GENE VELASCO, EL DESARRAIGO

“OLVIDÉ CUANTO ALLÍ DEJABA”

La buena gente, entonces como ahora, se iba. Embarcaba hacia un mundo nuevo, desconocido, distinto, aparentemente cálido, pero frío por la distancia y todo lo que conlleva dejar atrás tu mundo, tierra, familia, amor…

Gene recién cumpliera los dieciocho cuando tomó el “Begoña” rumbo a La Guayra. Gene Velasco García vivía en las Eiroás, que entonces recibía el sobrenombre de “Wichita, ciudad sin ley”, en honor a aquella película con tantas peleas de “saloon”

— ¿Por qué no te vienes conmigo? Estamos condenados a ser unos marginales, siempre seremos unos marginales…

— Pero… ¿Qué crees que nos aguarda en Venezuela, cariño? ¡Seguramente más de lo mismo…!

 Así de sencilla había sido la despedida entre Gene y el amor de su vida, Paco Guerrero, chapista por doscientas pesetas a la semana en un taller del Veintiuno en aquel Ourense de un “carrito” cada tres horas, de finales de los cincuenta.

Yo bajaba de Cudeiro en el de las ocho de la mañana y en la primera parada del Veintiuno allá estaba ella todos los días, espléndida, atenta a mi pícara mirada de adolescente. Un atisbo fugaz que fijaba en mi mente, para siempre, aquellos ojos de gata y aquel cuerpo de avispa, inalcanzable para un balbuciente soñador de pantalón corto…

— Buenos días…

La respuesta era una caricia en el rostro, muy cariñosa, maternal me parece ahora…

Luego siempre me pasaba por “El Encanto”, que era el comercio de mí tía Maruja, en donde Gene estaba de “aprendiza”. Allí, en la trastienda, sí, la admiraba tanto que creí amarla mucho.

Gene y yo crecimos en el “carrito”, el autobús Cudeiro-A Valenzá. Sucedía esto a mis catorce y a sus dieciséis. Ocurría en mi intimidad vergonzante y duró un tiempo… ¡Hasta que conocí a Paco…!

A partir de aquel día y de aquel beso presenciado, yo bajaba en el autobús de las siete para entrenar a baloncesto en la pista del Airiños, que estaba cerca del Colegio Salesiano de “María Auxiliadora”, donde estudiaba cuarto de Bachillerato; y todos los días iba a Misa, rezaba el Angelus del mediodía y por la tarde cantaba la Bendición del Señor…

Todas mis oraciones tenían como fin la ruptura de Paco y Gene, mi obsesión. Sin embargo, lo que los rezos no lograron… lo consiguió aquel éxodo que se llevó a nuestra mejor gente para que contribuyera con su esfuerzo a engrandecer América.

Había tomado ese domingo el autobús de las doce y allá apareció Gene radiante, como siempre, en su parada…

— Hola… ¿Cómo estás?

— Bien…

— Me voy a Venezuela, ¿Sabes?

— ¿Cuándo?

— La semana que viene…

— ¡Voy contigo!

… Y fue aquel, otra vez maternal, el beso de la despedida.

Gene Velasco tiene ahora setenta años y disfruta de su bien merecida jubilación en Puerto Colombia, al lado del Atlántico caribeño, el de las aguas cálidas que miran siempre hacia Galicia.

Venezuela –me dijo hace ya dos décadas- me lo dio todo: buenos trabajos, felicidad, amor y cuatro maravillosos hijos de los que tengo cinco nietos. Desgraciadamente, los pobres allá solo dejamos a nuestros padres y los míos hace tiempo que han muerto. Yo soy venezolana…

Nunca fue por la Hermandad Gallega de Caracas, sus hijos ignoran lo que es el Colegio Santiago Apóstol y no saben que en Galicia se habla el gallego. Tampoco esta tierra les parece bonita y no tienen ningún interés en conocerla. Solo es el lugar en el que nació su madre…

Gene Velasco empezó siendo costurera en La Candelaria. Se convirtió en una gran diseñadora de moda a la venta en comercio propio de Sabana Blanca. En la actualidad es la propietaria de una cadena de tiendas cerradas repartidas por todo el país. Ella parece estar esperando el milagro de la resurrección económica post-Maduro.

Esta que te cuento  es una historia de desarraigo tan triste como la del amor de Gene y Paco…

— Cuando llegué me hice el propósito de olvidar todo cuanto allí quedaba… pero no pude.

A pesar de todo Gene sigue siendo mi gente.  Porque es la protagonista de la misma historia de cientos de galaicolatinos que nunca han regresado a sus orígenes… y que también han borrado los recuerdos de su memoria.  Pero yo no se lo reprocho… porque lo que realmente admiro es su valentía al escribir sus nombres en el libro de las ausencias.

Un Comentario

  1. Los emigrantes nunca olvidamos de dónde somos, pero la vida nos conduce por los senderos que quiere. Lo que le pasó a Gene le pasó a mi abuela, que se olvido de su idioma y terminó hablando solo en inglés. A pesar de ello yo me siento nieto de gallego y aunque vivo en Miami no hay verano en el que no vaya a pasar unos días a Vimianzo, con mis primos. Un saludo solidario para todos los que sufrís desarraigo.

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