GARCÍA MÁRQUEZ, UN GALLEGO DE ORIGEN.

Déjame que hoy reivindique como gallego a Gabriel García Márquez siguiendo el principio de que uno es de dónde son sus ancestros. Así, tendremos en el país a dos premios Nobel: Gabo, educado, simpático, con excelente visión de mi patria y un Cela grosero, nada cariñoso y bufón en la corte. Ambos merecen estar disfrutando de la gloria en el cielo de las Letras, pero yo solo guardo respeto a uno…

Lo encontré en 1988 en La Habana, en un ascensor del Hotel Nacional…

—- ¡Hostia, tu eres García Márquez!

—- ¿Y tu quien eres, joven?

Me identifiqué con el respeto de un alumno a su maestro y ambos desembocamos en la reunión convocada por el Círculo de Escritores de Cuba, a la que me había invitado mi amigo Miguel Barnet.

En el receso del café, vino a por mí…

—- Mis abuelos eran gallegos y me contaban fantasías sobrenaturales que, no lo dudes, tuvieron gran influencia en mi vida.

—- Ya, cosas de meigas, de la santa compaña, misterios contados al pie de una lareira como la que tiene en su casa el Comandante, de esas que en Cuba nunca se prenden, ni siquiera tienen leña, pero adornan un salón.

—- Mi abuela, sobre todo, utilizaba mucho los diálogos con santos y con las almas del Purgatorio; y también las leyendas protagonizadas por fantásticos personajes. Nunca llegué a saber a ciencia cierta si existían realmente o eran pura ficción que imaginaba cuando sufría esa enfermedad que llamáis morriña.

Gabo, cuando en 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura, dijo a los presentes…

—- Escribí “Cien años de Soledad” usando el mismo método de mi abuela. Es decir, narrando las historias, sobre todo las más inverosímiles, con la cara de palo con las que me las contaba ella, mi abuela gallega.

Tranquilina Iguarán Cortés no había nacido aquí, pero por lo que narra en su libro “La Galicia Mágica de García Márquez” mi amigo Carlos G. Reigosa, al que dedicó ocho años de su vida, sí descendía de gallegos que habían llegado a Venezuela en torno a 1826.

Que yo recuerde Gabriel García Márquez solo estuvo una vez en Galicia, concretamente en Santiago de Compostela y por las Rías Baixas. Fue en 1983 y vino tras haber estado en la Moncloa con Felipe González. Según contó el inolvidable Domingo García Sabell, a la sazón delegado del Gobierno en Galicia y presidente de la RAG, fue Felipe quien le encomendó hacer de guía de Gabo, porque el escritor había mostrado mucho interés por conocer “la tierra de sus ancestros”.

Una vez en Galicia le dijo a García Sabell:

—-  Decidí regalarme en la realidad uno de mis sueños más antiguos: conocer Galicia.

En aquel viaje –dice Reigosa- Gabo paseó de incógnito por las calles de Compostela y se asombró con la Plaza del Obradoiro, de la que dijo…

—- Solo la de Siena gana en belleza a esta plaza. No hay en el mundo otra como ella.

Aquella visita primaveral de 1983 duró solo tres días, pero fueron suficientes para que el gran escritor nos regalase un artículo en el que dice de Compostela…

—- La ciudad se impone de inmediato, completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella.

A mí no me cabe duda de que García Márquez vino a buscar sus orígenes en aquella ocasión y los encontró a juzgar por esta frase:

—- La nostalgia empieza por la comida.

Al parecer, en aquel viaje Gabo también reconoció algunos de los platos que con tanto mimo preparaba su abuela en Aracataca, la Colombia más auténtica. Te preguntarás, entonces…

—- ¿En dónde encontramos a Galicia en García Márquez?

Se lo dijo a Reigosa…

—- En mi obra.

Pasaron 30 años de aquel fugaz encuentro que tuve en La Habana con uno de los más grandes escritores del siglo XX, pero ya he preparado un pasaporte de la República Independiente de Galicia para entregárselo en el Espacio el día que nos encontremos si es que volvemos a encontrarnos.  

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