FERNANDO BALADRÓN, DETECTIVE

Aquel Vigo era un encanto. Una ciudad tranquila que miraba siempre al mar. Alejada de los murmullos de palacio y con la música de los tranvías despertándote cada mañana para ir al trabajo. El tráfico no molestaba.

El buen detective Fernando Baladrón aprovechaba sus días libres para contemplar el mar desde el tranvía de Baiona, comer en soledad una nécora en el viejo Naveira y volver a casa por donde había ido, coincidiendo con el atardecer en las Cíes.

Mientras contemplaba el paisaje espléndido, daba gracias a Dios porque le destinaran a la Brigada Criminal: aún le martilleaba el cerebro la muerte de sus dos hermanos, fusilados en el “Año II de la Victoria” por cometer el “error” de defender a la República en aquella sublevación militar.

Baladrón no era franquista y le resultaba abominable la Brigada Político-Social. El era policía desde antes de la guerra y solo le faltaba una década para jubilarse y vivir en Baiona

Su  jefe era el comisario Juan Tuesta, madrileño, gente de confianza del ministro que le había encargado “la misión de acabar con los antifranquistas, fuese como fuese”.

Fernando Baladrón, aún inspector a los cincuenta, sabía caminar en silencio por los pasillos de la Comisaría pero le dolían los oídos cuando escuchaba aquellos gritos fruto del dolor que causa la tortura.

Encima de su mesa tenía el detective dos expedientes sin resolver; dos crímenes que le volvían loco, aunque estaba seguro de que atraparía a los asesinos. Uno había sido cometido en la Sierra del Suido y otro en La Madroa. En ambos casos los cadáveres estaban desfigurados como si el arma empleada fuesen dos enormes piedras…

—- No. Seguro que el cabrón las estranguló pese a lo que diga la autopsia.

El forense no estaba seguro de nada porque era de los que había equivocado la carrera y con los cuerpos bajo tierra, descompuestos, poco podía hacer el detective. Solo dejarse llevar por su intuición mirando mil veces, cada jornada, aquellas horribles fotografías.

Se trataba de dos chicas jóvenes, muy jóvenes. Nadie había reclamado sus cuerpos ni las habían identificado. O eran turistas o tal vez prostitutas “por libre”, de las que hacían la calle y no tenían chulo. La gente de la Herrería, los de los bares y las chicas, no las conocían…

No se halló semen en sus cuerpos pero el inspector Baladrón estaba seguro de que el móvil había sido el sexo no consentido…

—- Lo curioso es que en ambos asesinatos se dan las mismas circunstancias. Es como si los dos crímenes los hubiera cometido la misma persona. Por supuesto fue un hombre porque se necesita fuerza para mover estos pedruscos…

Estaba el policía concentrado en estos dos casos cuando el comisario Tuesta entra en su pequeño cubículo y le anuncia:

—- Baladrón, vaya usted a Cabo Silleiro. Hay un cadáver de mujer en el acantilado. Puede que sea otro asesinato…

El mar estaba en calma a media mañana y descendía. El cadáver lo había descubierto un pescador de los que van a la lubina. Pensó que se había ahogado accidentalmente hasta que dio la vuelta al cuerpo y contempló su cara, completamente desfigurada, como si la hubieran machacado con una gran piedra…

La Guardia Civil dijo que podía ser un accidente y que el mar podría ser el causante de aquellos golpes:

—- Non parece un asesinato, inspector. Este corpo trouxo o mar, -sentenció el sargento.

Pero al detective Fernando Baladrón le parecían demasiadas coincidencias en relación con las fotografías que acaba de ver en su mesa…Los mismos golpes, la mismas sensaciones, tal vez el mismo móvil sexual y una víctima similar a las anteriores.

—- Fue asesinada, juez, no le quepa la menor duda…

—- ¿Usted cree, inspector?

—- Sí, señoría. Le pido que ordene la autopsia de inmediato…

Esta vez el asesino olvidó el bolso de la joven, tal vez porque temió ser visto desde un par de barcos que faenaban al pulpo en aquella zona…

El pasaporte era alemán, la foto había sido hecha recientemente y la propietaria se llamaba Michelle Badstuber, nacida en Múnich en el año 1934. Tenía pues, 18 años.

Baladrón se fue a la Comisaría y se puso en contacto con la Policía de Múnich, vía teletipo, facilitándole todos los datos de la chica. Pero los policías alemanes, recién terminada la II Guerra Mundial tenían otra preocupación: la de que los americanos no les vincularan con la Gestapo.

El inspector recorrió todos los consignatarios de buques de la ciudad en busca de las listas de los pasajeros, pero la joven Michelle no aparecía…

Sin embargo a los quince días, el inspector Baladrón se enteró en uno de los bares próximos al puerto que el trasatlántico de la Compañía Trasatlántica Española “Virginia de Churruca”, que por cierto hacía su último viaje a Ultramar, había mandado un S.O.S. a la Marina española por la desaparición de una camarera, Michelle Badstuber, “cuyo cadáver pudiera llegar a esas costas”…

Cuando el inspector Baladrón llegó a Comisaría y contó a Tuesta lo sucedido, este le respondió:

—- La autopsia no ofrece indicios de asesinato. Esa chica, según todo parece indicar y así lo refleja la Guardia Civil, cayó por la borda del trasatlántico y el mar la golpeó contra los acantilados al devolverla a tierra. Murió por asfixia…

—- Como las demás, comisario, como las demás… ¡No tengo la menor duda de que se trata de un crimen! Llevo dos años estudiando estos casos y hay muchos puntos de coincidencia. Si cierra el caso, no daremos nunca con el asesino y habrá más muertes…

—- Está usted obsesionado, inspector. ¿Cuánto le falta para jubilarse?

