EL REINO ANIMAL DE ANCARES

Allá por los sesenta del siglo pasado -¡Como suena esto!-  estaba yo empeñado en conocer Ancares. Soñaba todos los días con fotografiar la sierra, escribir de su grandiosidad y de su fauna única… pero mi periódico, aquel modesto Diario de Pontevedra, no podía pagar los gastos de un redactor ni prescindir de él durante al menos diez días.

Así que esperé a mis vacaciones y en pleno Agosto, con la “calorísima”, llegué a Degrada en un “Seiscientos” y una vieja Voigtländer colgada al hombro.

Cuando me asomé a aquella ventana inmensa me pregunté a mi mismo…

—- ¿Por dónde empiezo?

Estaba sentado en la parte alta del refugio de montañeros, recién construido e inaugurado. Recuerdo que en el hall, bien visible, había un urogallo disecado con una plaquita que decía…

Cazado en la Reserva de Ancares por su excelencia don Manuel Fraga Iribarne, Ministro de Información y Turismo”.

A pesar de la belleza de las selvas autóctonas que llegaban hasta los pueblos próximos del valle, de las impresionantes cumbres del Penarrubia, el Miravalles y el Mustallar, del vuelo de una pareja de águilas que parecían amarse mucho por las acrobacias que hacían, de la música de agua de la fervenza próxima, de las canciones de pájaros que me daban la bienvenida… a mí no se me iba de la cabeza que un ministro, número 1 en las difíciles oposiciones a Abogado del Estado, hubiese sido capaz de matar un animal tan hermoso como el urogallo al que aquí llamamos “pita do monte”.

—- Empecemos por ahí, me dije. A ver si alguien nos cuenta cómo es posible que en estos lugares únicos alguien mate a los animales de sus bosques…

Y tras un café de media mañana en la taberna de Degrada, caminando por una pizarrosa pista de serpiente, llegué a Prados, el lugar donde moraba Serafín Digón, en aquel entonces Guarda Mayor de Ancares.

Quería que me contara como había llegado un ministro a descubrir el refugio del urogallo, a lo que me contestó con un primer silencio, largo, de esos que se pierden entre los carballos centenarios, los castaños inmortales y los acebos de bolitas rojas alimento de mis pájaros cantores.

“Cós rebecos de Ancares acabaron os do Somatén”

Pero al día siguiente, avanzamos juntos por entre los caminos estrechos que solo los aquí nacidos conocen bien y comprendí que Serafín Digón iba a ser, no solo mi guía en aquella ocasión, sino también mi primer amigo en aquel territorio ya habitado por los iniciáticos pueblos galaicos, hace miles de años, cuando construyeron la prerromana civilización.

Aquella vez Digón me llevó hasta la “Campa de los Tres Obispos” por enrevesados caminos rodeados de la mayor variedad arbórea que he visto en mi vida. Desde sus ramas, nos saludaba la mayor variedad de pájaros. Pasaba fugaz el zorro, menos perceptible que el lobo. Y cuando no lo esperaba por estar absorto en las aves…

—- Mira e non fales…

Allí estaba jugando Mamá Osa con tres vástagos ajena a nuestra presencia…

Permanecí largo tiempo haciendo fotos de aquella tierna escena mientras me decía para mis adentros…

—- Tuvieron suerte de no encontrarse con Fraga cazador…

Serafín Digón acabó con mis agujetas llevándome, al siguiente amanecer hasta el Mustallar, desde donde creía ver León… Y en sucesivas jornadas de aquellas cortas vacaciones, me hizo subir al Penarrubia, bajar hasta Piornedo de Donís, ir de pueblo en pueblo siguiendo el curso de un regato de cuyo nombre ni me acuerdo… Recorrer Moreira, Mazo, Poso, Pando

—- Serafín… ¿Me vas a enseñar el Urogallo?

Y otro silencio largo pondría fin a la conversación de amigos en la que hablábamos hasta de aquellos Montañeros Celtas, de Vigo, que él rescató una noche en los bosques del Miravalles, tras dos días perdidos entre lobos.

Quise hacerle una entrevista para el periódico, pero a Serafín poco le interesaban los chismorreos capitalinos y mucho menos le gustaba ser el  protagonista…

—- Ti fala coa serra, que será quen che dea as mellores respostas.

