GEORGE STEINER, EL HUMANO INFINITO

Por Alberto Barciela

La palabra es la fuerza, el summun de la energía derivada del ser humano, su creación más lograda. Es capaz de transformar el mundo, el real y el imaginario. Un instrumento imprescindible de descripción de lo indescriptible. Hace comprensible la creación del mundo, y ordenará su devastación. Cada vocablo tiene más alcances que los contenidos en la integridad de los diccionarios. Los trasciende, como sonido se transmuta en la pronunciación, idioma a idioma. Como sentimiento se libera y revela, tolera ser germen de un cataclismo.   

En el fondo, y creo repetirme, obramos para el olvido, no tanto para el nuestro como sí para el de los otros. En el antiguo Egipto, 1.300 años a. C.. Horemheb destruyó lo relacionado con el faraón Amenofis IV y los seguidores de su reforma política y religiosa. Demolió algunas de sus construcciones, entre ellas el ofensivo Templo de Atón. En el siglo V antes de la era que vivimos, los ciudadanos se veían forzados a olvidar por decreto. Esa práctica persistiría en Roma a través de la damnatio memoriae, la condena de la memoria, con la que intentaban borrar cualquier alusión a un enemigo del Estado. El ideador de la muralla china, Shih Huang Ti, mandó carbonizar los libros para escribir una Historia que comenzase con él. Conozco con detalle el maquinar de Savonarola, religioso dominico, predicador italiano, confesor del gobernador de Florencia, Lorenzo de Médici. Un 7 de noviembre de 1497, martes de Carnaval organizó una de sus célebres hogueras de vanidad, donde los florentinos estaban invitados a arrojar sus lujos y sus cosméticos, además de volúmenes considerados licenciosos, entre otros los de Giovanni Bocaccio.

Al contrario, el café que frecuento en Madrid trata de sobrevivir cada día en su memoria. Allí, aún hoy, cada tarde el silencio se acucharilla, víctima del removido del azúcar. El local se averbenera al compás de cafés y descafés, infusiones a manera de té y tilas, viudas y cornudos pastelillos mediaslunas. Sobre las cinco, entre caobas privilegiadas, el aislamiento se convierte en pena sentada, arraigada, como confiando en la llegada de un tren antiguo, mientras tertulea entre dientes consigo mismo. Inevitable se empapa la pesadumbre de otras tardes de satisfechos amores equidistantes e historias amigables. El relente propicia un ambiente cargado de aburridoras rutinas, varadas en mármol apoyado en las patas de antiguas mesas de coser. La vida se pierde en su laberinto. El barullo se acompasa con el chirrido vaporoso de la máquina de café, orgullosa sobre la barra, larga como un andén, sobresaliente sobre anaqueles en los que se coloca una botella de champán antiguo, otras de coñac y ponche, loza un algo amarillenta, atabacada. Los espejos proyectan una película similar en las sucesivas jornadas, una recreación o remake. Hay una caja registradora, la grabé en mis neuronas por sus remates en plata. Huele a Oriente o a Caribe o a un Portugal de contrabando. Nos salva la lectura y la reflexión nos apuntala.

La memoria y la desmemoria son el gran juego de eternidad. El ser lee y extravía, vuelve a leer y entonces torna a contemplar, a pensar lo que ha de dejar de recordar. Es hermoso el círculo de nulidades, el redescubrimiento, la germinación del olvido, el hilvanar con una evocación un relato. El agua retorna al río, que ya nunca será igual. La recreación retorna al libro que ya nunca será el que fue. Hay algo paralelo, quizás sean los multiversos. La formulación de la imprenta, de la necesidad de imprimir libros, ideas, en serie, de compartir, es tan o más importante que el de la propia imprenta, pues suple a la memoria.

Los vocablos aún en su fragilidad son suma del ser, imposibilitan comentar en su alcance último un mundo aún ignoto. Son necesarios e imprecisos. Agasajo a la pervivencia, la recibo con esmero. Antes ya me he bebido la prensa, con sorbos largos y mojaduras simples de labios. Hay algo en el papel prensa que lo representa atractivo antes de ser envoltorio. El barco atrezado con las noticias del periódico navega con derrotero indiferente sin prever una catástrofe derivada de comportamientos acantilados, dispuestos a suicidarse. Me imagino un buque de papel con un anuncio de un naufragio y al mozo de café comentando el infortunio de un pariente emigrado con el dinero ahorrado por sus padres. Nada de móviles.

Los periódicos dicen que ha muerto George Steiner, el hijo de judíos vieneses que huyeron del nazismo primero a París y luego a Nueva York; el profesor, filósofo, crítico y teórico de la literatura y de la cultura, especialista en literatura comparada y teoría de la traducción, la eminencia de Princeton, Stanford, Ginebra, Cambridge y Oxford; el escritor políglota (traductor en francés, alemán, inglés, italiano, griego, latín) y trilingüe perfecto – alemán, francés e inglés-, el lector en latín y griego; el filósofo de las cosas del ayer, del hoy y del mañana; el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2001, el polemista y mitólogo y el autor de libros esenciales del pensamiento moderno, la historia y la semiótica.

El mundo, el pensamiento, la literatura comparada han de persistir algo más huérfanas. Los panteones  ensanchan el orgullo de su conquista, inevitable. Los lectores hemos ganado la conmemoración de otro grande. Quizás su lápida de piedra, horadada de olivo, acabe siendo mármol de tertulias en cualquier café, conversaciones de tarde aburrida que ya serán más pobres sin la miel del saber expresar un bagaje irrepetible. Releo lo que le declaró a Juan Caño: “Deberíamos enseñar a la gente a vivir como huéspedes, porque somos huéspedes de la vida, de este pequeño planeta. Hasta que los hombres y las mujeres no aprendamos a vivir como huéspedes unos de otros, el riesgo de guerra y autodestrucción es enorme. Ser huésped significa dejar la casa que has visitado un poco mejor de lo que la encontraste”. También dejó escrito que “la inhumanidad es perenne”. Discrepo, nos salvan las palabras, los libros, los ejemplos, los George Steiner. No todo puede ser destruido.

Descanse en paz.

(6) Comentarios

  1. Otro genio menos en la viña del señor. Como pasa la muerte por este nuestro mundo: arrasando pero eligiendo aquellos cadáveres que dejarán huérfanos al partir. Soy uno de ellos.

  2. Entre la imaginación de Barciela ligando pensamientos y el recuerdo imborrable de un filosofo tan completo no me queda otro remedio que dejar escrito mi pesar por la muerte del maestro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *