GERMAN LUACES, EL PIRATA DE CÍES

Abel Caballero, embriagado de éxito, debería distinguir estos días las Islas Cíes con unos cuantos cientos de leds de los que le sobraron en la city. El Pirata se conformaría, porque los buenos espíritus pueden ver mejor que los astronautas desde el espacio, tras su viaje final, el lugar que habitaron entusiasmados en vida.

—– ¿Por qué le llamas El Pirata?

Porque cuando tuve el honor de conocerlo vi el rostro de un personaje de leyenda consustancial con la perspectiva más bella que podría imaginar. Pensé que era descendiente de aquellos corsarios buenos, asentados en las Illas Ficas tras la invasión de los filibusteros de Drake, a los que habían vencido en buena lid y tras cruenta batalla. Además, en su humilde hogar, con techo de uralita vieja, siempre ondeaba la bandera pirata, deshilachada por el viento y decolorada por el paso del tiempo.

—– ¡Esa es la que llamábamos Casa del Chuco!

La misma, la que hasta hace unos días habitaba desde los gloriosos noventa Germán Luaces, el último poblador de las Cíes, sin tener que pagar ni el recibo de la luz ni el del agua corriente, que le bastaban la luna llena y los ramalazos del Faro, y la lluvia que regaba de  cuando en vez su jardín.

Germán Luaces, el último pirata de Cíes. 1992.

¿Sabes? Germán Luaces hizo más amigos en la soledad de su isla que la mayoría de los vigueses en su grandeza urbana. Se cansó de abrir su casa a caminantes perdidos a los que se les iba antes de tiempo el último barco… o a esa otra gente que ignora que la intemperie es el único techo de la noche, cuando le sorprende la oscuridad explorando los acantilados.

Todos llegaban al refugio de la pobreza que escondía el gran tesoro de la cordialidad de un hombre que te daba todo a cambio de nada.

Germán Luaces, mi pirata, ha muerto a los 54 años, en su paraíso.

Sobre la Casa del Chuco se escucharon más alto que nunca los graznidos de miles de gaviotas y los cormoranes gritaron su pena al océano. Hasta los peces lloraron la partida del gran amante de este espacio único, ahora protegido por la oficialidad.

Me contaron sus amigos que llevaba casi una década luchando contra ese cáncer que no perdona entre las paredes de la vieja casa. También me dijeron que en los últimos inviernos sus lágrimas se confundían con las lluvias de otoño y que por eso las olas se deshacían con rabia en la playa de Nosa Señora.

Todos coinciden…

—-  Con su partida la isla del Faro ha perdido algo de su magia.

Y recuerdan que Germán se llevó al espacio secretos vividos en soledad:

—- Nunca contó lo de los ovnis que visitaban su cielo ni tampoco lo de las bolas azules que flotaban y brillaban sobre las frías aguas atlánticas, siguiéndole por los senderos que orillean el mar.

Armando, un músico que pasó muchas veladas con Luaces a la luz del candil tocando la guitarra, contaba estos días lo de aquella noche en la que escucharon música de cámara que provenía del fondeadero de los veleros y una voz dulce de mujer que destacaba por encima de los chelos y los violines.

—- Al día siguiente, les preguntamos a los de los barcos si habían oído algo… pero nos dijeron que no. Aunque desde la popa, una mujer muy hermosa puntualizó: “ustedes escucharon los cantos de las sirenas y a la orquesta de cámara de Neptuno”.

Ya es curioso, pero al gran Xosé Manuel Budiño le escuché decir una vez que, en el Paralaia –gran vigía de la ría de Vigo- si tocas la flauta en cierto tono aparecen los gnomos de la Fraga, pero si la frecuencia musical llega a las Cíes te responden las sirenas con sus cánticos.

Yo conocí a Germán cuando lo del Prestige, aquellos días en los que las lágrimas del alma tentaban limpiar las islas del asqueroso chapapote. La única vez que intentaron echarlo de Cíes… fue cuando se presentó en su casa la Guardia Civil porque había plantado marihuana para uso terapéutico. Ya tenía el bicho metido en el cuerpo y los dolores le comían hasta la moral. Pero las autoridades del Parque y algún amigo influyente lograron que le dejaran morir pobre pero en paz.

Me enteré ayer que el espíritu del Pirata de Cíes nada ya en aguas próximas porque sus amigos pagaron su incineración y se encargaron de devolverle al lugar que le corresponde.

He elegido un canto hermoso para decirle adiós y agradecerle aquel par de horas de consuelo mutuo.

 

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