LERI, INVENTOR DEL VIGUISMO

En Samil, entonces,  no todo era mar, que había un lugar para el deporte, -improvisado, pero con reglas de juego-, que llamaban Gran Picadero.

En él naciera,  cuando Vigo había crecido poco, el fútbol de playas, que no lo inventó un carioca, sino un vigués nacido como mástil de barco, a la sombra del Berbés.

De nombre, Antonio; Nieto-Figueroa de apellidos; pero al que todo el mundo llamaba Leri.

Con Leri compartimos horas de insomnio en las noches populares de la radio, que entonces era Popular,  como Samil.  Hasta tal punto, que La Popular y Samil fueron rock de Siniestro en el transistor de verano, por aquellos veranos.

Y de las cinco mil noches  recordamos especialmente aquella en la que Leri inventó el fútbol de madrugada. Naturalmente, en el Gran Picadero.

Leri, era así: un grito en la medianoche que decía Vigo.

Que fue Leri el inventor del viguismo, ese que huele a sal de Ría…

Porque mezclaba la fuerza del mar, el alma de la flota, la rebeldía de Ferrín, el espíritu de Ascón, la furia del viejo Celta… El no: “no señoría, Leri vota no”.

Eran días con especial encanto de tarde, en la taberna de Eligio, de medianoches en el Almas Perdidas o de cocido en las madrugadas del Bayona…

Visión retrospectiva al oleo del Gran Samil. Por Marta Moro

Samil era pura playa y mágico mar. ¿Te acuerdas?  El de los cielos incendiados por el sol del mediodía y los cuerpos desnudos. Sin más muros que la arena mojada por limpias olas llegadas desde Cíes.

Sí, ese era el Samil de la gran playa teñida de oro en cien atardeceres.  De ahí este recuerdo del gran Leri, convertido en estrella de cálido mediodía  que aún se posa en el agua buscando el frescor del verano.

Esa buena estrella que se mezcla con las luces de Neptuno y las nereidas, en esa hora del silencio roto por las olas en el cementerio de las caracolas…

Samil fue la playa mágica de mis ritos ancestrales… ¿Verdad querido Leri?

Ya me quedé sin ostras con champán en el Timón, que hoy Samil es playa cosmopolita, sobre todo los domingos y fiestas de guardar.

Su belleza litoral se oculta  entre juegos infantiles, aparcamientos, chiringuitos y merenderos de cemento con sombra de alguno de los viejos pinos;  de aquellos pinos que recuerdan como era este entorno en tus tiempos del Gran Picadero.

Hoy contemplo desde la orilla el mar azul que rodea las islas hermosas, las diosas protectoras de la bahía, y recuerdo que se posaba en la arena creando, con su esplendorosa fuerza, un campo de dunas sobre las que florecían las plantas inter mareales y en las que se descansaban las aves que por fortuna aún sobrevuelan las Cíes.

Este es el Berbés que vió nacer a Leri

Menos mal, Leri, que en tu puerto aun queda algún resquicio de la ciudad encantada de Hemingway: Tu mágico Berbés, montaña de peces de plata, donde se inicia su rito el sol de amanecer…

Este puerto que fue cuna de la gente que aún huele a sal marinera, aquellos niños que conocieron la bahía a golpe de remo y crecieron sufriendo temporales en el Gran Sol para, al final, buscar la vida en siete mares de cinco mundos.

En este tu Puerto, querido Leri, también navegan los recuerdos: a veces, el mar nos devuelve las lágrimas del alma que lloraron un millón de partidas y tu ausencia… Y también las lágrimas negras de tantos inviernos de negras sombras.

Para que te rías, inolvidable Leri,  te contaré que Vigo es una ciudad con futuro enmoquetado,  que hay un nuevo viguismo en tu ayuntamiento,  que se ha empeñado en eso que ahora llama humanización. Por eso a veces, amigo Leri,  las luciérnagas de antes no abren siempre sus luces de tránsito, cuando provocaban heridas de oro y plata en la piel nocturna de esta tu Bahía…

Desde que tú nos faltas,  amigo Leri, este Vigo se está despeñando por la montaña de sal de tu puerto, tu Berbés de siempre…


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