CONTRABANDO EN LA FRONTERA

Hay mil historias escritas de la raia, que fueron muchos los espaldas mojadas gallegos que subsistieron gracias al contrabando. Pero mi viejo amigo y colega, que hoy no puede escribir por causas ajenas a su voluntad,  me las contó a mí, tiempo ha, para que tú, que eres gente buena, seas capaz de emocionarte a medida que vayas leyendo esta transcripción que hago con toda la fidelidad que exige el caso… 

EL RELATO DE UN NIÑO CONTRABANDISTA

Mi padre me enseñó el oficio del contrabando a los 5 años. Mi padre era El Zorro del Miño y salía en las portadas de La Región todas la primaveras exhibiendo el primer salmón de la temporada: En Portugal era simplemente O Raposo.

Su pasión era la pesca del salmón. Le he visto luchar con un bicho de 16 kilos durante media hora. Fue épico.

Allí donde el río empieza a hacer frontera con Portugal, donde por fin discurre libre, se levanta la peña y sobre la peña la casa natal, alta como un faro, piedra sobre piedra. Y abajo, muy profundo, discurre el padre Miño, rabioso, rumoroso, suena con furia el primer cachón del Río. El río habla, murmura, te dice secretos al oído cuando eres niño.

Hemos tenido largas conversaciones el río y yo.

Aquí empieza la raia seca con Portugal: El mojón numero 1. Cruz y raya, cruz y raya…Y así hasta Ayamonte: la frontera no existe: es una línea imaginaria.

Mi casa está a tiro de piedra de la raia, a doscientos metros de Portugal: cuando Viriato encendía la luz de su habitación, salían los fardeiros con el café de contrabando. Era la señal convenida. Y si eras buen corredor no habia tricornio que te pisara los talones. Los guardias entonces llevaban mucha impedimenta: muchas balas, un fusil, capote y mucho cuero.

A los siete años ya me agazapaba entre las parras y las berzas para vigilar a la pareja de tricornios. Entre tanto verde se camuflaban como lagartos. Pero tenía a mi fiel perro “Café”, era un buen perdiguero capaz de olfatear a un tricornio a cien leguas de distancia y con sus ladridos alertaba a todas los vecinos, de España y de Portugal; sobre todo en las noches de invierno, cuando circulaba la mercancía, por las corredoiras bajo las parras en lata.

Había que alertar a los porteadores, y cuando mi perro Café ladraba, desaparecían todos los vivos de la aldea y toda la mercancía: solo se escuchaba a Xagana, la vieja castellana, que cuando estaba borracha de Sanson cantaba su letanía: “Que gente lleva mi carro/cuatro putas y un boticario”.

Yo siempre me paraba, al pasar por su casa, camino de la escuela. Yo iba a lo mío, recitando el poema de Abenamar, Abenamar, el moro de la morería, que no podía decir mentira.

Los fardeiros (los porteadores) eran grandes y fuertes como costaleros: tipos duros y rápidos. (cargaban a las espaldas sacos de 50 kilos de café Sical y corrían como centellas. Y no se arrugaban ni se paraban al “alto” de la guardia civil). Nelo era mi favorito: grande, parco en palabras, pero leal como un perro. Le he visto correr con dos fardos de ochenta kilos durante seiscientos metros y dejar sin resuello al guardia que le perseguía. Aquello era algo serio: te jugabas la vida y la bolsa.

El contrabando era la vida de mi aldea: el pan de cada día. O te hacías contrabandista o emigrabas. No había otra salida.

Y mi viejo ya habia emigrado. Era un retornado. Se largó a los 18 años, antes de que estallara la guerra, de polizón en un barco a Brasil. Y llegó hasta Manaos.
Y al acabar la guerra, regresó. Y lo confinaron en el monasterio de Celanova. Y salió vivo.
Mi padre odiaba la guerra. Solo le vi llorar dos veces en la vida, una cuando le pregunté por la guerra.

Solo lloró.

Y silencio.

A principios de los 70, mi aldea se llenaba de almas en pena: el tren expreso de Vigo a Irún, que paraba en la estácion, se cargaba de portugueses tristes y sin papeles, que escapaban de la miseria y de Salazar.

Y ahí estaba la raia: sin alambres de espino, sin muros, sin cadenas. Solo el regato Troncoso: tenías que saltar dos piedras y ya eras libre: tu mercancía no pagaba tasas aduaneras. A nadie se le ocurría ponerle cancelas al campo.

Claro que había aduana, y puesto fronterizo. Pero era tedioso y el papeleo más ceremonioso que un doutor portugués: había que cubrir muchos papeles y todo era muy lento y desagradable: La PIDE, la policía salazarista era intratable. Y mi viejo odiaba la burocracia.

Años 80.

