EVA PAVÓN, DE MAESTRA A MISS CARACAS

Apareció en mi vida juvenil y radiante, desnuda como una sirena de río y nadando hasta aquella roca donde escondíamos la vergüenza en la que habíamos sido educados. Supo despertar mis primeras pasiones con aquel cuerpo maravilloso que poseía y con el que, adolescente, se sabía no solo bella sino también poderosa.

Sucedían entonces, poco más o menos a mis dieciseis y a los suyos, veranos ardientes, de los que queman la piel y despiertan deseos. Por eso buscábamos ambos el frescor del Miño que entonces bajaba rápido y procreaba un hermoso valle entre Os Peares y Ourense.

Los viñedos de Rivela adelantaban fruto en aquellos agostos cuando mis amigas de Cudeiro lucían cuerpos jóvenes, espléndidos, sobre la hierba de la ribeira…

Hoy aquel Miño es un mar interior y el frescor que te ofrece en verano se convierte en niebla invernal, que todo lo envuelve y empapa. Es como si sus aguas quisieran sepultar todos los recuerdos, incluso el de la primera vez que acariciamos un rostro y saboreamos el jugo de un único beso.

Pero volviendo atrás, llegó el otoño cálido de mis recuerdos y cada noche sucedía el mismo sueño…

El barco escondía su popa detrás de Cíes y allá se iba ella vertiendo lágrimas azules sobre las olas, que por no partir se estrellaban contra las rocas mezclándose con las ondas del mar de Vigo, testigo de aquella despedida sin retorno.

Aquel sueño fue un día la realidad más real que jamás viví…

Aquí, en el pueblo,  no sucedía nada. Era el principio de la “década prodigiosa”, así llamada por  los periódicos del franquismo. Las estaciones de tren estaban llenas de despedidas y de jóvenes que saludaban a todo el mundo en alemán. Del puerto de Vigo partían los últimos barcos con carga humana hacia la tremenda incógnita americana que hablaba, sin embargo,  el mismo idioma.

Era, decían, la postcrisis de la crisis última.

Ella, Eva Pavón,  navegaba hacia la conquista del espacio en medio de aquella cosmovisión que jamás logré entender…

Eva llegó a Caracas con un bolso de ilusiones y un título de maestra. En los sesenta, la capital era una delicia de caótica ciudad con mil oportunidades para el triunfo, pero sin río y sin cepas de esas cuyas hojas se vuelven tan rojas como el vino.

A veces subía hasta el Ávila caminando para contemplar desde el cerro  como los edificios aún trepaban en medio de pequeñas manchas verdes.

Aunque donde era feliz era en Valle Fresco… Aquel paisaje y su paisanaje le recordaban la bajada hacia el Miño por Rivela y sobre todo a su gente.

A los dos años de su llegada, en 1963,  Eva Pavón fue Miss Caracas y ya no volvió a dar clases a los niños más humildes del humilde barrio del Junquito. Acababa así su sueño contado antes de partir,  mientras aquel mismo verano miraba otro barco que se iba hacía Cíes…

La tele destruyó su humanidad más humana y navegó por los platós, de programa en programa y de canal en canal, hasta que la vida le llevó a Miami para ser actriz,  pero solo logró papeles de chica mona en aquellas telenovelas que contaban vidas de esas que, a veces, te resultan incluso familiares.

Eva Pavón fue la primera Miss gallega a la que impusieron una banda en Venezuela, una de las mejores presentadoras que tuvo la televisión de América Latina y una mediocre actriz que, pese a vivir cerca de Hollywood, nunca contrataron para una película.

Siempre la recordaré como la chica que me enseñó los secretos del río de mis amores… aquella que solo quería ser maestra de Cudeiro, como mi madre.

La última vez que la vi era “la abuela de la mala”,  en una telenovela de esas que programaba la televisión para las sobremesas gallegas.

Pero aún ahora, cada vez que contemplo las Cíes en la bocana de la ría de Vigo, me acuerdo del único sueño que a lo largo de mi vida se convirtió en realidad.

Y silbo aquella canción cubana…

—– “Mira ese barco que va por la bahía… ahí se va, se va la novia mía…”

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