EL VINO DE CACHÍN LO BEBEN OBAMA Y CLINTON

 

De la variada gente idealista que conocí me acuerdo mucho de Vicente López, mi viejo camarada; fue el elegido para cambiar aquel mundo nuestro por una república independiente. Sí, esa no es idea catalana sino gallega que, como las canciones populares, nació en las tabernas como la de O Papuxa de Ribadavia, donde aún se cultiva el arte de la oratoria.

A Vicente le encantaba el Ribeira Sacra. Decía que era el vino del Papa y que no había prelado que no tuviera excelentes conocimientos de enología desde que llegaron los monjes a las laderas del Sil. Y ya hace siglos, oye.

Vicente me presentó a Cachín, bodeguero de los que aman sus cultivos y miman sus vinos en bodegas artesanales. En ellas fueron introduciendo algunas modernidades, pero conservando en todo momento el espíritu sagrado de aquellos caldos que introdujeron los romanos en estas tierras, hace más de dos mil años.

Cachín se llama en realidad César Enríquez; cultiva y elabora “Peza do Rei”, un vinazo que enamoró a los Obama y a Hillary Clinton. A ambos políticos americanos se los había recomendado un figura canario, consejero de programas electorales, llamado Juan Velarde. Resulta que Velarde está casado con una ourensana de apellido Domínguez y en casa de su suegro Adolfo, que visita a menudo, en la mesa siempre está la opción “Peza do Rei”.

En A Teixeira, uno de los municipios más bellos pero menos poblados de Galicia, aún se acuerdan de aquel día en el que Hillary Clinton invitó a visitar Washington a Cachín y este, tras agradecer educadamente la invitación, le dijo que no podía ir porque “estaba en tiempo de vendimia”, algo tan sagrado para él como el territorio donde crecieron sus mejores cepas.

Ahora este hombre ya sabe lo que es exportar vino a Estados Unidos, pero no mucho, porque de su finca salen unas 25.000 botellas de blanco y 50.000 de tinto, el más apreciado.

Los vinos de Galicia escucharon al nacer la música del agua, pero es en el momento en el que los bebemos,  cuando cantan ausencias. Por eso se convirtieron viajeros incansables y ahí los tienes ahora, haciendo patria por el mapamundi, como embajadores del país, promoviendo amistades e imitando la  aventura de nuestra gente.

Te confieso que no soy de entusiasmarme con el vino pero sí con sus ritos enraizados en el alma rural del país y con esa cultura que nace con sus diferentes formas de cosecharlo y que crece en la bodega donde reposa a la espera de ofrecernos impagables momentos tabernarios.

En el Papucha de Ribadavia, a donde me llevó por primera vez mi amigo José Luís García Casasnovas, entendí que el vino no solo es típico, tradicional, sino también dicharachero y hasta simpático cuando los humanos le ponemos voz. Ya sabes que, a veces, es el vino quien habla.

Así que… bebiendo construyamos pirámides de luz en la vieja taberna de la aldea renacida.

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