FERREIRÓS, LA VILLA SUMERGIDA DE A BAÑA

Te contaré una historia del municipio de al lado, aunque te digo son muy pocos los visitantes que se acercan a la parroquia de San Xoan de A Riba, con la curiosidad que a mí me mueve el trayecto entre las aldeas de Carballeira y Ferreirós.

Ahí, en medio de los campos cultivados, según me dijo una vez Antón Fraguas, existió una laguna rodeada por cuatro mámoas; y bajo sus aguas estaba sumergida la villa de Ferreirós, que era la más importante del ayuntamiento de A Baña.

Al parecer la inundación fue provocada -hace más de dos mil años- por el diluvio que allí soltó una sola nube negra, que así se ven desde tierra las que provocan las tormentas.

En realidad las nubes negras no existen; lo que vemos desde el suelo es la sombra de una nube que, como todas, es blanca. Ocurre que solo alcanzamos a ver su base y cuando la luz del sol no la atraviesa hasta la parte inferior, se nos aparece tan tremendamente oscura que mete miedo.

De la nube negra viene la negra sombra que tanto asombró a Rosalía y a nosotros mismos. La culpa es de un fenómeno meteorológico que crea en los cúmulos de desarrollo vertical una gran densidad de partículas.

Hoy, el caminante curioso no encuentra ni laguna ni mámoas ni villa, solo el hermoso paisaje rural que rodea a estos pueblos de A Riba.

Pero A Baña ofrece otros atractivos paisajísticos, que si bien no resultan legendarios, destacan por su belleza tectónica, ya que a poco que imites al gavilán que ronda estos cielos, descubrirás como los pequeños ríos se encajan en el territorio para llevar sus aguas al Tambre.

Un ilustre periodista compostelano que tristemente ya viajó al Espacio, el gran  Diego Bernal, decía que el encanto natural de Compostela está en su verde periferia, mezcla de naturaleza salvaje y campos poco cultivados a propósito.

Y tenía razón el desaparecido colega, profundo conocedor de la Galicia más próxima a la Catedral de Santiago; porque A Baña es un municipio atractivo por sus pueblos, por esas aldeas –algunas abandonadas- que nuestros abuelos lloraron desde la Argentina del siglo XIX y principios del XX.

Son pueblos de postal, rodeados de flora autóctona y con un encanto sublime. Por eso no se olvidan nunca cuando se dejan para siempre.

En estos pueblos tiene el postverano deliciosas postales que tiñen de arcoíris el paisaje. Resulta especialmente hermoso desde las pequeñas cumbres que generan los valles por donde discurren dos ríos, el Baña y el Barcala. En ambos quedan huellas de un pasado de subsistencia, de molinos que servían para todo, incluso para la tertulia pícara, de esas que ahora se trasladaron a la televisión.

Claro que lo que más impresionante de este territorio es el trayecto del Tambre, sobre todo si caminas a su par por los senderos de pescadores y te miras en sus espejos.  

En el Tambre nadan los árboles, ya semidesnudos, mientras las truchas saltan libres hasta que se levante la veda. Río abajo se te aparecen otra vez los molinos que no resisten ni el paso del tiempo ni la falta de uso.

Y termino. Estos espacios son tan bellos que te resultará imposible pensar en los negros nubeiros que sumergieron las villas de la antigüedad.

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