EN EL TABLAO DEL CIELO CON DON ANTONIO

Por J.J. García Pena

Recién soñé  -por eso  te lo cuento urgente,  antes que se desvanezca del todo, que ya se me va esfumando, ya-  que estaba charlando  con acento gaditano, sombrero de ala ancha y todo, no creas, envuelto en el espeso humo de dos cigarros puros y dos cafés mediante, con don Antonio Machado en un café de Sanlúcar de Barrameda, cerca de la Plaza de Toros.

Sobre un breve tablao, idéntico al del Café de Chinitas, un guitarrista delgado y con sortijas de hojalata se encorvaba, apasionado,  sobre su instrumento como dándole consuelo y calor porque gemía trémulo, como un niño aterido.

Fue el poeta quién se arrancó  por soleares:

 — Converzo con el hombre que ziempre va conmigo… mi zoliloquio ez plática con eze buen amigo…

Yo, atrevido, le apostillo  a mi compatriota:

— ¡Naturaá…! Ez que er  que pienza nunca eztá zólo, don Antonio…

Y él,  fumador impenitente  y creyente penitente, me sermonea moviendo, amenazante,  su índice derecho: 

– ¡Quien habla zólo ez porque ezpera hablarle a dioz un día, Havié! 

— ¡Pero qué me dize uzte, don Antonio, zi zabe que a zu arededó tó zon xupazirio que fingen beatitú y ner fondo ze comportan como el don Guido de zu poema! Má farzo que la monea de tré dólare…

Que mi don Guido fuera un jaranero,  libidinozo y oportunizta meapila,  no lo autoriza a uzté a dudar de la buena  fe de tó un pueblo, mi amigo.

— Pero ez que  no zolo uzté critica a lo farzo devoto y lobo dizfrazao. Muxo otro poeta lo han hexo dezde ziglo y ziglo atrá…Cuxe uzté lo que cuenta zu vieho colega, Arziprezte, por má zeña:

Yo he visto muchos curas en sus predicaciones

despreciar al dinero, también sus tentaciones,

pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,

absuelven los ayunos y ofrecen oraciones…


—  Ez uzté un herehe incorrehible, don Havié,  y zu arma eztá en peligro mortá y pué perderze pa toa la ternidá, que ze lo digo yo.

—  ¡Bah, bah, bah!   Mire don Antonio: aquí le traigo, rezumía, una retahíla de reflezione que me hize,  tál y cómo uzté mizmo  me enzeñó, verbigrazia,  xarlando conmigo mizmo. ¡Éa! Cóhala uzté, que no muerde, léala y déme zu parezer, que uno de lo dó  pué no  tené razón.

Don Antonio, resignado,  me miró de soslayo, se calzó sus lentes de cerca y al final de la lectura me dijo, estirándome  sus brazos y estrenando una desconocida voz altisonora:                         

 — ¡Tié toa la razón, don Havié y ze lo agradezco!  Nunca me zentí má aliviao en toa mi vía.  ¡Tá clavao!  ¡Zi dioz eziztieze no eziztirían loz cura! 

¡A vé, tú, Lazio, pónno dó  copita  de Tío Pepe pa´brindá, que ya eztá bien de tanto cafelito dezaborío, mi arma! 

Acto seguido , prestando oídos al raro rasguido de la gimiente guitarra, que algo presagiaba,  y bajando confidencialmente la voz, me inquiríó:

 — Pero no me negara uzté, don Havié,  que los ánhele zí ezizten. Cuxe , cuxe uzté, zi nó: 

¡Te yamaban La Caoba por tu pelo coloráo,  te yamaban La Caoba!

¡Ahora es blanco marfiláo, ya ninguno te dá coba!

¡Ayyy!  ¡Mira si er mundo ha cambiaoo oo oo oo oo oooó!

Ahora lo sabía. El flaco de los anillos falsos arropaba el alma  que se le iba  por la garganta a  aquel ángel, tocayo de don Antonio… 

Total, que el poeta y yo salimos ganando: él, más afortunado y honesto que su caballero don Guido,  se libró de  su temido infierno y yo, por no ser descortés y estar muy a gusto con su compañía acepté, de buen grado,  que el cielo, aun sin ser eterno, sí existe. Aunque, verdad obliga,  no esperaba  hallarlo en un lugar tan aparentemente prosaico como  un humilde colmao gaditano.

Está visto que,  lo sublime, si sucede, puede alentar hasta en un pesebre. La belleza y el buen gusto, como los zapatos recién comprados y los bombones en caja,  están en el contenido, nunca en el continente.

Antonio Machado en el café de las Salesas.

Esto fue lo que leyó, en silencio, don Antonio Machado Ruiz, poeta y andaluz:

¿Creerían los teocreyentes que a los ateos nos encantaría, incluso más que a ellos, que dios existiese?

La principal diferencia (tal vez la única) entre un creyente y un ateo es el coraje de pensar de uno de los dos.

Si dios gerenciase una empresa privada tal como gestiona el Universo, ya hubiese quebrado el negocio.

Fui creyente, pero al madurar, me curé.

Si el cura temiese a su dios, rumbo al cadalso con el reo lo ayudaría a escapar.

La biblia es el primer best-seller de ficción.

Creería en los milagros si, como los bye-pass surgery  y los cigarrillos,  pudiesen repetirse en una línea de producción.

Tal vez fuesen innecesarios los diez mandamientos si el autor hubiera incluido un instructivo: Usa el cerebro que te di, ¡animal!

El hombre, con disimulo,  le cargó a los dioses  todos sus vicios.

Puedo prescindir de un dios, pero no privar de un Papá Noel a un niño que lo espera.

La inexistencia de dios se manifiesta claramente en Medio Oriente.

La fe en dios siempre tiene cura.

Si los Corderos (y los cerdos) sospecharan la intención de sus Pastores, huirían o se dejarían morir de hambre.

Seguiría siendo  ateo aunque se decretase  -y cumpliese-  creencia universal.

No razono…luego soy creyente.

Un agnóstico sincero es un ateo en proceso.

Un agnóstico sincero puede retroceder un casillero.

Un agnóstico fingido puede retroceder hasta el punto de partida. 

Un ateo solo puede avanzar un casillero.

Un ateo es un agnóstico  completado.

Ningún sacerdote es creyente: como todo mago, tiene la llave de la caja de trucos…y sabe que lo son.

Un sacerdote es solo un ateo hipócrita.

No se puede ser más o menos ateo, de la misma manera que no existen mujeres a medio  embarazar.

No conozco ningún cristiano, del Papa para abajo,  que emule a Cristo.

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