La aldea era un puro cafetal. Llegaban miles de fardos de las ex colonias portuguesas: de Angola y de Mozambique, sacos de café recién tostado. Mi casa olía a café. Olor tropical. Y a tabaco: los cartones Pall Mall, LM y Lucky Stricke se escondían en las bodegas: por eso empecé a fumar a los 8 años, tabaco americano: invitaba a todos los niños de la aldea. Cigarros con filtro: los Celtas eran cosa de labriegos. Nosotros éramos contrabandistas.

Y en los desvanes se escondían cajas y cajas de juegos de café de Macao, de percal, de loza japonesa, china o inglesa de Royal Albert.

Mi padre ganó mucha pasta vendiendo figuras de curas con sotana, con cara de san Antonio, que levantaban el pito tirando de un cordel: y tenían una verga generosa con el capullo más rojo que una camelia de Caminha. Llegaban a miles desde las fábricas de Barcelos y de Viana. Y en el bar para disimular se servían quintos de cerveza Skol, botellas de Sanson y ponche Cuesta. El cognac Soberano era solo para hombres.
Y después llegaron las figuras de barro de Rosa Ramallo, la alfarera anciana de Barcelos, amiga de padre: mi casa estaba repleta de cabras picassianas, de cristos maltrechos y cativos, sin cruz, pero de brazos abiertos, y de demonios fadistas.

Mi padre era un lince para el comercio, para los negocios: decía que para vender tienes que hablar y convencer: como los políticos. Solo que al contrabandista que miente o engaña le meten un tiro. En mi aldea hubo varias balaceras. En este negocio la palabra es franca y firme, como en los bancos suizos.

En el contrabando la palabra vale oro: el contrabandista no lleva libros de contabilidad: no hay haber ni debe, y el balance final es incierto: mi viejo se pasaba el día rumiando cifras, y relacionando nombres con apellidos. En el negocio del contrabando si no te pagan la mercancía, no puedes denunciar al pufero: por eso mi viejo odiaba la mentira, la doblez, y sobre todo a los puferos, porque son tenaces y escurridizos. Mi padre jamás usó la violencia: Y después estaban los chivatos y los envidiosos: le arruinaron dos veces. Y dos veces se levantó. Y volvió a empezar: y salió a flote.

Mi padre me dio el mejor consejo para andar por la vida:

“Neno, para coñecer a un home hai que mirarlle aos ollos e despois ás mans: se ten fendas e callos é un labrego, un home noble; se as ten finas, pulidas e mantecosas ou é chupatintas, carterista, “pinhor”, ou é picapleitos: Non te fíes. E fíxate ben no corte das uñas”.

Hay detalles que importan.

Todos éramos contrabandistas, y respetables, en aquella aldea: los niños, los
mozos, las viejas, las mujeres, hasta el tonto del pueblo. Y el cura. Las mujeres cruzaban el puente todos los días, ocho veces, pasaban delante de la caseta verde de la guardia civil, con las bolsas de café escondidas entre fajas y refajas, debajo de las tetas. Parecían un pelotón de preñadas vestidas de negro en fila india: Y los guardias miraban para el río. Iban a vender el café a los viajeros del ferrobús.

 Yo fui contrabandista a los 8 años: y me pagaba mis estudios con la mercancía prohibida que vendía en las tiendas de Ribadavia: el Café Sical, o mellor de Portugal, después del bacalao.

Para ir a la escuela tenía que cruzar el Miño y coger el tren: el ferrobús, blanco, de dos vagones, y de motor diésel Benz. Pero para ir a la estación antes tenía que pasar frente a la caseta de los tricornios negros. Y solo me revisaron el maletín una vez:

Llevaba dos kilos de Sical debajo de los libros de Historia y de Filosofia, para venderlos en Ribadavia y pagar el billete de tren.

En la aldea vivíamos juntos y revueltos contrabandistas y guardia civiles.

 Los adultos jugaban a policías y ladrones, y los niños al corre que te pillo y al escondite.
Mi primer amor fue la hija de un guardia civil sevillano. El padre cambio de cuartel y perdí la niña de mis ojos.

Y me salvó la vida el hijo de un guardia civil: me saco por los pelos del fondo del río.
Después entramos en la UE y se acabó el negocio. Hoy mi aldea parece un cementerio, un pueblo fantasma, donde solo escuchas la voz de los muertos. Igual que Comala.

Mi aldea se llama Frieira. Ni es española ni es portuguesa.

Es una raya invisible.

* El niño protagonista de esta historia, el que me la relató para que fielmente te la contara y con el que tuve el gusto de trabajar durante largos años en “Desde Galicia para el Mundo” es mi amigo ADRIANO RIVERA, excelente periodista y mejor persona. Le agradezco mucho esta historia que pertenece a los días aquellos en que la negra sombra se posaba a diario sobre el país…

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