EL REY DE LOS CAFETEROS Y LA REINA DEL CABARET

Sobre la arena de esta playa comienza esta historia…

Era un niño. Cambió la primavera nicrariense por el otoño uruguayo en un barco a vapor, en 1872. Por equipaje llevaba de la mano una familia y 11 años suficientes para sentir morriña de Camos y de aquel mar donde se bañaba con los amigos…

A aquel lugar lleno de arena y sin casas le llamaban y aún le llaman, cosas del destino,  Playa América.

En esa misma playa, también  disfrutaba del agua de verano una niña rubia de ojos color esmeralda a los que todos llamaban Puri  “La Vikinga”, porque en nada se parecía a las demás niñas de Panxón.

“La Vikinga” también tomó a la familia de la mano a sus escasos 10 años y embarcó en la ría de Vigo, aún sin muelle de atraque,  en otro barco a vapor, pero con rumbo a La Habana.

“Mira ese barco que va por la Bahía, ahí se va la novia mía…”

Purificación Couso Mariño, “La Vikinga” escribiría la derrota con lágrimas de sus ojos esmeralda antes de ser enterrada en el Cementerio de Colón, el mayor de América, cuando apenas había cumplido “veintipocos” años de edad.

Francisco San Román, sin embargo, llegó a viejo y vio como sus hijos seguían la dinastía “galiguaya” del que se conoció siempre como Rey del Café. 

El “Indiano” de Santa Baia, como le decían los de su pueblo, se hizo hombre en Brasil para crecer como empresario en Montevideo. Lo suyo siempre había sido el café…

“La Vikinga” de Panxón se hizo caberetera en el viejo Capri donde se divertían los americanos de Al Capone. Lo suyo fue cada noche un gánster…

San Román se inició como rico con una cafetería llamada “Polo Bamba”, en Montevideo, a la que acudían los grandes escritores como Vasser, Florencio Sanchez, Artecona, Bianchi… y otros artistas de la época, dados a la tertulia.

Purificación Couso bailaba toda la noche en el Capri con aquella gente de los bajos fondos de Chicago y poco le importaba que llegara algún día esa revolución pendiente, de la que tanto se hablaba en los campos.

San Román abrió otro establecimiento cafetero junto al famoso Teatro Solís, el Tupí Nambá, con el que obtuvo otro gran triunfo al ser lugar de referencia de la intelectualidad uruguaya y del que ya hacía publicidad:

“Nunca digerir podrá con felicidad usté, si no toma del café que sirve Tupi Nambá”

Puri “La Vikinga”, por el contrario, no llegó al Tropicana, como era su sueño, porque nunca llegó a salir del Capri, en donde bailaba el son y tomaba ron a la roca para olvidarse de su mar y de su Galicia.

Mientras, San Román se sentía más uruguayo que gallego, sobre todo a partir de la fiesta del décimo aniversario de su famoso Tupí Nambá, donde sus amigos intelectuales le nombraron “Rey de los Cafeteros” y Alcides de María, le escribió:

“Yo soy mate cimarrón. Apenas se algún refrán pero como San Román lo mezcla en esto al fogón, evoca la tradición de los estilos camperos. Y a quien da estos pucheros yo ofrezco silvestres flores. Un viva todos, señores, al Rey de los Cafeteros.”

El padre de los Castro aún crecía en Láncara y en La Habana, era raro el día en que no aparecía algún cadáver flotando en el malecón…

En el Malecón, las olas destrozaron contra las rocas, -batiéndolo como si de un último coctel se tratase-,  el cuerpo desnudo, hermoso y joven de Purificación Couso Mariño, “La Vikinga”.

Dicen que un famoso gánster, borracho de ron y sexo, le metió un tiro entre ceja y ceja antes de volver a Chicago… para ser el último que la amase.

Ese mismo día,  aquel “Indiano” de Santa Baia, en su mansión de verano de Maldonado, frente al mar que le dicen de la Plata, se acordó de aquel primer beso que de muy niño había posado en los labios de “La Vikinga”. Y se puso a cantar aquello de…

              “A raíz do toxo verde e moi mala de arrincare. Os amoriños primeiros son moi malos de olvidare”.

Cuando yo visité Montevideo por primera vez no existía el Tupi Nambá y sí La Pasiva, con propietario de Gondomar y con pretensiones de seguir la tradición de aquella intelectual cafetería-restaurante, sustituida hoy en día por el edificio Ciudadela. Y cuando fui al cementerio de La Habana, mi amigo Manelo,  me contó esta historia de aquel fracaso de la más bella vedette del viejo Capri, a la que de niña, recordaba el Pancho, un viejo marinero de Panxón que me enseñó a respetar el mar… precisamente en Playa América.

(3) Comentarios

  1. Una historia muy triste, la de La Vikinga, pero desgraciadamente no fue la única que terminó en tragedia, incluso en la Cuba del siglo XX. Otras y otros, sin embargo, emigraron en compañía de la suerte.

  2. Aquellos tiempos debieron ser muy difíciles en Galicia, que nadie se va de esta tierra si no es por necesidad. Esta historia es el gran contraste entre el triunfo y la derrota.

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