Digón tenía por aquel entonces 63 años y solo le preocupaba que lo jubilaran como Guarda Mayor

—- Eu teño aquí a miña vida e a miña muller tamén. Non podría vivir sin esto pese a soedade dos invernos.

Y se lamentaba de que los jóvenes, todos, se fueran de los pueblos…

—- Soio quedamos os vellos…

Estaba fuerte como un toro y cuando le pregunté si habían tenido hijos me contestó que “os rapaces teñen que vivir”. Y razonó así que de los cuatro a ninguno le interesase la aldea…

—- Un é veterinario, outro economista, outro banqueiro e a filla está ben empleada… ¿Qué pintan aquí?

Las caminatas de aquel hombre fuerte por la Sierra de Ancares habían servido para que sus hijos pudieran estudiar en Lugo y en Santiago y para preservar la vida en el paraíso.

Porque a Serafín le gustaba cazar pero…

—- Os animais que se pode. Non especies que disminúen, senón aquelas que están aumentar coma o corzo, o poco bravo, os coellos, as perdices…

He leído todo cuanto libro sobre Ancares cayó en mi mano y es curioso que en todos se habla de la abundancia de especies cinegéticas, entre las que algunos autores incluyen al oso, pero en el siglo XIX.

Al parecer abundaba todo tipo de animales y solo un exceso de cazadores pudo acabar con especies como el propio urogallo, la cabra montesa y el rebeco. Curiosamente, Digón iba a cazar al Pirineo este cérvido porque…

—- Cos rebecos de Ancares acabaron os do Somatén, que tiñan unhos rifles de primeira categoría.

Los del Somatén. ¡Hay que joderse! Aquella “tropa” adicta a Franco que para hacerle la pelota cometían las “tropelías” que le encargaba el jefe provincial del Movimiento, también campaban a sus anchas por este paraíso único, matando cuanto animal encontraban a su paso…

—- ¿Tamén cazaban a “pita do monte”?

—- Todo animal que se lle poñía a tiro e, se me descuido, todo home que tratase de impedilo.

—-  Entón Fraga non foi unha excepción…

Otro silencio puso fin a la conversación, en la que Serafín Digón comenzó a hacerme confidencias…

El último día de aquella mi primera visita a los Ancares, Serafín me llevó otra vez a la Campa de los Tres Obispos. Desde allí tomamos otro sendero hacia el bosque, caminando despacio, muy despacio…

—- Abre ben os ollos que se non perdes o espectáculo…

No sé cuantos animales fueron saliendo a nuestro paso pero el espectáculo fueron unos cuantos urogallos que parecían divertirse volando raso entre los acebos…

—- Son os que quedan… Deben ser uns vinte en total, entre machos e femias.

El urogallo y el rebeco fueron las estrellas cinegéticas de estas montañas, juntamente con el oso hace un par de siglos…

¡Ya les valió a semejantes salvajes, esos que matan con la disculpa de que cazan!

—- Mira, unha cova de oso. Agora veñen de Asturias duas ou tres parellas cada ano, pero márchanse a invernar aló.

Volví a ver a Serafín Digón dos o tres veces, pero cuando ya no era el Guarda Mayor de Ancares. En una de ellas me contó como Fraga había cazado aquel Urogallo que aún permanecía disecado, la última vez que fui, en el lugar más visible del refugio de montañeros del Club Ancares

—- Aquelo foi por orden do gobernador civil da provincia…

—- ¿Cómo?

—- Sí, mandóume “unha avanzada” coa orden de que o ministro “tenía que cazar un urogallo”.

—- ¿?

—- E así foi. El disparóu e no chan apareceu morta isa pita do monte que tanto che preocupa…

Estuve con Fraga por última vez en el viejo Restaurante Vilas, en una comida que nos ofreció a los que organizamos el Xacobeo 2004

¡Ese día tenía cara de urogallo!

Cuando el otoño pinte de nuevo los árboles he de volver a Ancares… Esta vez si nos lo permite el coronavirus.

(3) Comentarios

  1. Precioso relato de Ancares. Eu non o coñecin pero todo o mundo fala de Digón como una gran persoa e o mellor coñecedor que tivo a Serra. Parabéns.

  2. Preciosos los Ancares. Fui hace ya unos años pero me maravilló ese paisaje que se ve desde el balcón que hicieron próximo al Refugio. ¡Es una pasada! Que suerte poder recorrer la sierra con el Guarda Mayor.

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