FRANK SINATRA NO ESTUVO EN VIGO PERO SÍ EINSTEIN

Cuando vivíamos en Vigo me fascinaba su mar desde el balcón de nuestro piso, sin ir más lejos. No sabes cuantas veces me asomaba para ver cómo iban y venían los barcos. Los del xeito, que volvían al Berbés, destacaban si eran de color rojo. Los veleros me ofrecían los más bellos contraluces. Pero los que realmente me impresionaban eran los grandes buques trasatlánticos tanto en su arribada como en la partida.

Las partidas, cuando aquellos enormes buques, generalmente blancos, embocaban Cíes, despertaban en mí el recuerdo de muchos amigos ausentes, sobre todo el de mi primo Álvaro, que se fue en uno de ellos para procurar la aventura americana. Y también me inspiraban guiones para mis noches de radio; algunas historias como la de aquella novia que se le había ido a mi vecino, diciéndole adiós por babor, al mismo tiempo que él le cantaba una canción que estaba de moda en Las Cabañas…

—- Mira ese barco que va por la bahía… ahí se va, se va, se va, la novia mía…

Cuando venían… me gustaba imaginar aquel cosmopolita pasaje que desembarcaba en la Estación Marítima Internacional. Suponía que entre los miles de pasajeros que llegaban a la ciudad a bordo de tan grandes y bellos cruceros, debería de haber muchos personajes interesantes, protagonistas de las artes y de las letras, empresarios yuppies que se decía entonces, gente rica de vacaciones, estrellas de Hollywood y puede que algún científico.

El puerto de Vigo era el único de España en el que se embarcaba para Nueva York y al que se arribaba desde la City, por aquel entonces. No recuerdo bien los nombres de los barcos, pero me parece que uno de ellos era el “Covadonga”.

Me suena porque un día que atracó en Vigo, mi querido amigo Juan Ramón Díaz, tan buen periodista como bromista, le había hecho una jugada gorda a mi también colega Segundo Mariño…

Juan Ramón, a la sazón redactor del “Faro de Vigo”, me preguntó.

—- Así que Frank Sinatra te trató bien, ¿No?

Yo le seguí juego…

—- Muy bien, es un tipo fantástico. Y no veas tú como son los camarotes del “Covadonga”, que lujos, oye…

Segundo Mariño estaba muy atento a la conversación y no me quitaba ojo de encima.

—- ¿Y qué te contó de especial?

—- Ya sabes, lo típico. Me habló de la música, de la ría que le gustó mucho y de Franco, que no le caía bien.

En esto entra en acción Mariño…

—- Oye, Juanra… ¿Lo publicáis vosotros?

—- Hombre claro, teníamos unas fotos muy buenas de Novoa.

Mariño salió como una bala de la cafetería Fraga para escribir la noticia y al menos publicarla en primera de su periódico, “El Pueblo Gallego”.

Juan Ramón quería que al menos escribiese la información en base a los pocos datos que tenía, pero yo era un alma caritativa y llamé a Pepe Rey,  encargado del cierre, para decirle que todo era una broma. Mariño no llegó a escribir la noticia pero tenía reservado un hueco en primera página para ella.

Frank Sinatra nunca estuvo en Vigo pero sí Albert Einstein. Lo hizo en dos ocasiones, en marzo y en mayo de 1925, año en el que realizó una gira por Sudamérica. Lo que queda de aquella visita es que el más famoso científico de todos los tiempos, Premio Nóbel en 1921, escribió en su diario…

—- Riqueza de colores y puesta de sol en Vigo. Incomparable.

La luz de la ría impresionó a Einstein que por aquel entonces gozaba de un prestigio inusual para un científico porque su Teoría de la Relatividad Especial, formulada en 1905, constituyó uno de los avances científicos más importantes de la historia.  Alteró nuestra manera de concebir el espacio, la energía, el tiempo y tuvo incluso repercusiones filosóficas, eliminando la posibilidad de un espacio-tiempo absoluto en el Universo.

Posteriormente, en 1915, hizo pública su complementaria Teoría de la Relatividad General, que pretendía aunar la dinámica newtoniana con algunas de las consecuencias de la primera teoría.

Cuando visitó Vigo Einstein, el 9 de marzo de 1925, vivió un lunes primaveral extraordinario durante las horas que permaneció en puerto el trasatlántico “Cap Polonio”. Habían pasado veinte años de su sensacional descubrimiento.

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