el marisqueo y la venta con su carga sobre la cabeza, largos kilómetros a pie.

Rematando el día, el vaso de vino tinto presidía, como siempre, la cabecera de la amplia mesa familiar…

Sí. Había visto el platillo de porcelana la primera vez que su madre los escondió a todos bajo la cama grande.

Ahora, curioso, deshizo fácilmente, entre sus minúsculos dedos, una de las rosadas grageas que, de inmediato, se desintegró en fino polvillo, e iba ya a probarlo como una golosina, cuando su hermanita mayor, Rosiña, de casi nueve años, le detuvo la mano mientras le contagiaba su horror con un grito sofocado:

– ¡No! Es veneno para las ratas y si comes, aunque sea un poquito así, -juntó el índice y el pulgar de su mano derecha- te mueres para siempre! ¿Me oíste? ¿No viste que mamá puso dos platillos  más entre las redes y los remos que no se usan?

—Las ratas son muy inteligentes, siempre dejan la mitad sin comer, en el platillo.  Si una comió del platillo, otra ya no comerá– lo ilustró.

 Aún faltaban once días para que Eduardo cumpliera cinco años cuando su padre cayó del barco y se ahogó.

La autopsia confirmó lo sospechado y presentido por todos: altísima concentración alcohólica en la sangre. Infarto cardíaco fulminante.

La policía técnica entregó a Josefa dos fotografías idénticas en un sobre blanco abierto y dio el caso por cerrado.

Nadie se percató, hasta varios meses después, de que, de los tres platillos, dos estaban totalmente vacíos.

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