—- Casi una década, señor.

—- Le voy a pasar a usted a la Brigada Antivicio inspector. Ya sabe, un trabajo mucho más tranquilo…

Durante el franquismo tenía la Policía una Brigada Antivicio que se dedicaba a extorsionar prostitutas y locales de mala reputación; y a perseguir a quienes cometían el gravísimo pecado del adulterio, entre otros incurables delitos de la época,  como el de fumarse un porro, que ya había llegado la maría a las playas de este Atlántico bonito del sur de Galicia.

Baladrón no hizo piña con sus colegas de la Brigada y se limitó a cumplir órdenes. Era un poli raro para esa época, en la que los polis eran los reyes de la noche y a veces del día…

Me contó mi querido don José Posada Curros, que tuvo la mala suerte de vivir esos años e irse al espacio poco después de que fuéramos todos demócratas, que la Brigada Antivicio servía para denunciar las infidelidades de los rivales políticos o empresariales, que entonces se llevaba “tener querida además de esposa”.

Os lo cuento para que os deis cuenta de lo que supuso en España vivir la Dictadura de un militar sustentado en los pilares de una Iglesia que le llevaba en procesión bajo palio.

En una habitación del Hotel La Estrella, ubicado en la que hoy es la calle Uruguay, justo frente al edificio del Fraga, el inspector Fernando Baladrón pasaba sus horas libres tratando de desenmarañar aquellos crímenes que no le dejaban dormir.

A veces coincidía con el juez Eduardo Leira, una persona seria y amable con la que había trabajado en algunos casos, paseando por la Puerta del Sol o por la Estación Marítima, llena en aquellos tiempos de gente que se iba a hacer las Américas; que no estaba la Galicia de la postguerra para emprender aquí ninguna aventura.

—- Se van todos, juez.

—- Ya ve inspector, no corren buenos tiempos…

—- ¿Me permite una pregunta, Juez?

—- Usted mismo…

—- ¿Cree que son crímenes o no el de Baiona, el del Suido y el de la Madroa?

—- Como usted, estoy convencido de que lo son. Así se lo hecho saber al fiscal y al comisario de Policía…

El inspector de la Antivicio se fue tan contento del puerto que decidió tomar un tentempié en la Taberna del Fornos, en la calle Carral, antes de irse al hotel a echarse una siestecita, como acostumbraba…

Cuando llegó a “La Estrella”, le sorprendió la cara de la recepcionista que respondía a una persona asustada, por lo que decidió pedirle las fichas de los huéspedes…

—- Aquí están todas, inspector…

—- ¿Por qué está usted tan nerviosa?

—- ¿Quién? ¿Yo? ¡Qué va!

Baladrón no le dio más importancia a la cara de Adelaida y decidió dormir la siesta sin más preocupaciones…

En esto…

Oyó un ruido de golpes en la habitación contigua, los gritos de una mujer y una voz que le resultaba familiar. No lo dudó. Se plantó en el pasillo. Disparó a la cerradura y allí estaba él con las manos en el cuello de su víctima, en la cama.

Disparó al techo y el asesino se dio la vuelta…

—- Usted…

—- Sí, pero nadie le creerá porque aquí no quedará ningún testigo, ni siquiera usted inspector. Tire la pistola. Si me mata, usted será el asesino de los cuatro crímenes puesto que yo ya hice recaer sobre usted las sospechas ante sus sustitutos, porque “es un obseso que precisa de crímenes para ser detective”, por eso no los resuelve. Si me da la pistola y yo le mato será un héroe y su hermana, viuda y pobre, a quien usted tanto ayuda,  cobrará íntegra su pensión… ¡Usted elije! ¡Ya tiene 51!

En esto, la joven desnuda tomó la lámpara de la mesilla de noche y le dio en la cabeza a su agresor con toda su fuerza. Este se volvió echándole sus manos al cuello momento que aprovechó el detective Baladrón para golpearle en la nuca con la culata de su vieja Browning, dejándole inconsciente…

Le puso las esposas y lo dejó desnudo para que sufriese el escarnio de toda la sociedad…

Ni diez minutos tardaron en llegar sus compañeros de la Brigada Criminal precedidos por el comisario Tuesta

—- Joder, el juez Leira. ¡Qué cabrón! ¡Él instruía todos los casos!

—- Sí y esta vez se hizo con una pasajera del “Martín de Comillas”, francesa, que viajaba a Venezuela. Le ofreció dinero a cambio de “un rato” y se la trajo al hotel. Adelaida, la recepcionista, identificó al juez y pasó asustada de pedirle que cubriera la ficha…

—- Tendré que reintegrarle a la Brigada Criminal, inspector. Él me había convencido de que usted era un inútil…

El detective Fernando Baladrón recibió una postal, todos los años por Navidad, firmada por Rose Fontaine, la joven francesa a la que salvó la vida. Todos los años, hasta 1969, fecha en la que su cuñada Carmen Pousada –que no su hermana, como creía el juez asesino- recibió su merecida pensión y aquellos últimos buenos deseos de un feliz año nuevo.

El juez Leira murió en la prisión de Chinchón a manos de un “preso vengador” de los que no toleraba los abusos sexuales.

Editar la imagen

(2) Comentarios

  1. Que historia, parece de novela. En esa época, además, supongo que en Vigo no pasaba nada, los crímenes sucedían mas en las aldeas por lo que me contaron.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *